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‘Fantasía’ Category

  1. ¿Capaz o incapaz?

    junio 30, 2013 by Ana López Guzmán

    ¿La vida es un juego? Y el amor… ¿También es eso? ¿Jugar a capaz o incapaz? Proponerse retos, superarlos juntos. Estar ahí cuando el otro consigue el fin propuesto. Ser capaz de todo por la otra persona, incluso de estropearle el día de su boda o esperar diez años sólo por una promesa… ¿Y el fin? ¡Qué más da! Puedes terminar convirtiéndote en un bloque de cemento…

    Cuando ves películas como ‘Quiéreme si te atreves’ (Yann Samuell, 2003), te crees capaz de cualquier cosa. Y mira que la vida no es fácil, pero si tienes a alguien a tu lado que está ahí, pese a todo, entonces es más llevadera, más divertida. “Los amigos son como las gafas: te hacen parecer inteligente, pero se rayan enseguida y no veas si cansan… Afortunadamente, a veces uno encuentra gafas que molan. Yo tengo a Sophie”, dice Julien (Guillaume Canet). Al fin y al cabo, tú puedes elegir: aceptar que alguien se ha ido como lo haría un adulto, o imaginar que está volando por el cielo con una sonrisa.

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    Hay momentos que tienen un olor determinado. Cuando vuelven a ti, te transportan a otro momento de tu vida. El olor del cloro es el olor del verano (al menos para mí; llámame loca). El chocolate de las tortitas me recuerda a la Navidad. El anís a aquel bizcocho que hace mi madre desde que yo era pequeña. Recuerdo que me dejaba participar en todo el proceso… Hoy en día es una de las pocas cosas que realmente me salen bien en la cocina.

    Mi hermana también lo convertía todo en un juego. Por ejemplo, hubo una vez que mi madre repartió las tareas a la hora de poner la mesa. Laura se las ingenió para que pudiéramos llevarlo todo de una vez. Cogió un carrito de bebé que yo tenía para pasear a mis muñecos. Metíamos los cubiertos, las servilletas y lo que hiciera falta dentro, y en un solo viaje teníamos la mesa lista. Lo divertido era que mi madre no se enterara. Y así fue durante años. “¿Un juego de idiotas? Tal vez. Pero era nuestro juego”.

    Recuerdo que lloré el día que vi aquel carrito en el cubo de la basura. Se había roto y ese era uno de los juguetes que mi madre no me iba a dejar conservar de mi infancia. Tengo grabada aquella imagen: el carrito rosa, roto, en la basura… Si él hubiera podido hablar… ¡La de historias que podría haber contado! Pero era un secreto. Y de estos teníamos unos cuantos.

    Elo y yo nos hicimos amigas cuando teníamos tres años. El día que llegó a casa le dijo a su madre que había conocido a una chica que se llamaba “Ana López Guzmán, que era más alta que ella y que tenía el pelo blanco”. Supongo que nunca había visto a una niña tan rubia. Las dos nos quedamos pequeñitas, supongo que para poder afrontar la vida a la misma altura. Ella también hace fácil lo difícil.

    Cuando teníamos doce años, nos inventamos un lenguaje secreto. Fue muy útil a la hora de hacerse chuletas en los exámenes o para intercambiarnos notitas en clase. Si el profesor nos pillaba, nunca sabría qué era lo que aquel trocito de papel escondía. Era un misterio. Sólo nuestro. También nos inventamos un juego para aprendernos la tabla periódica. Estoy segura de que entre las dos podríamos escribirla entera a día de hoy sin necesidad de repasarla.

    “¡Y por fin hubo que crecer! Cuando eres un crío, eres tan ingenuo que crees que se crece poco a poco… ¡Y una mierda! Es como un tortazo, ¡zas! Como el golpe de la rama de un árbol cuando alguien camina delante de ti por el bosque”.

    Aun así, hay cosas que se te escapan. Un día estaba jugando con mis muñecos de goma, como tantas veces. Los tenía a todos: los de ‘Dragones y Mazmorras’, ‘Los diminutos’, los ‘Muppets’… Y de pronto me di cuenta de que no me estaba divirtiendo. Sé que sonará raro, pero pensé: “¿Me estoy haciendo mayor?”. O, como decían las madres en mi familia: “Ya eres una mujer”. ¿Y qué narices significaba eso?

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    Otras veces, lloraba porque tenía un examen y me angustiaba ver cómo iban pasando las horas y no me sentía preparada para afrontarlo. Sí, era la típica empollona, no os lo voy a negar. Pero entonces mi madre me decía: “¡Ay, Ana, si lloras por esto, verás cuando seas mayor!”. No era muy alentador. Mi madre ahí no estaba del todo acertada… Pero tenía razón.

    Y un buen día, después de un año de mucho trabajo, estaba preparando mis vacaciones con mucha ilusión. Me las había ganado a pulso. ¿Quién me iba a decir aquel día que esa noche terminaría en un hospital del que no saldría hasta mucho tiempo después? Creo que fue allí, en esa camilla, cuando me convertí en una observadora de la vida.

    Por las noches, cuando no podía dormir, escribía mentalmente las cosas que había escuchado durante el día. La gente que venía a verme me contaba sus historias. Todos parecían tener algo que contar. Y yo disfrutaba escuchando. Ellos me traían un poquito de vida y creo que entre todos, hicieron que me curara. Algunos hablaban de milagros. Yo no podía creer en eso. Ya no. Para mí el milagro eran ellos. Y también las segundas oportunidades y yo tenía una. Esta vez podía escribir mi historia desde cero.

    No fue fácil. Cuando te pasa algo así, te marca para siempre. Un día, Elo vino a verme con un vestido amarillo. Estaba tan guapa como siempre. Parecía tan tranquila… Me dijo: “Sé que mucha gente se pondrá a llorar, pero yo no, Ana. Sé que te vas a poner bien, así que no tengas miedo”. Sus palabras me dieron fuerza. Me las creí. Ese fue para mí el verdadero milagro.

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    Han pasado muchos años. Ahora estoy perfectamente. Y, ¿sabéis qué? Que sigo jugando. Me gusta dar a la palanca de la silla que sube o baja el asiento de Jesús en trabajo cuando está hablando por teléfono con algún cliente. O dejo a Elo pegatinas en su agenda para que no se olvide de que cada día cuenta. Sigo escribiendo en lenguaje secreto, mandando chistes tontos o publicándolos en el Facebook de este blog que un día me permitieron tener.

    Todo en esta vida es superable. En serio. Incluso cuando crees que no. Con el tiempo me he dado cuenta de que a veces necesitamos hundirnos, pero sólo es para coger impulso. ¿Qué necesitas darte cuatro veces con la misma piedra? ¡Genial! Pero no te encariñes con ella. Siempre tienes a una Sophie o a un Julien que te ayudarán a mantener los pies en el suelo. Que te dirán la manera más fácil de poner le mesa o te enseñarán a cómo dar el biberón a un bebecito tan diminuto que te cabe en un brazo.

    ¡Tan pequeñita! Así es Little Mery, la hija de mi prima María. Sólo tiene unas semanas, ¡pero yo veo tanta vida en ella! Tal vez es porque lleva en su sangre la magia de una mujer que me sacó a bailar en una terraza, una noche de verano. Son esos momentos que uno nunca olvida, como lo del vestido amarillo o el carrito rosa: “Cállate, tápate los oídos fuerte, fuerte, fuerte… Muy fuerte. ¿Oyes lo mucho que te quiero?”.

    Si la vida está hecha a base de momentos, entonces yo quiero que todos estén llenos de recuerdos co

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    mo estos. Estancarse en el pasado nunca te ayuda a mirar al futuro. Dedica tiempo a tu gente y tómate otro tanto en conocer a las personas que se van cruzando por tu camino. Tienen hermosas historias que contar. Sólo tienes que ser un observador, un oyente. Y puede que entonces alguien te diga llorando que nunca nadie le dedicó tanta atención y te des cuenta de lo maravillosa que es la amistad.

    Las lágrimas, si son de felicidad, entonces están permitidas. ¡Venga, te reto! ¡Quiéreme si te atreves! ¿Capaz o incapaz?

    PD. Para cerrar este post, os dejo uno de los mejores monólogos del cine, al menos para mí, que pertenecen a la maravillosa película de la que os he hablado hoy. Una preciosa declaración de amor por parte de Sophie (Marion Cotillard), ¿no creéis?

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    “No, no digas nada. Yo hablaré. ¿Me has echado de menos? Porque yo a ti mucho. Eres un verdadero tirano, ¿sabes? Me cuesta estar enfadada contigo, pero esta te la guardo. No te hagas ilusiones. Me gustaría hablar pasando del juego… por una vez. ¿Te gusta mi vestido? Se lo he birlado a mi hermana. Tenía éste y otro rojo tipo bomba nuclear o algo así… Debí ponerme ese… Lo sé. He debido pasarme más o menos tres horas frente al espejo. ¡Pero ha merecido la pena, estoy guapa! Y espero gustarte, si no, te meto un tortazo. ¡Espera! Shhhh… ¿Por dónde iba? El problema es que si me dijeras “me encantas” no podría creérmelo. Julien, ya no sé cuándo es un juego y cuándo es verdad. Estoy perdida. ¡Espera, espera! No he terminado. Dime que me quieres. Dímelo porque yo jamás me atreveré a decírtelo primero. Me daría miedo que pensaras que es un juego. Sálvame, te lo suplico” (‘Quiéreme si te atreves’).

    Y también os dejo el tráiler de la película. Maravillosa :)

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  2. Espejo, espejito mágico…

    marzo 5, 2013 by Ana López Guzmán

    Hace mucho, mucho tiempo (bueno, no tanto), había una niña que no se podía dormir (yo). Su hermana cogió un libro grande de la estantería de los cuentos y dijo en voz alta: “Hoy te leeré la historia de Blancanieves”.

