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‘Comedia romántica’ Category

  1. Thank you Alanis

    diciembre 11, 2014 by Ana López Guzmán

    Descubrí un poco tarde la música de Alanis Morissette, pero cuando lo hice, me identifiqué rápido con la letra de cada canción. Su rabia, su indignación… Con los chicos y con el mundo en general. Estaba dolida y desengañada y quería gritarlo a los cuatro vientos. Tras un viaje a La India, comenzó a encontrarse a sí misma (como tantos otros famosos, pero a esta se lo perdono por ser quién es). Y al final, pasó lo que tenía que pasar… Se enamoró y se puso a escribir un montón de canciones moñas y yo perdí el interés. Lo siento Alanis, supongo que no soy tu mejor fan.

    El caso es que a mí (salvando las distancias) me ha pasado algo parecido. Me sobraban temas de los que hablar porque estaba bastante decaída, no os voy a engañar. Y cuando el amor llegó a mi vida, perdí la inspiración. Y es que seamos sinceros, las mejores canciones son las de desamor y quienes escriben las más cursis son quienes sueñan con vivir esas emociones. Es algo parecido a lo que dicen en la película ‘Solo tú’ (Norman Jewison, 1994), donde la protagonista (Marisa Tomei) pierde la fe (curiosamente, ella se llama Faith) en encontrar a su media naranja, a la que lleva buscando desde que un tablero Ouija le dijo un nombre que marcó por siempre su destino.

    Robert Downey Jr y Marisa Tomei en 'Solo tú' (1994)

    Y así es, amigos míos. Somos tan rematadamente estúpidos que podemos pasarnos la vida persiguiendo un sueño. Supongo que eso es lo que nos da fuerzas. Es como un motor que nos empuja a seguir. Pero, ¿qué pasa cuando lo alcanzas? Hay que mantenerlo. En ‘Sexo en Nueva York 2′ (Michael Patrick King, 2010), Carrie le explica a Big que antes escribía sobre la búsqueda del amor y que ahora tenía que cambiar su perspectiva porque después de diez años esperando, al final lo ha encontrado. Y os aseguro que no es tan fácil…

    En fin, supongo que he atravesado una crisis creativa y ahora ya puedo volver a sentarme y escribir otra vez. Pero, ¿sobre qué? La verdad es que se me vienen un millón de ideas a la cabeza. Porque si lo piensas, nos pasan cosas cada día. Por mi parte, quiero hablaros de una chica que no soy yo, sino una personita a la que conocí hace mucho, mucho tiempo y que, por suerte, sigue formando parte de mi vida.

    Esta personita sufre innecesariamente muchas veces. Es como si fuera adicta al dolor. ¿Por qué somos así? Supongo que cuando te acostumbras a repetir una conducta, termina formando parte de ti y al final eres como eres y aunque no quieras, no lo puedes evitar o eso crees. En ‘Veronica Mars’ (la película, no la serie, de Rob Thomas, 2014), la protagonista (Kristen Bell) lleva años “rehabilitada”. Ha dejado la investigación y el peligro que conllevaba para convertirse en abogada, pero ella no es así y no está hecha para una vida tan aparentemente perfecta como la que tiene ahora. Por eso, no puede evitar la tentación de aceptar un caso en su Neptune natal para revivir las emociones de su antigua vida.

    Como aventura pase, pero ¿quién querría volver a una conducta dañina? Ni libros de autoayuda ni eternas sesiones de terapia. Si uno quiere cambiar, lo hace y punto. No pone excusas. Se centra en ello y le dedica todo su tiempo y atención y al final se sale, igual que se puede salir de Ikea.

    Kristen Bell en 'Veronica Mars', la película (2014)

    Mi mensaje es el siguiente: si no estás satisfecho con tu vida, actúa. No vale que te lamentes y sigas repitiendo continuamente el mismo patrón. Eso no te lleva nada más que al mismo principio. Céntrate en lo que quieres alcanzar y busca la manera de conseguirlo porque te aseguro que se puede. No es fácil, por supuesto que no, pero cuando lo haces, el resto de piezas van encajando solas como por arte de magia. Y entonces te das cuenta de que todo es más fácil de lo que parecía. Eras tú quien se empeñaba en hacerlo complicado.

    Así que ponte manos a la obra y traza tu estrategia. Ponte objetivos alcanzables y verás como paso a paso logras tus sueños. Deja de perder el tiempo enredándote en juegos imposibles. No malgastes energías con personas que te desgastan y céntrate en disfrutar la magia del día a día porque no sabes cuándo puedes volver a enamorarte, a encontrar el trabajo de tus sueños o escuchar una historia que puede cambiarte la vida… Pero empieza ahora.

    No te deseo suerte porque siempre digo que la suerte se la construye uno mismo. Encuentra el valor dentro de ti. Te aseguro que eres más fuerte de lo que crees. No persigas imposibles, como hacía Marisa Tomei en ‘Solo tú’ y céntrate en ver lo que tienes alrededor y dale la importancia y el lugar que se merece.