    Lo que ella no sabía es que yo me había aprendido ese cuento de memoria, así que cuando decidió inventarse una historia sobre la marcha, yo dejé que ella siguiera para comprobar su capacidad creativa. Creo que lo que realmente pensé fue: “Esta tía me está tomando el pelo, ¡se está inventando el cuento! Pero su versión me gusta más”. Supongo que simplemente por el hecho de que fuera suya.

    Maribel Verdú en 'Blancanieves' (Pablo Berger)

    Maribel Verdú en ‘Blancanieves’ (Pablo Berger)

    No sé en qué momento a Pablo Berger se le presentaría la idea de hacer una versión tan a la española del mismo cuento. Vamos, que su Blancanieves se llama Carmencita, tiene de mascota al gallo Pepe y lleva sangre torera en sus venas. La versión de mi hermana era menos radical. Siempre digo aquello de “No me cuentes películas”, pero sí historias. ¡Las que quieras!

    Y precisamente de historias iba hablando con Elo camino al cine, para la reentré de la Blancanieves de Berger. Y es que una peli que se ha llevado 10 Goyas merece ser vista. Y encima muda. ¡Ole! Es de esas veces que dices: “Me quito el sombrero”, expresión que, por cierto, mi amiga odia (sorry).

    No te voy a destripar nada, pero sí te pongo en situación: la pobre Carmencita vive una infancia atormentada por una madrastra mala, mala: Encarna (Maribel Verdú). Tras algún que otro traspié, la joven termina rehaciendo su vida con una troupe de enanos toreros en la España de los años 20. No te lo esperabas, ¿verdad? Yo tampoco.

    La Blancanieves animada que todos conocemos fue el primer largo de Disney, allá por 1937. Una obra maestra, por supuesto, ya que entonces todo era “hecho a mano”. Yo creo que siempre fui más de ‘La bella durmiente’. Ambas se quedaban fritas y necesitaban un beso para despertar. Hoy en día las princesas necesitamos más bien un jarro de agua fría, pero a la larga te quedas con Brave, Mulan, Ariel o Rapunzel, que tienen un par y desafían a quien se ponga delante por cumplir un sueño.

    Kristen Stewart en la piel de Blancanieves

    Kristen Stewart en la piel de Blancanieves

    Esta es un poco la línea que defendía ‘Blancanieves y la leyenda del Cazador’ (2012, Rupert Sanders), con una valiente Kristen Stewart en la piel de la heroína de esta adaptación. Ella está guapísima (de la interpretación, nada que no hubiéramos visto antes), pero seguía arrastrando ese aire apesadumbrado que se labró durante toda la saga ‘Crepúsculo’. Siempre he pensado que Stewart es un poco la versión femenina de Edward Furlong (‘Terminator 2’, ‘American History X’), pero menos rebelde por mucho que se ponga vestidos de gala con Converse.

    Lo mejor de esta versión era ver a la que realmente tiene una cara dulce, Charlize Theron, muy, pero que muy cabreada. Pero fíjate si cambia la historia, que aquí no hay un beso de película (al menos no lo que yo esperaba). Son ganas de cargarse el cuento, pero me gustó que se diera tanta importancia al cazador (Chris Hemsworth), aunque no tuviera derecho a un nombre salvo ese, ‘Cazador’.

    Respecto a la versión protagonizada por Lily Collins y Julia Roberts también en 2012 (‘Mirror, Mirror’, de Tarsem Singh) no puedo hablar mucho porque no la he visto, pero digo yo que si no ha habido tiempo para hacer ‘remakes’ de Blancanieves, ¿cómo es que se han puesto de acuerdo todos en el mismo año?

    Lili Collins en 'Mirror, mirror'

    Lili Collins en ‘Mirror, mirror’

    Pero volvamos al día B (de Blancanieves, claro). Cuando llegamos a la sala estaba hasta arriba y tuvimos que verla casi en primera fila y para más inri, de lado (también me pasó con ‘Django desencadenado’, a ver si empiezo a llegar antes al cine). En la entrada nos habían dado un pañuelo blanco y una tarjeta que decía: “Disfruta del cuento como nunca te lo habían contado… Y después, cuando termine la película, agita el pañuelo si te ha gustado”. Si lo hacías, algo mágico pasaría: un sueño se cumpliría. Entonces ella me preguntó:

    - Y a ti, ¿qué te gustaría que ocurriera?

    Buena pregunta. Si realmente los sueños de toda la gente que estaba en la sala se hubieran materializado en ese momento hubiera sido una auténtica locura. Creo que ese día mi sueño era verla feliz.

    Hace poco leí en Twitter que como el cine siguiera trabajando tanto el realismo, iban a terminar inventando el teatro. Pues bien, cuando dos de los personajes de la película “salen” de la pantalla yo desde luego no pienso quejarme. Y si puedo hacerme una foto con ellos, con mi amiga y con un Goya, mejor que mejor.

    En la reentré de 'Blancanieves'

    En la reentré de ‘Blancanieves’

    Dedico este post a todas las princesas que se arman de valor y son capaces de reescribir su historia. A las que no pierden la esperanza y luchan. A las que siguen mirando al cielo y pidiendo a las estrellas que alguien llene su vida de amor. A las que no necesitan príncipes porque ellas solas ya son pura magia. A las que se merecen ser tratadas como reinas. Y en especial a Elo, por compartir conmigo lo que ahora llamaríamos #momentosinolvidables. Esta, amigos míos, es para mí la verdadera magia del cine.


  3. A VECES AÚN BAILO BAJO LA NIEVE

    febrero 26, 2013 by Ana López Guzmán

    “- Hace mucho tiempo, un inventor vivía en esa mansión. Inventaba muchísimas cosas. Un día, creó a un hombre. Y le dio entrañas, un corazón, un cerebro… ¡Todo! Bueno, casi todo. Verás, el inventor era ya muy viejo. Murió antes de poder acabar al ser que había creado. Así que el hombre se quedó solo. Inacabado… y completamente solo.
    - ¿Y no tenía nombre?
    - ¡Claro que tenía nombre! Se llamaba Edward”.

    Martes. Estoy metida bajo un millón de mantas. No quiero ni pensar en el frío que tiene que hacer allá fuera, en el mundo. Abro los ojos. Cojo el móvil para ver qué hora es. Uy, qué pronto, mejor me quedo un rato más… Pero… Tal vez debería levantarme… Ayer hice la lista de propósitos de la semana y hay muchas cosas que tachar… Pero se está tan bien aquí… Venga, cinco minutos más y me pongo manos a la obra…

    Media hora después la maravillosa BSO de  ‘Eduardo Manostijeras’ (Tim Burton, 1990) seguía sonando en mi cabeza… (Gracias, Danny Elfman).

    Cuando vi por primera vez esta película era una cría. Recuerdo que mi madre había hecho un bizcocho con chocolate que estaba buenísimo. Son esa clase de recuerdos que tu mente asocia a sabores, olores… Y un buen día te encuentras diciendo: “Huele a verano”, porque las piscinas están abiertas y se respira cloro, o “Huele a Navidad” porque alguien está cocinando cordero.

    Johnny Depp y Winona Ryder en 'Eduardo Manostijeras' (Tim Burton, 1990)

    Johnny Depp y Winona Ryder en ‘Eduardo Manostijeras’ (Tim Burton, 1990)

    Lo que a mí me enamoró de Edward (Johnny Depp), y creo que a la mayoría de la gente, es su nobleza, su ingenuidad y su corazón sin contaminar. Su forma de mirar a Kim (Winona Ryder)… Su deseo de abrazarla… Él no tiene ninguna maldad. Absolutamente ninguna. Y si se mete en algún lío es porque se deja llevar por otros. Su inseguridad reside en lo que le convierte en alguien diferente: sus manos, en forma de tijeras. Sin embargo él no se da cuenta de que esa diferencia, precisamente, es la que le hace ser mágico:

    Edward y Peg, en un programa de la televisión

    Público: Pero si tuvieras manos serías como cualquier otra persona.
    Edward: Sí, supongo.
    Presentador: Seguro que te gustaría.
    Público: Entonces nadie pensaría que eres especial, no saldrías en la tele ni nada de eso.
    Peg Boggs: No importa lo que pase, Edward siempre será especial.

    A medida que vamos creciendo y comiendo bizcochos de nuestra madre, vemos pelis, conocemos a gente, nos metemos en líos, nos enamoramos, perdemos a nuestros seres queridos o creamos cosas, como hacía Edward, vamos aprendiendo. Y ese aprendizaje conlleva experiencias positivas y negativas, pero todas ellas hacen que seas quien eres. Echas la vista atrás y te das cuenta de las tonterías que has podido llegar a hacer por la gente a la que has querido:

    Kim: Entonces, si lo sabías, ¿por qué lo hiciste?
    Edward: Porque tú me lo pediste.

    Cuando estaba viendo la película pensé si existe alguien tan puro como Edward. Ojalá algunas experiencias no nos cambiasen tanto. El sábado estaba hablando con una amiga y me decía que “las corazas son necesarias e inevitables”. Y es que muchas veces resulta complicado levantarse cuando pasas más tiempo en el suelo que de pie.

    Podría hablar durante horas de esas corazas. Esas barreras que ponemos a nuestro alrededor para evitar que vuelvan a hacernos daño. Te hacen más desconfiado, te convierten en un escéptico. Si alguien te hace una promesa simplemente no te permites confiar ciegamente en ello. No te crees las palabras bonitas ni las miradas que parecen sinceras.

    Edward simbolizaba un poco la inocencia que perdemos. Es como un niño que está descubriendo el mundo y se sorprende por todo lo que ocurre a su alrededor, lejos del castillo en el que “nació”, junto a su único ser amado, un viejo inventor que fallece antes de poder acabar su última gran obra: un hombre.

    Por suerte, no estamos tan solos como él y nunca pienses que lo estás. Tal vez deberíamos probar a hacer como él. Si te sientes así, puedes salir a la calle y dejarte impresionar por lo que ves. Mirar a los demás con los ojos muy abiertos y saber distinguir con quién quieres pasar tu tiempo. Estar con tu gente de confianza, esa que jamás te haría daño. Dejar que vuele tu lado creativo. Tal vez lo de esculpir no sea lo tuyo, pero estoy segura de que todos podemos crear cosas bellas que hagan sentir a los demás. Pienso que, de hecho, Kim estaba mucho más sola que Edward, pero que nunca más volvió a sentirse así, porque de alguna manera, siempre estaría con él:

    Maravillosa escena de 'Eduardo Manostijeras' (Tim Burton, 1990)

    Maravillosa escena de ‘Eduardo Manostijeras’ (Tim Burton, 1990)

    Hace unos días alguien me dijo que nunca se había enamorado. Que creía haberlo estado, pero que realmente nunca había sentido ese amor. Cuando Edward le dijo a Kim “Adiós” ella le respondía con un “Te quiero”. Se enamora de todo lo que él tiene dentro y de todo lo que podría llegar a ser capaz de hacer por ella. Se enamora de un corazón sincero que jamás podría herirla. Y ella siente lo mismo por él. ¿Quién podría herir a alguien como Edward?

    Dicen que hoy va a nevar en Madrid. “Antes de que él viniera, no nevaba nunca. En cambio después, sí nevó. Si él no siguiera vivo, ahora no estaría nevando… A veces aún bailo bajo la nieve”.

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    Dedico este post a Noelle, a Evita Dinamita, a Natalia, a Nuria CB, a Lola, a Marina y a ti, que me animas a seguir escribiendo. A Edward. Al maravilloso mundo de Tim Burton. A mi madre y sus bizcochos, a mi hermana, con quien vi tantas y tantas películas, y a mi padre, ese gran artista.


  4. Turista en mi ciudad

    enero 28, 2013 by Ana López Guzmán

    ¿Dónde estoy? Extiendo el brazo derecho. Busco el extremo donde caen las sábanas, pero no lo encuentro. Esta cama es demasiado grande. “O tal vez esté demasiado vacía”, pienso. Hacía tanto tiempo que no dormía aquí que había olvidado lo cómoda que es y lo mucho que puedo estirarme, aun siendo pequeñita.

    Logro alcanzar el móvil. Quiero saber qué hora es, pero la pantalla me ciega. Es un complot para que no me despierte, estoy segura. Sólo son las ocho de la mañana. Entonces recuerdo algo sobre los números impares (para él, un 8 es impar). Hacía mucho que no tenía esta sensación, pero recuerdo perfectamente la última.

    Había cogido el primer autobús de la mañana rumbo a una ciudad desconocida. Mi compañero de viaje me hablaba de su hija y me ponía vídeos de Bob Esponja porque cometí error de contarle que me siento terriblemente identificada con él. Sí, sí, con Bob, pero ya te lo cuento en otra ocasión. Y cuando llegamos a nuestro destino, ale, cada uno por un lado. Volvimos a ser dos perfectos desconocidos.

    Miré en mi móvil los datos de la reserva. Sabía que el hotel no debía andar muy lejos, así que me puse a pasear por aquellas amplias avenidas, donde la gente va en bicicleta sin temor a ser arrollado, como ocurre en mi ciudad. Todo me parecía más bonito. Recuerdo que vi un árbol con hojas amarillas y no pude evitar pensar que era el árbol más hermoso que había visto nunca. Así soy yo cuando estoy fuera. Feliz y positiva cien por cien. Puede que incluso un poco más.

    Según llegué al hotel, identifiqué rápidamente el olor que me recibía, envolviéndome. “Huele a Donna Karan NY”, aseguré al chico que esperaba para atenderme con una sonrisa Profident incluida en su uniforme. “Yo usé ese perfume durante años. Me resulta tan familiar que es como si acabara de llegar a casa”, continué, como si a él le importase lo más mínimo. Yo y los olores. Los olores y el mundo…

    Me despedí con una sonrisa recíproca, contenta de tener las llaves en mi poder. Me sentía casi como Gollum con el anillo. Y ya que estaba, me despedí también del botones, cuyos servicios no necesitaba ya que mi equipaje era muy ligero. Sólo iba a estar allí dos días. Ni siquiera dos días enteros. Era demasiado poco, pero tal vez suficiente.

    La habitación del hotel en la tercera planta me pareció maravillosa. Ya sabéis, cuando uno está dispuesto a aprender y “a dejarse maravillar por todo lo que encuentre en su camino, la verdad no le será negada”. Eso decía Julia Roberts en esa peli de la que tanto te hablo en este humilde blog, ‘Come, reza, ama’.

    Me esperaba un largo día por delante y estaba cansada del viaje. Tenía el estómago vacío, pero ese instante era para mí. Llevaba escrito mi nombre con letras luminosas y destellos parpadeantes. Necesitaba tomarme un momento. Ese momento. No otro. “Parar el mundo”, ya sabes.

    Me di una ducha de esas que te saben a gloria y la alargué todo lo que pude, sintiendo mucha lástima por la escasez de agua que hay en el mundo, pero te prometo yo la necesitaba como si de un ritual de purificación de mi alma se tratase, si es que me quedaba algo de eso.

    Después me tumbé sobre la cama tras haber abierto la colcha. Sí, yo también he visto ‘CSI’ muchas veces… Entonces se me vinieron un montón de recuerdos a la mente. Todos querían ser el primero. Oía cómo decían: “Yo, yo, ¡primero yo!”, golpeándose con los codos. Pero había uno que era sin duda el que abanderaba esa montaña de pensamientos.

    Se trataba de una fotografía. Después de esas vinieron muchas más. Pero esta era especial. Era la que había desencadenado todo ese follón del viaje relámpago. Sin ella, esta historia no tendría lugar. Era un primer plano. Sonreía. ¡Sonreía muchísimo! Era imposible que escondiera algo malo.

    Habían pasado cinco años de aquello. Parecía una eternidad. De hecho, así lo había sentido en más de una ocasión, porque como dicen en ‘Alicia en el País de las Maravillas’, “para siempre a veces es sólo un segundo”, pero otras sucede justo lo contrario. No sé cuándo empezamos a hablar de rutas a mitad de camino o de viajes con billetes a la aventura. Yo deseaba con todas mis fuerzas ir a aquellos paisajes que veía en cada foto y que sellasen mi pasaporte en todas las páginas.

    Las cosas eran muy diferentes ahora, pero aún recuerdo el ruido infernal de aquella máquina que taladraba mis oídos y martilleaba mi mente. Prácticamente desnuda y muerta de frío, con los pies descalzos y sin poder moverme un milímetro. Odio las batas de los hospitales casi tanto como su comida o sus paredes deshabitadas.

    Y cada vez que tenían que meterme en esa máquina sentía una angustia terrible. Creo que en realidad fue ahí cuando me hice amiga de una tal Claustrofobia. No podía moverme. A veces sentía que si respiraba un poco más fuerte de lo normal, la resonancia saldría movida y tendríamos que repetir otra vez todo el proceso.

    Entonces yo me obligaba a hacer un ejercicio mental. Se trataba de un consejo que daban a los niños antes de entrar a la prueba en forma de póster con dibujitos. Y yo en estos casos, te lo aseguro, vuelvo a mi más tierna infancia. El póster en cuestión rezaba algo como: “Piensa en imágenes bellas”. Así que yo recordaba aquellas fotos. Y esos paisajes que yo aún no había visto y que no sabía si podría llegar a visitar alguna vez, se convirtieron en mi fortaleza. Me daban la paz que yo necesitaba para meterme en ese cacharro insoportable.

    Ahora la habitación también era blanca, pero no me daba miedo. Y había llegado a ella por mis propios medios (bueno, gracias al conductor del autobús). Tenía la vista recuperada del todo y podría pasarme el día entero caminando, pero no era eso lo que quería en ese momento. Quería disfrutar de esa soledad hacia la que huimos cuando nos lo pide el cuerpo. Porque sí, es una huida, porque es algo que haces corriendo, casi sin despedirte y porque, de no hacerlo, las cosas se torcerían.

    Cerré los ojos tumbada sobre aquella cama que era cómoda, pero no tanto como la mía, porque la cama de uno siempre es la mejor del mundo, porque está ya amoldada a nosotros y te fundes a ella como si de una prolongación de tu cuerpo se tratase.

    Recorrí de nuevo todos aquellos escenarios en los que nunca había estado. Esos recuerdos no debían pertenecerme, no los había protagonizado, pero él me había hecho partícipe voluntariamente. Me habían convertido, en definitiva, en una persona más fuerte.

    Aladdín y Jasmine en una escena de la película de Disney (1992)

    Aladdín y Jasmine en una escena de la película de Disney (1992)

    “Tienes una forma muy idealizada de ver las cosas”, me dijo. Y no era el primero. Sí, prefiero verlas de esa manera. Me crié viendo pelis Disney, ¿quién no espera un príncipe azul? El problema es cuando piensas que el príncipe azul es alguien perfecto, pero recordemos que Eric, por ejemplo, se iba a casar con Vanesa porque creía que ella era Ariel, cuando en realidad no era así, pero a ella no la quería porque era muda. Vamos, menudo superficial… Yo a ese no le quiero ni en pintura. Me gusta más Aladdín que es capaz de cualquier cosa por Jasmine, incluso de suplantar su propia identidad. Pero ella ya se había enamorado de él cuando se conocieron, cuando era pobre… Eso, amigo, sí que es amor… En fin, que me estoy desviando del tema.

    Los horizontes de mi mente se ampliaron como enormes olas… Lo vi todo muy claro. Es como en esas películas en las que un foco ilumina únicamente al protagonista. Yo había tomado una decisión: quería ser feliz. Quería ir a todos esos lugares con los que había soñado. Esta era la primera parada del viaje.

    Mi acompañante se hizo esperar. Llegó pasada la medianoche en un coche gris. O tal vez no era gris, pero yo lo recuerdo así. De hecho, en mi mente este recuerdo se tiñe de blanco y negro. Curioso, ¿verdad? Y llevaba un sombrero. Se lo puso cuando me vio, aún dentro del coche. Tal vez era su sombrero de la suerte.

    Nunca olvidaré su expresión al salir del coche. Me miraba como si no me conociera de nada, pero como si esa sensación fuera placentera a la vez. De vez en cuando me regalaba alguna sonrisa que salía del corazón. Era un poco fraternal, debo decir. Como si estuviera pensando: “¡Qué mona!”. Lo cierto es que esa sonrisa al principio me descolocaba un poco, pero terminamos haciendo buenas migas.

    Al día siguiente llegó la hora. Tenía que desenvolverlo. Aquel regalo llevaba meses esperando y venía de muy, muy lejos. Era de un material muy pesado y tenía algo tallado. Lo palpé con los ojos cerrados y vi que se trataba de un elefante. En realidad dos. Uno a cada extremo, y ambos cuerpos unidos por una pieza donde yo podría colocar mi incienso. Me encantó.

    El regalo

    El regalo

    Y en aquella ciudad perdida me sentí una habitante más. Ya no era un ‘turista en mi ciudad’, como tantas veces habíamos hablado. Sentía que formaba parte de ese momento, de esa vida. Había recuperado el control. Empezaba a ser yo… Otra vez.

    Y como todo viaje, tiene un punto final. Una despedida. Una estación, en este caso, como ya sabes, de autobús. “Tienes una carta en la puerta del copiloto”, le dije. No era una carta para hacer historia, pero era la primera escrita de mi puño y letra y eso amigo, en los tiempos que corren, para mí tiene valor. Y creo que él también supo dárselo.

    De vuelta a mi ciudad volví a sentirme una turista. Hubiera pagado por quedarme allí unos pocos días más, o tal vez para siempre, pero uno no puede retrasar sus asuntos pendientes demasiado tiempo. Hay que plantarles cara. Es como enfrentarte al malo en la última fase de un videojuego. Te da mucho respeto, pero lo haces. Las primeras veces pierdes, pero eso te motiva a seguir intentándolo y al final, el día que lo consigues, ¡zas! Se termina. ‘Game Over’.

    Eso me recuerda a lo que decía Rapunzel en ‘Enredados’: “¿Qué pasará si cuando vea las luces flotantes no son cómo yo las espero?”, se preguntaba. “Entonces tendrás que buscar otro sueño”.

    La vida está tejida de ilusiones. Si no tienes algo que te motive, te apagas. Necesitas esa fuerza que te empuje. Es lo que te hace salir de la cama de una forma o de otra completamente distinta. ¿Cuántas veces te has regañado por ver el vaso medio vacío? Los extremos nunca son buenos. Hay que tener los pies en el suelo, pero si nos ponemos de puntillas podemos acariciar el cielo. Tal vez el cosquilleo se quede dentro de ti. Eso es lo que yo llamo la ilusión por vivir.

    Aquí os dejo la canción de la que hablaba. ¡Feliz día! Se llama ‘You are a tourist’, de Death Cab for Cutie.

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  5. Sigue el camino de baldosas amarillas

    enero 17, 2013 by Ana López Guzmán

    Cuando éramos pequeñas, mi hermana era un poco trasto. La única forma de domar a la fierecilla era poniendo una peli en la tele, así que mi padre siempre nos traía los grandes éxitos del videoclub (¡Ay, Blockbuster, cuánto te echo de menos!). El caso es que gracias a ella o a mi padre o al del videoclub, me empapé de cine desde niña y me quedé con lo que para mí es lo mejor: la esencia de cada peli. Sus enseñanzas. Y es que de todas sacas algo, hasta de las más malas.

    'Regreso a Oz', (Walter Murch, 1985)

    ‘Regreso a Oz’, (Walter Murch, 1985)

    Un día mi padre apareció con ‘Regreso a Oz’, (Walter Murch, 1985), secuela de ‘El Mago de Oz’ (1939). Una peli que empiezo a pensar que sólo he visto yo (si me equivoco y tú la recuerdas, por favor, dímelo y formamos un club). En realidad poco tenía que ver con la primera. Era mucho más oscura y a veces daba bastante miedo, la verdad. Así de entrada, os diré que algunos de sus malvados protagonistas eran una princesa sin cabeza, unos rodadores que perseguían a Dorothy, un pantano de la muerte que te convertía en arena si lo pisabas y un rey gnomo con fobia a las gallinas.

    Sobre Oz había caído una especie de maldición que había convertido a todos sus habitantes en piedra. La misión de la heroína era devolverles a la vida. ¿Recordáis quiénes eran sus mejores amigos? Un Espantapájaros que deseaba tener cerebro, un León Miedica en busca de valor y un Hombre de Lata que quería un corazón para sentir.

    Yo no soy Dorothy ni tengo unos chapines de rubíes que me devuelvan a casa con tan sólo chasquear sus tacones tres veces mientras digo “No hay nada como estar en casa”, pero sí que tengo cosas en mi vida que son mágicas y personas por las que también me enfrentaría a un sinfín de peligros si su vida estuviera en juego. Y si tuviera que emprender un viaje a Oz, tengo claro quién se vendría conmigo.

    Uno de ellos es alguien a quien llamo cariñosamente Keru. Keru dice tener un corazón de madera, pero no es cierto. Tiene un corazón enorme, pero protegido por una coraza. Lo que no sabe es que las corazas de madera son más fáciles de tallar que las de piedra. Se pueden esculpir para hacer algo muy bello. Y si lo quieres, incluso puedes deshacerte de ellas y llegar hasta el final, donde habitan los sentimientos (incluidos aquellos que ya no crees ni tener).

    Un corazón que no vibra no está muerto. Sólo está congelado. Se trata de encontrar cosas que hagan que vuelva a manifestarse con todo su esplendor. Pero esas cosas llevan tiempo. ¡Ay! ¿A quién no le ha pasado? Y es que cuando uno sufre por amor, sus cicatrices sanan, pero dejan un recordatorio. Es como un papel arrugado: se puede volver a estirar, pero nunca volverá a ser lo mismo.

    Otro compañero sería un amigo que dice ser un pirata. Creo que es otra forma de reaccionar ante el desamor. Prefieres no entregarte a nadie. Tal vez, si acaso, a ratitos. En pequeñas dosis, ya sabes. Pero cualquier implicación encaminada a un compromiso haría que este pirata cogiera el primer barco que encontrase y se marchara huyendo lo más lejos posible. Mi amigo el pirata tenía otros motivos para lanzarse al mar. Quería vivir una aventura. Construir su propia historia. De hecho, si hubieran conocido a Keru-corazóndemadera, le hubiera dicho una de sus frases favoritas: “Sé el guionista de tu propia vida”.

    Así que de momento tenemos preparados para el viaje un corazón blindado y un alma libre que no quiere sentirse atada a ningún puerto. Mi tercer compañero a la tierra de Oz sería alguien a quien hice una promesa: enderezarle. Le guiaría hasta su camino de baldosas amarillas, pero sería una senda bien recta. Que fuera directa al castillo de la Ciudad Esmeralda sin desvíos ni entretenimientos. Ese sería sin duda El Camino. No sé qué necesitaría para conseguir que mi amigo no se perdiera en nuestra travesía, pero estoy segura de que con un poco de esfuerzo lo logaríamos. Juntos.

    Dorothy hacía su viaje con Toto, su perro. Las comparaciones son horrorosas y esta es aún más terrible, pero yo me llevaría a mi mejor amiga, que es el equivalente en confianza. Él no pedía nada al Gran Mago. De hecho, me parece un gesto un tanto grosero por parte de Dorothy no haber pensado en su pobre perro o no haber pedido nada para él. Quién sabe… A lo mejor ni se hubiera vuelto a Kansas. Lo que no sé es por qué él no hablaba si los animales podían hacerlo en Oz… El caso es que yo me llevaría a mi amiga para que el Gran Mago concediese alguno de sus deseos. Uno en concreto: el amor más grande, que es el que se merece.

    Y yo… ¿Qué pediría? Sólo ser feliz. Es cierto que han ocurrido muchas cosas malas con las que no contaba últimamente, pero he decidido no venirme abajo. Creo que siempre tienes opciones. Y yo me siento apoyadísima. Tengo mucha suerte. Me da igual dónde vaya a dar mi camino de baldosas amarillas porque sé que no estaré sola. Y que al final también me estará esperando algo tan resplandeciente como una esmeralda. Esa luz es mi motor y mi gente son mis compañeros de viaje, al igual que yo lo soy de los suyos.

    Voy a tomar ese último trago de Cola Cao con el trocito de chocolate que me has dado. Aquí no hay posos que mirar o interpretar. Tal vez tú puedas hacerlo en tu té rojo, ese que yo creo que me hace enfermar. O con tu don de mentalista puedas decirme lo que ves en mi castillo. No tengo miedo. Ya no. La cajita de música me relaja, tanto como las películas a mi hermana. Un regalo que siempre llevaré conmigo porque, como dice Keru, “toda buena historia merece tener una banda sonora”.

    Os dejo una canción de Miranda Warning que hace referencia, precisamente, a esta senda maravillosa de la tierra de Oz. Dentro de poco podremos ver la nueva versión que Sam Raimi ha hecho: ‘Oz, un mundo de fantasía’. ¡Qué ganas!

    'Oz, un mundo de fantasía', de Sam Raimi

    ‘Oz, un mundo de fantasía’, de Sam Raimi

    DESPIERTA (MIRANDA WARNING)             

    Ahora despierta
    Tu noche se acaba ya
    No quieres abandonar
    Dejar ese sueño atrás
    Sin duendes ni hadas
    Sin senda al País de Oz
    Mejor si es de tu color, tu mundo, tu creación 

    Nada es igual a la luz del día
    en sueños saldrás fuera de mi vida

    Escondes tu miedo a salvo en tu oscuridad
    detrás de tu máscara no ves que yo soy real

    Y no tienes el valor,
    el valor
    de mirarme frente a frente,
    de romper tu escudo en dos

    Ahora despierta, tu noche se acaba ya
    es hora de abandonar, dejar ese sueño atrás

    Nada es igual a la luz del día
    en sueños saldrás fuera de mi vida

    Y no tienes el valor,
    el valor
    de mirarme frente a frente,
    de romper tu escudo en dos

    Que lo frágil se hace fuerte, 
    ten valor 
    porque el tiempo también pasa en tu reloj, pasa en tu reloj…

    Y no tienes el valor,
    el valor
    de mirarme frente a frente,
    de romper tu escudo en dos


  6. Si crees y quieres, entonces puedes

    diciembre 30, 2012 by Ana López Guzmán

    Cuando era pequeña me tocó con la revista SuperPop una tarjeta para tomar decisiones. Tenías que poner el dedo encima y, según el color que te saliese, el consejo era uno u otro. El caso es que a mí siempre me decía lo mismo: “Ideal, ¡lánzate!”. Creo que en parte eso era positivo porque me animaba a hacer cosas. Además, si salía mal, siempre podía culpar a la tarjeta.

    Tom Hanks en una escena de la película 'Big' (1988)

    Tom Hanks en una escena de la película ‘Big’ (1988)

    Algo parecido le ocurría a Tom Hanks en ‘Big’ (Penny Marshall, 1988) con su bola de ‘El ocho’. Esa que según la agitas te da también un consejo. Para la suerte del protagonista, el resultado no siempre era el mismo. Creo que con cosas como éstas te ayudas a ti mismo a justificar las decisiones que ya has tomado, pero… ¿A quién no le viene mal un refuerzo positivo?

    El caso es que el año pasado estaba trabajando con mi prima en Brighton y me acerqué un día a su mesa para charlar con ella. Entonces vi que tenía una bola de ‘El ocho’ exactamente igual que la de ‘Big’. Quise saber cómo la había conseguido, pero para mi desgracia se la había regalado su amigo invisible. ¿Cómo iba a enterarme de cómo hacerme con una?

    –         Pregúntale al italiano.

    –         ¿Te la ha regalado él?

    –         Bueno, cuando abrí el regalo no paraba de preguntar si me había gustado…

    –         Me temo que tu amigo invisible es bastante visible…

    El caso es que moví cielo y tierra para descubrir que vendían la bola en Amazon. Imaginaos. Toda mi vida mirando en cada tienda, preguntando a la gente… Y no se me había ocurrido mirar en Internet. O supongo que hacerlo hubiera hecho que se perdiera parte del encanto de encontrar algo que llevaba tanto tiempo esperando. Os aseguro que el día que la recibí fue uno de los que he vivido con mayor ilusión.

    Supongo que es lo que ocurre cuando deseas algo con muchísima fuerza. Cuando estás seguro de que va a llegar. El problema es que hay cosas que nunca sabes si pasarán y por el camino te entretienes. Lo mejor es no perder el tiempo porque al fin y al cabo sólo tenemos una vida.

    Ahora ya tengo mi bola. Simplemente me gusta hacer preguntas sin demasiada trascendencia, agitarla y ver lo que sale porque tiene el don de decirme siempre que haga lo contrario a lo que quiero hacer. Tal vez debería empezar a hacer caso a ese cacharrito… Y es que tengo la sensación de que por más que llegue puntual a todas mis citas, siempre llego tarde a las más importantes.

    Al final todo es elegir un camino, coger carrerilla y seguir adelante. Lo mejor es no plantearte si estás haciendo lo correcto. No dudar. Y eso es algo que he aprendido últimamente de algunas personas que ven la luz y la siguen firmemente. No hay vuelta atrás.

    A mí me cuesta ser así, pero también me cuesta mucho pasar del todo al nada. Si lo doy todo, lo doy con todas las consecuencias. Y no me importa equivocarme, porque forma parte de la vida. Entonces un día cancelas todas tus citas. Pones tu vida del revés. Te llevas la contraria, sólo por intentar algo diferente. Porque piensas que tal vez así aciertes.

    Te encuentras con unas escaleras y decides subir. No te cansas porque tienes la motivación de descubrir qué encontrarás al final. Y ahí está. Todo es paz y tranquilidad. Te animas a disfrutar del paisaje. Tocas lo que te encuentras. Quieres sentirlo. Estás decidiendo vivir.

    Y pasas allí un tiempo. Te pierdes porque quieres hacerlo. Darías lo que fuera porque nadie te encontrase. Entonces caes en un sueño muy profundo. Has colmado tus ansias de conocimiento. Has resuelto tus dudas y ahora lo ves todo un poquito más claro. Te has ganado ese descanso. ¡Lo necesitabas tanto!

    Pero nadie puede permanecer allí eternamente. La vida continúa abajo, pero tú quieres quedarte. O tal vez no. Tal vez sea mejor seguir con tu decisión. ¡Somos tan cabezotas! Y en vez de coger las escaleras, tomas la vía rápida, y de un salto vuelves al punto donde lo dejaste.

    Ahora todo es distinto porque tienes un nuevo recuerdo. Sigues adelante, pero teniendo en mente que hay un lugar donde uno puede sentirse vivo. El lugar de la luz. Es un sitio donde no existía el miedo. Donde podías relajarte sin pararte a pensar.

    Sería absurdo cerrar esa puerta. La vida no se acaba donde empieza una nueva. Sólo son caminos diferentes. Y es bueno saber que siempre hay vías alternativas. E incluso si lo necesitas, un camino de vuelta.

    Estoy en mi jardín y me veo reflejada en el agua. Juego con ella con los dedos. Hago dibujos. Está fría, pero eso me gusta. He decidido quedarme ahí un poco más. Es pronto para volver a mi punto. Quiero seguir sintiendo esa tranquilidad y que nadie me baje de golpe y porrazo. No valgo para eso. Nunca me gustaron demasiado los cambios.

    Me seguiré preguntando si tú que me lees también querrás pasarte por aquí. Escuchar las cosas que digo. Pararte a pensar en lo que te cuento cuando abro la boca y no puedo callar. Si escucharás tu melodía, tu banda sonora. Si te perderás en los folios de una historia mágica o si te dormirás viendo tu película favorita.

    Dustin Hoffman en 'Hook' (1991)

    Dustin Hoffman en ‘Hook’ (1991)

    No hay caminos equivocados ni decisiones incorrectas porque hay puertas que no se cierran ni momentos que nunca olvidaremos. Son los que nos hacen fuertes. Son los que te dan alas. Da palmadas fuertes, como decían en ‘Hook’ (Steven Spielberg, 1991). Si crees, entonces puedes.

    PD. Dedico esta canción de Luis Ramiro a todos los que estáis empezando de cero. Ese amor sin estrenar puedes ser tú mismo. Párate a pensar en ello ;)

    Un amor sin estrenar (Luis Ramiro)

    Ahora que te vas y estoy por fin soltero lo voy a celebrar
    me visto de guerrero, primero iré a cenar
    Apunte, camarero, de entrantes me da igual
    de postre quiero el mundo entero
    Te vas y te juro que no estoy tan mal
    aunque quizás, si digo la verdad,
    tendría que afrontar al triste evidencia
    y decir que nuestros cuerpos encajaban igual
    que dos piezas de Tetris lanzadas al azar
    entre millones de seres de toda la ciudad
    Pero es el momento de empezarte a olvidar…

    Y quiero caminar sonriendo entre la gente,
    basta de llorar, de arreglar cuentas pendientes,
    Lo hecho, hecho está
    Me merezco un amor sin estrenar…

    Ahora que te vas y estoy por fin soltero
    me voy a concentrar, mejor me desconecto,
    Me empeño en escalar el muro de tu Facebook
    No voy a estrellarme en el abismo de los celos
    Venga, ya está, hoy quemaré los bares,
    hoy voy a disparar frases antitanque
    Tengo que ligar para que te me pases,
    bórrate de mi mente con una chica puente
    Es el momento de empezarte a olvidar…

    Y quiero caminar sonriendo entre la gente,
    basta de llorar, de arreglar cuentas pendientes,
    lo hecho, hecho está, me merezco un amor sin estrenar

    Ya me he dado cuenta de que el tiempo no para
    y hay que subirse en marcha en el primer vagón
    ya me he dado cuenta de que el tiempo no regresa, corazón

    Y quiero caminar sonriendo entre la gente,
    Basta de llorar, de arreglar cuentas pendientes,
    lo hecho, hecho está, me merezco un amor sin estrenar…

    Sin estrenar…

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  7. Lo mejor está por llegar

    noviembre 22, 2012 by Ana López Guzmán

    “Acércate y no mires atrás, que lo mejor está por llegar” (El Sueño de Morfeo)

    Sigo enfadada contigo. Les robo el título a los chicos de El Beso del Gato y utilizo su canción para hablaros un sentimiento: el de la impotencia. Es eso que nadie quiere tener dentro porque te provoca mucha tensión. ¿Hay algo peor que no poder hacer nada? Pues hombre, sí, muchas cosas, pero cuando hay una situación que deseas modificar pero en realidad no está de tu mano, esperar es doloroso y desesperante. Así que sí, te sientes mal, pero al final te das cuenta de que todo cae por su propio peso y que otra frase, la del “lo que tenga que ser, será”, es muy cierta.

    Y sí, sigo enfadada. Enfadada porque lo hecho, hecho está. Por ser como soy. Porque te di consejos que no quisiste escuchar. Porque “no es malo tropezar. Lo malo es encariñarse con la misma piedra”. Con ese placer del dolor. Estoy enfadada porque hay otro sentimiento tan doloroso como la impotencia, que es el de la decepción.

    Otra cosa distinta es cuando la situación sí depende de nosotros. Hace poco le contaba a alguien que cuando te encuentras en una situación en la que tu vida ha dado un giro de 180 grados y todo tu mundo ha perdido su sentido tienes dos opciones: rendirte o luchar. No te estoy desvelando ningún secreto, pero es que no es tan fácil. La cuestión es hasta dónde hacerlo. Creo que hay que hacerlo hasta el momento en el que por fin abres los ojos y ves que hay un límite. Y ese límite jamás debes sobrepasarlo.

    El príncipe azul es como el Ratoncito Pérez…

    No existe. Nadie es perfecto, de verdad. Hoy una amiga me decía que envidiaba a otra persona porque su relación parecía maravillosa. “Parece”, dije. Y no puedo evitar recordar a las chicas de ‘Mujeres desesperadas’, que de cara al mundo llevan una vida envidiable, pero cuando abres las puertas de las casas de Wisteria Lane compruebas que todo es fachada. No perdamos la perspectiva. Recuerda que si la serie se llama así, por algo es.

    Hay gente muy feliz. Yo tengo en Facebook a una pareja que sinceramente pienso que lo es, pero porque cada día cuidan la relación. Son pequeños detalles (a veces grandes detalles), pero que demuestran que se preocupan el uno por el otro. No se limitan a proclamar su amor a los cuatro vientos (algo que considero innecesario; esas cosas mejor en la intimidad, ¿no? Pero oye, cada cual que haga con su vida privada lo que guste).

    Y es que cuando tienes algo que te preocupa, sea una entrevista de trabajo o algo que te tiene en una situación de ansiedad por el motivo que sea, esperas que tus amigos estén ahí. Y de hecho, están. Pero… ¿Qué pasa con el príncipe azul? Pues que no siempre está a la altura. Entonces nos llevamos las decepciones que nos llevamos. Así que dije a mi amiga que los príncipes en realidad son grises y que lo que tienes que hacer es averiguar el matiz.

    Eso me recordó a otra canción, una de Christina Rosenvinge que dice: “Que no quiero más chulos que no traen un duro, ni tíos muy feos con un gran empleo. Que no quiero borrachos ni locos de atar. Ningún mamarracho que me haga llorar. Ni chicos perdidos buscando a mamá. Ni tipos muy finos que luego te la dan… Alguien que cuide de mí… Que quiera matarme y se mate por mí”.

    Miraba a los ojos de mi amiga y comprendí exactamente qué era lo que necesitaba. De hecho vi un poco más claro qué es lo que necesitamos todas y cuál es nuestra queja universal de cara a los hombres. ¿Mi consejo? Hazte con un ejemplar de ‘Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus’. A mí me lo regaló mi amigo Toni y os aseguro que me vino bien. Te ayuda a entender que si un tío está cansado, es que lo está, no es que esté pensando en dejarte, así que no hay que darle más vueltas.

    Haz limpia y… Hazla ya

    ¿Qué por qué? Porque es necesario. Porque un día te pones a analizar tu agenda o tu lista de “amigos” en Facebook y te das cuenta de que no has sido tan selectivo como te habías prometido en un principio. Empiezas a mirar y dices: “¿Pero por qué tengo a esta persona en mi lista? ¡Si ni siquiera nos llevábamos bien en el colegio!”. Y es que claro, la curiosidad nos hace pinchar y decir: “Venga, la acepto aunque sea para ver cómo está” con la esperanza de que haya cogido peso o ya no sea tan guapa como entonces. Mira si somos bichos a veces…

    Pero las personas a las que realmente hay que eliminar son las que te hacen daño. Las que te están absorbiendo el alma, como si fuera un dementor en Harry Potter. Las que te hacen sentir pequeñita, como Mayka, la de ‘La Voz’, cuando en realidad eres muy grande. Nadie puede vivir eternamente con una mochila de personas que van poniéndote peso, pero ojo, porque tú se lo permites. Tienes que romper lazos con esas personas que te dejan sin energía. Dejar de decir cosas como: “Pero es que es mi amigo/a, ¿cómo voy a dejar de hablar con él/ella?”. Párate y piensa si realmente es tu amigo y date cuenta de que tu mejor amigo debes ser tú.

    Círculo de seguridad

    Hace poco Raquel me dijo que dibujara con mi pie mi círculo de seguridad. Era un círculo muy pequeñito. Vino hacia mí y me empujó.

    –          ¡No has hecho nada para defenderte!

    –          Es que tú me caes bien.

    –          Me da igual, ¡tienes que proteger tu círculo!

    Y vino a mí de nuevo, y ofrecí “algo” de resistencia. No estaba yo para mucho más. Entonces me dijo: “Sabes que podría haberte derribado, pero algo has mejorado”.

    Pues ese círculo, tras la limpia, es más grande, porque te quedas con los de siempre. Con esa amiga que lleva ahí desde los tres años y parece más tu hermana que otra cosa. Con esa otra amiga que estaba tan perdida como tú cuando os conocisteis. Ese día comenzó algo que se ha hecho más grande con cariño, apoyo y amor. Y esa otra con la que empezaste hablando de series, o a la que conociste en un grupo de personas que no tenían nada que ver contigo, sin embargo ella era especial. Con ese amigo que conociste de la manera más tonta y ahora te llevaría a cualquier parte por echar unas risas. Por ese otro que te dijo que las cicatrices de su espalda eran del ataque de un tiburón y no de una operación de pulmón. Con aquel que cuando te conoció en vez de darte dos besos te dio un abrazo porque sentía que lo necesitabas. Por ese que siempre llama para ver si te apetece hacer algo. Por aquella que te hace reír porque simplemente es auténtica. Por el que te perdonó todo, y mira que era larga la lista, sólo porque tú eres tú y daría su vida por ti si se lo pidieran. Por quien te llevó a casa borracha cuando apenas eras capaz ni de recordar cómo te llamabas y sigue contando contigo para seguir fiel a las tradiciones.

    Estas cositas son las que se nos olvidan, cuando son las cosas en las que tendríamos que pensar según abrimos los ojos por las mañanas. Si fuéramos un poco más agradecidos, empezaríamos a valorar que tenemos mucha suerte de tener un techo y algo que llevarnos a la boca. A menudo me quejo de mi situación, pero luego me doy dos bofetadas de realidad y pienso en todas las personas que están ahí, esperando a ver mi sonrisa.

    Hilary Swank y Gerard Butler en una escena de le película 'PD. Te quiero'

    Hilary Swank y Gerard Butler en una escena de le película ‘PD. Te quiero’

    PD. Te quiero

    Últimamente se me acusa y con razón de hablar sobre pelis ñoñas. Vale, sé que son muy cursis, pero esto es un blog de una revista que se llama ‘Cuore’ (corazón). Si queréis críticas de cine de autor os habéis equivocado de blog o de bloggera. Yo tengo que hablar de sentimientos y escojo la peli que mejor refleja cómo me siento en según qué momentos.

    Así pues, me dispongo a hablar de otra cursilada de peli. Se llama ‘PD. Te quiero’. Es en realidad una peli muy cruel porque si mi marido o mi novio se muriera, no sé si yo querría recibir cartas suyas durante un año. La prota está encantada con cada carta, y mira que se hincha a llorar la pobre. Pero supongo que nos refugiamos en esas cosas. Siempre queremos más. Esperamos unas últimas palabras, las de despedida. Pero cuando ya ha habido una despedida, como ocurre en la peli, hay que asumir que no va a haber más cartas. Que es mejor así. Que ese es el momento en el que se comienza de nuevo. Aquel donde te quedas con lo vivido. Decides olvidar lo malo, lo archivas como algo aprendido. Lo bueno es lo que te vendrá a la mente cuando pienses en esa persona, pero debes dejarla marchar. Tu vida empieza en este momento.

    ¿Y la magia?

    La magia está en los recuerdos, pero también en el presente. En las escapadas. En un puente. En una sonrisa. En un regalo. En una fotografía. En un abrazo. En un beso. En un viaje. En un sueño que se cumple. En un helado. En un paseo. En la lluvia. En el río. En el paseo que hay bordeándolo. En una botella que simboliza algo que celebrar. En una sonrisa. En abrir los ojos y sentir que estás vivo. Que el corazón te palpita. La magia está incluso en las despedidas. Está en todas partes.

    Ahora coge aire. Sé un poco Erin Brockovich. Reinvéntate. Ponte ese vestido que tan bien te sienta y que reservas para ocasiones especiales. Vete a cenar con una amiga. Date el placer de disfrutar de una de esas pelis que te sabes de memoria. Y mira por si detrás del vestido encuentras algo más. Un sentimiento que dejaste olvidado. Tal vez encuentres una fotografía que te haga despertar.

    Tu vida empieza cuando tú decidas que quieres hacerlo. Pero ayer ya era tarde.

    Feliz día.

    Os dejo dos canciones. Una es de ‘El Sueño de Morfeo’, la frase con la que empezaba este post venía de esta canción:

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    La otra es del último videoclip de ‘El Beso del Gato’. A mí me emociona. Ojalá hubiéramos cogido aquella llamada. Si hubiéramos hecho tantas cosas… Pero ya no se puede hacer nada. Espero que os guste su ‘Sigo enfadado contigo‘:

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  8. Más allá de los sueños

    octubre 23, 2012 by Ana López Guzmán

    Hoy me enfrento de nuevo al “papel” en blanco. Durante mucho tiempo no he podido escribir. Lo que hasta hoy había sido mi vía de expresión estaba totalmente bloqueada. Pero han ocurrido demasiadas cosas y tengo que soltarlas de algún modo. Creo que este es el momento, aunque no sé si ésta es la manera.

    Robin Williams en 'Más allá de los sueños'

    Robin Williams en ‘Más allá de los sueños’

    El otro día recordaba una escena maravillosa de la película ‘Más allá de los sueños’ (Vincent War, 1998), protagonizada por Robin Williams. Es una peli muy triste, ya que muere hasta el apuntador, pero a mí me ha hecho reflexionar muchas veces.

    Cuando a Williams le llega su hora, empieza su nueva vida en el cielo, que para él es un cuadro de muchos colores. Poco a poco va conociendo gente, rencontrándose con personas que había perdido… Hasta que descubre que su mujer también está en el más allá, pero no en un cielo, precisamente.

    Entonces él no para hasta encontrarla, a pesar de los peligros que conlleva llegar hasta ella. Cuando lo hace, está fuera de sí. Se podría decir que no es ella. Es una mujer que se culpa de todo lo que perdió en vida y se está castigando por ello. Ni siquiera recuerda a su marido, al que tanto amaba.

    Entonces él se acerca y dice:

    – Te pido perdón por las cosas que no te di (…). Sólo quería envejecer a tu lado para que pudiéramos ver cómo nos arrugamos… Hacerlo en el lago de nuestro cuadro. Ese era nuestro cielo. Se echan de menos muchas cosas. Libros, besos… Discusiones… ¡Las hemos tenido buenas…! Gracias por eso… Gracias por cada detalle (…). Gracias por ser alguien de quien siempre he estado orgulloso. Por tu coraje. Por tu dulzura. Por lo guapa que has sido. Porque siempre quería acariciarte. Dios, eras mi vida. Te pido perdón por las veces que te he fallado. En especial por esta…

    Más adelante él vuelve y dice:

    –  Estaremos juntos, donde pertenecemos (…). Te perdono a ti. Te perdono porque eres tan maravillosa que un hombre preferiría el infierno al cielo sólo por estar contigo.

    Cuando una persona te ama es capaz de todo. Lucha por ti. Creo que ese es el amor verdadero. Ese por el que se es capaz de ir hasta el mismísimo infierno. Esta es la escena, por si queréis verla completa:

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    Ahora me siento como cuando en ‘Sexo en Nueva York’ (la película, Michael Patrick King, 2008) Carrie, tras ser plantada por Big en el altar, pregunta a sus amigas:

    –         ¿Volveré a reír?

    –         Claro.

    –         ¿Cuándo?

    –         Cuando algo tenga mucha, mucha gracia.

    Me miro en el espejo y me siento como ella. Totalmente abatida. Hay peleas que te dejan sin fuerza ni aliento. Es como si te arrastrases por un camino en un bosque y te fueras arañando con todas las ramas, te golpearas con todas las piedras… Y aún así tuvieras que seguir avanzando.

    En clase de patinaje, mi profesora nos enseña a caer. Nos dice cómo tenemos que poner las manos para no hacernos daño, incluso con las protecciones. En la vida no es tan fácil. Pero me siento como aquel primer día con los patines. Yo me caía y no tenía ni idea de cómo levantarme. Lo intentaba y me resbalaba. Pero había una mano que me ayudaba a ponerme de pie de nuevo. Fue un día que nunca olvidaré.

    Escena de la película 'Más allá de los sueños'

    Escena de la película ‘Más allá de los sueños’

    Ahora es igual, sólo que tengo que levantarme yo sola y, la verdad, es muy difícil. Llevo una mochila de recuerdos y algunos pesan mucho. Muchísimo. Hoy hablé con Maxi, un antiguo jefe. Maxi me dijo: “Quédate con las cosas buenas y olvida las malas para poder desear a los demás una felicidad absoluta y sincera, y nunca mires atrás”.

    Me recordó a esta otra escena de ‘Come, reza, ama’ (Ryan Murphy, 2010) de la que ya os he hablado. Os pongo sólo lo que dice el hombre al que Julia Roberts conoce en la India:

    –         Sé que te sientes fatal. Tu vida está cambiando y eso no es malo. Estás en el sitio ideal rodeada de espiritualidad. Vaya cosa, te has enamorado, ¿y qué? Mándale un poco de luz y amor cada vez que pienses en él y déjalo así. Si pudieras despejar todo ese espacio que ocupas en tu mente al obsesionarte con ese tío dejarías un vacío. Un vacío con una puerta. ¿Y sabes qué haría el Universo? Se colaría. ¡Dios! ¡Se colaría! Y te llenaría de más amor del que jamás podrás anhelar… Carrillos, creo que algún día tendrás la capacidad de amar al mundo entero.

    Aquí os dejo la escena completa:

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    Y para despedirme, una canción de Rubén Pozo. Se llama ‘Ozono’. Tal vez lo que yo necesite sea oxígeno.

    A veces busco respuestas
    mirando al cielo aburrido
    ese manojo de estrellas
    y de ozono en un revoltijo

    A ver qué pasa si aflojo
    a ver qué pasa si tiro
    a ver qué pasa si corto
    y después ato con un hilo

    A ver qué pasa con tú y yo
    a ver qué pasa con los dos
    a ver qué pasa con todo, me digo

    No tengo nada entre manos
    tan sólo el suelo que piso
    y un verso desordenado
    que de pronto encuentra su sitio

    A ver qué pasa con tú y yo
    a ver qué pasa con los dos
    a ver qué pasa con todo, me digo

    A ver si rueda la bola
    a ver si prende el incienso
    a veces subo a la roca
    a solas con mi pensamiento

    A ver qué pasa con tú y yo
    a ver qué pasa con los dos
    a ver qué pasa con todo, ¡qué lío!


  9. Cuando no salen las cuentas

    agosto 13, 2012 by Ana López Guzmán

    Hace tiempo creé un blog. Fue allá por el 2004. Durante seis años escribí la historia de mi vida en aquellas “páginas”. Pero tener un blog puede darte algunos problemas. Escribir sobre los profesores de la Universidad me dio cierta fama entre el alumnado durante mi época de estudiante de Periodismo, pero no me gustó porque se estaba utilizando algo que yo había escrito de la forma más natural del mundo para hacerme daño directa o indirectamente. Fue la primera lección: Ana, cómprate un diario.

    El motivo por el que decidí no sólo dejar de escribir en él, sino borrarlo, fue porque me daba más problemas que otra cosa. Cada vez que alguien quería saber algo de mí se estudiaba mis posts de arriba abajo y eso me incomodaba. Es más, era un blog en el que nunca decía nombres. Por tanto, muchas personas se preguntaban de quién estaría hablando, en especial cuando estaba triste, enfadada o dolida por algo. Sin embargo, me arrepiento de haber dado a aquel botón de “eliminar”. Y a veces pienso que todo sería más fácil en la vida si tuviéramos botones para borrar algunas cosas, para reiniciar otras o para suspenderlas hasta dar con una solución. Pero no lo es. La vida es algo más complicada.

    Sin embargo, cuando te gusta escribir, cuando se convierte en tu vía de desahogo, sigues con el “mono”. Necesitas plasmar todo lo que piensas o sientes de alguna manera. Por eso, el día que nuestro director nos propuso crear un blog en ‘Cuore’ no lo dudé. Y como yo siempre he utilizado las películas o las series para explicar situaciones, pensé que no había nada mejor que unir las dos cosas: el cine con todos esos pensamientos que estaban paseándose libremente por mi cabeza.

    El problema del escritor, del periodista o del blogger, es que a veces no está inspirado. Ese canal de comunicación se bloquea y entonces no logras sacar todo lo que tienes dentro, o al menos no de la forma en que a ti te gustaría. No quedas satisfecho. Creo que en esos momentos debes tomarte un descanso antes de volver a retomar el lápiz y el papel o en este caso, el teclado y la pantalla.

    Meg Ryan y Hugh Jackman en 'Kate and Leopold'

    Meg Ryan y Hugh Jackman en 'Kate and Leopold'

    No es que ahora me sienta más inspirada, pero sí estoy preparada para hablar de las cosas que me han tenido apartada del blog durante algún tiempo. Hay momentos en nuestra vida que nos abruman. Es como si estuviéramos atados en una silla de pies y manos. Intentamos soltarnos, pero no podemos. Pedimos ayuda a otros, pero somos nosotros quienes debemos desatarnos. Liberarnos de todo aquello que no nos deja respirar. Y cuando lo hacemos, sentimos un gran alivio. Es una sensación de libertad.

    Pero para que todo eso ocurra, es decir, para vivir todo ese proceso interior que nos permita sacar lo malo que llevamos dentro, es necesario dejarse apoyar. Es obvio que nadie va a resolver tus problemas, pero es importante valorar lo que tienes a tu alrededor y empezar a sopesar las cosas. A verlas con perspectiva, como ya he dicho otras veces en este blog. ¿Sabes? No estamos solos. Incluso cuando crees que lo estás, cuando te empeñas en pensar que es así, tampoco es cierto. Siempre hay alguien dispuesto a sacarte una sonrisa.

    Meg Ryan y Hugh Jackman en 'Kate and Leopold'

    Meg Ryan y Hugh Jackman en 'Kate and Leopold'

    Hace poco estuve viendo ‘Kate and Leopold’ (2001, James Mangold). Ya la había visto otras veces. Es una peli protagonizada por Hugh Jackman y Meg Ryan. Sí, una comedia romántica, pero que guarda muchas verdades. Ella es una mujer que lleva toda la vida trabajando. No ha tenido tiempo para salir de la ciudad en diez años. Lucha por liderar una empresa de estudios de mercado y al final lo consigue. Pero entonces, cuando tiene todo aquello por lo que ha invertido tanto tiempo, ganas e ilusión, se da cuenta de que lo que quiere es otra cosa. Quiere disfrutar del sabor de las cosas. Despertarse abrazada a un hombre que la quiera y proteja. Que ofrezca seguridad y apoyo. Quiere dormirse abrazada a su cuerpo mientras escucha la melodía de ‘Desayuno con diamantes’ que el vecino pone cada noche en su tocadiscos y que apaga puntualmente a las doce. Y para darse cuenta de que eso es lo que quiere tiene que venir una persona del pasado que logra que ella vea que hay vida más allá de una Blackberry o el puesto de directiva de una empresa internacional.

    Al final lo que importa, lo que nos hace felices, son las cosas más sencillas. Las que a veces olvidamos. Como ir conduciendo y poder valorar el precioso atardecer que tienes frente a ti (y que no te deja ver la carretera). O como pasar una tarde con tu amiga sin hacer nada más que hablar. O ver las olas llegar a la orilla para luego retirarse silenciosas. O cerrar los ojos y sólo escuchar el silencio. Alguien me enseñó que la vida son eso, “momentos”. Pero esa misma persona olvidó el resto de las cosas que había que poner en la balanza para que estuviera equilibrada porque lo que no se cuida se desgasta.

    Para despedirme os dejo una canción de Leiva, que hacía mucho. Se llama ‘Las cuentas’. Si quieres que éstas te salgan, entonces tendrás que poner algo de tu parte porque regodearte en el placer del dolor es la peor manera de salir adelante. Toca fondo si es necesario, pero que sólo sirva para coger más impulso para salir de tu agujero y seguir luchando, que la vida es demasiado corta como para malgastarla invirtiendo esfuerzo, energía e ilusiones en cosas materiales o superficiales que no te darán la verdadera felicidad.

    Las cuentas (Leiva)

    Ya sólo quedan los demonios,
    la propina y los escombros.
    Caemos como plumas,
    olemos el fondo
    y nos quedamos cortos.

    Es tiempo de autodestrucción,
    de disparar sin adornos,
    prenderé fuego al colchón,
    que reventó nuestros otoños.

    Porque no existen tumbas de dos,
    porque el adiós se siente en vena,
    amamos lo que perdimos,
    queremos lo que envenena
    y así nunca nos salen las cuentas.

    Ya no nos saca nadie a hombros,
    la vanidad, los dobles fondos,
    quemamos las alturas,
    besamos el polvo
    y nos calamos hondo.

    Es tiempo de autodestrucción,
    de rematar sin adornos,
    me agarré a la inspiración,
    que me dejó nuestros demonios.

    Porque no existen tumbas de dos,
    porque el adiós se siente en vena,
    amamos lo que perdimos,
    queremos lo que envenena
    y así nunca nos salen las cuentas.

    También os dejo dos vídeos:

    El tráiler de ‘Kate and Leopold’: Imagen de previsualización de YouTube

    Y una escena que me gusta mucho, aunque está en inglés. Es un monólog de Liev Schreiber que interpreta al ex de Meg Ryan, la persona que encuentra la grieta en el tiempo que permite que Leopold llegue al presente y conozca a Kate. El hombre que se siente como aquel perro que vio un arcoiris: Imagen de previsualización de YouTube

    “I know, I know,it sounds crazy
    talking about… finding a crack in time under the East River.
    But in, in point,
    in point fact, Gretchen
    you know…
    it is no more crazy than, uh, a dog finding a rainbow.
    Dogs are color-blind, Gretchen. They don’t see color.

    Really?

    Just like we can’t see time.
    We can feel it.
    Oh… we can feel it passing but, we can’t see it;
    it’s just a blur.
    It’s like, …it’s like we’re riding in a, in a supersonic train
    and the world is just blowing by.
    But imagine if we could stop that train, Gretchen. Hmm?
    lmagine if we could stop that train get out, look around
    and see time for what it really is.
    A universe, a world a thing as unimaginable
    as color to a dog.
    And as real and tangible
    as that chair you’re sitting in.
    Now, if we could see it like that
    I mean, really look at it
    then… maybe we could see
    the flaws as well as the form.

    And that’s it.
    It’s that simple.
    That’s all I discovered.

    I’m just a…
    just a guy who saw a crack in a chair
    that no one else could see.

    I’m that dog who saw a rainbow“.


  10. Origen

    junio 11, 2012 by Ana López Guzmán

    Estaba sentada en un carrito. Avanzaba en zig zag muy lentamente. Y mientras lo hacía una voz iba explicando lo que había ocurrido en aquel hotel encantado. Un rayo había caído muchos años atrás sobre el edificio, acabando con la vida de las personas que estaban en el ascensor en aquel momento.

    De pronto el carrito se paraba en seco y se escuchaba un ‘clic’. Supe que algo, una especie de arnés, nos había enganchado. Entonces el carrito empezó a elevarse como si fuera un ascensor. Al llegar a la segunda planta, recuerdo que pude ver candelabros suspendidos en el aire, como si un fantasma nos estuviera advirtiendo. Entonces el ascensor caía. La sensación de vacío era horrible.

    De nuevo volvía a ocurrir lo mismo al llegar al cuarto piso. Y así hasta llegar a la planta más alta. Entonces unas puertas se abrían y podías ver todo el parque. Después se cerraban y sabías que llegaría la caída final. Si hubiera sido un sueño habrías despertado antes de chocar contra el suelo porque en los sueños no puedes morirte, como explican en la peli ‘Origen’ (Christopher Nolan, 2010).

    Leonardo DiCaprio en la película 'Origen' (2010)

    Leonardo DiCaprio en la película 'Origen' (2010)

    Esto no era más que una atracción inspirada en ‘La Torre del Terror’ (D.J. MacHale, 1997), pero me recordó a muchas situaciones que vivimos. Nos dejamos llevar, nos enganchamos. No hacemos caso a las señales. Y te vas dando pequeños sustos, hasta que llega el golpe final y vuelves a la realidad. ¡Qué absurdo! ¿Verdad? ¿No sería más fácil disfrutar del momento y no atormentarnos por cosas que nos están impidiendo ver el sol?

    De pronto el escenario cambia. Estoy en un parque muy frondoso. Voy siguiendo a otra persona que conoce el camino. Aparto ramas a mi paso y voy descubriendo un paisaje maravilloso. Y me dejo envolver por la paz que lo invade. Poco a poco yo también voy formando parte de él.

    Escogemos un huequito apartado. Me descalzo y empiezo a seguir instrucciones. Entonces me tumbo sobre el césped, miro al cielo y escucho la música de fondo. “La canción de mi alma”, me dice. Esa misma que me hizo llorar de emoción hace algunos meses. Entonces recuerdo a mi amiga E y cómo solíamos quedar para ver las nubes. Podíamos pasarnos la tarde entera reconociendo formas en el cielo. Entonces alguna lágrima recorre mi mejilla, pero son de las buenas. Las que provocan situaciones que nunca olvidarás.

    Ese momento me hace recordar quién fui hace mucho tiempo. Y me pregunto en qué momento aparté toda esa inocencia. Todo aquel despertar que hacía que agradeciera cada minuto que podía disfrutar de las cosas más sencillas. “Tú más que nadie tendrías que saber valorar la vida”, me dicen. ¡Olvidamos tan pronto!

    Hablamos de sueños. De los que vemos por las noches como si se tratase de una película, y de otro tipo de sueños. De unos en los que todo lo que observas se puede tocar y sentir. Y quiero saber más. Y ese rato me da mucha paz. “Cuando entres por esa puerta descubrirás un mundo nuevo, un paraíso”, escuché al llegar. Al salir la pregunta era inevitable: “¿Qué te ha parecido?”. Que es cierto. Que todo es tan grave como tú quieras tomártelo y que si apuestas por vivir, entonces podrás apreciar las cosas que te sorprendieron cuando eras un bebé y viste por primera vez el mundo.

    Nunca, nunca dejes de aprender. Déjate maravillar.

    La canción de hoy va por todos esos ratitos que te marcan y que no olvidarás jamás. Gracias por todos los momentos que me das. Por leer este blog. Por formar parte de mi vida.

    PARA QUE ME QUIERAS (Alejandro Sanz)

    De cualquier manera no va a ser
    Esa cantinela de esa voz, de esa mujer.
    Si alguien me pregunta yo le diré
    Que detrás de un nuevo adiós siempre cuesta despertar
    Y que esas cosas pasan, por querer saber
    Sin saber querer, sin querer te amé
    Y son esos ratitos que me das en los que es mucho mejor
    No hacer más fuerza y dejar que si se va el corazón
    Que si se va que se vaya, no lo echaremos en falta
    Quién puede perderse pensando en el alma…
    Y para que me quieras te daré un año entero que te haré sólo de primaveras
    Y lo prenderé en tu pelo con un alfiler
    Y para que me quieras, te querré con un cariño que esta vez
    Quiero quedarme, niña, quiero estar presente en mi propia vida
    Y son esos ratitos que me das,
    Esos ratitos que me das,
    Esos ratitos que me das,
    Y ahora dime sólo que estás bien
    Si alguien te pregunta, quiéreme, quiéreme
    Que me queda en estas manos,
    Pa’ saber querer
    Acaríciame, una y otra vez
    Una y otra vez
    Y son esos ratitos que me das,
    En los que es mucho mejor
    No hacer más fuerza y dejar,
    Que si se va el corazón,
    Que si se va que se vaya,
    No lo hecharemos en falta,
    ¿Quién puede quererse pensando en el alma?
    Y para que me quieras te daré un año entero que te haré sólo de primaveras
    Y lo prenderé en tu pelo con un alfiler
    Y para que me quieras, te querré con un cariño que esta vez
    Quiero quedarme, niña, quiero estar presente en mi propia vida
    Y son esos ratitos que me das
    Esos ratitos que me das…


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