    Os dejo con el vídeo que cuenta el viaje que cambió la vida de Alanis. Por algo se empieza:
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  2. Esta no es otra historia de zombies

    noviembre 3, 2013 by Ana López Guzmán

    Sentir que vuelves a la vida, que lo que creías muerto sólo estaba dormido… A veces pasamos nuestros días como zombies. Arrastramos los pies y dejamos que el mundo continúe su curso a nuestro alrededor. Pero un buen día, pasa algo que te hace reaccionar y cambia el curso de la historia. Es como despertar de un sueño muy, muy profundo.

    Al prota de ‘Memorias de un zombie adolescente’ (Jonathan Levine, 2013) le pasa algo parecido. Está demasiado consciente, atrapado en un cuerpo frío, sin vida. Ve a los demás, que están mucho peor que él, pero se deja llevar porque tampoco puede hacer mucho más… Hasta que aparece una chica: La Chica. Y basta juntar sus manos una sola vez para que su corazón vuelva a bombear sangre.

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    Pero ni es fácil enamorarse cuando estás muerto por dentro, ni lo es hacerlo de alguien que se encuentra en esa situación. Nadie dijo que lo fuera. Por eso, cuando quieres algo, te lo tienes que trabajar un poco y entonces hasta las historias más imposibles, cobran un sentido. Nosotros somos quienes se lo damos.

    Imagina que estás en el metro y de pronto aparece alguien a quien hace mucho tiempo que no ves. Y esa persona te ofrece entrar en su mundo con cierto reparo (sería un loco si no lo hiciera). Vas ganando confianza hasta que un buen día te invita a ir con sus amigos y vas descubriendo personitas maravillosas. Como ya dije una vez: abriendo muñecas rusas hasta encontrar la más diminuta: la definitiva.

    Y entonces, las piezas de un rompecabezas que habías planteando de una forma completamente diferente, van encajando por sí solas. Contemplas tu obra y piensas: “Me gusta”. Después pruebas a admirarla desde otra perspectiva. La vas decorando con momentos, con recuerdos, con sonrisas… No es lo mismo ver la historia de un Apocalipsis contada por un humano que por un muerto viviente. Tal vez todo era una cuestión de enfoque.

    Así, hasta que un día te encuentras en un sitio rodeada de personas y te sientes bien, como si estuvieras en casa. Empiezas a ser tú misma, poquito a poco. “Conseguiré ganarme tu confianza”, te dijeron, y a ti te costó creerlo. Sigues despertando.  Al fin y al cabo, si un zombie puede cambiar, ¿por qué no tú?

    ¿Sabes qué es lo mejor? Que si te entra un ataque de pánico, no estarás sola, porque hay personas que con sólo decirte: “Todo saldrá bien” te cambian la vida entera. Es tan fácil como eso. La seguridad se transmite de forma tan sorprendente como lo hace la inseguridad, pero la segunda sirve de bien poco.

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    Coge una tiza y escribe en una pizarra lo primero que se te pase por la cabeza. Sácalo, porque es una tontería dejarlo guardado. No es malo contar lo que uno siente, piensa, teme, desea, sueña… ¡Quién sabe! Puedes terminar viajando donde siempre quisiste para disfrutar de las vacaciones que realmente nunca tuviste.

    Sinceramente, he llegado a la conclusión de que muchas veces la vida es tan complicada como tú quieras que sea. Cuando aprendes a dar a las cosas su justa importancia y valoras los momentos de felicidad, los multiplicas. Recuerda que si das un paso atrás, puede ser sólo para contemplar el resultado de lo que has hecho e irte a la cama con una sonrisa, pensando que por fin las cosas van como siempre tendrían que haber ido.

    No te compliques la vida cuando lo mejor que puedes hacer es disfrutarla. No pierdas el tiempo pensando en cosas que te hacen daño o no te llevan a ninguna parte. Pasa el tiempo con quien te haga sentir grande, no pequeño. No dejes que nadie te corte las alas y date la oportunidad de volar con quien quiera hacerlo contigo.

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    Ser libre no significa no tener a nadie a tu lado, sino estar con alguien y sentir que puedes ser tú mismo sin sentirte juzgado. Que la libertad es disfrutar de cada instante, solo o en compañía, pero en paz, y hacerlo mientras no paras de sonreír. Esa es para mí la verdadera felicidad.

    PD. Como siempre, os dejo la letra de una canción. Cuando todo encaja, deja de ser imposible. Tómate tu tiempo para entenderlo.

    Mariposas Imposibles (Luis Ramiro)

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    Ya lo sé, las cosas imposibles nunca salen bien ,

    cuando era solo un niño lo empece a entender,

    esguinces en el alma y las rodillas de tanto correr detrás de mariposas imposibles,

    poniéndole a las nubes imperdibles,

    fabricando un cielo a mi medida en la pared…

    Crecer es aprender a convivir con el miedo a envejecer

    y sé que aunque por fuera todo cambie, al final…

    Seguiremos siendo eternos… Eternos… Confía en que todo salga bien
    Seguiremos siendo eternos… Eternos mientras moje la lluvia nuestra piel
    Seguiremos siendo eternos , eternos, eternos mientras sigamos en pie…

    Quisimos correr detrás de mariposas imposibles

    igual que superhéroes invencibles

    Somos el reflejo de aquello que quisimos ser..

    No me voy a quedar en un banco a esperar la llegada de Dios

    ni mi Juicio Final, ni a que arda París, ni alguien para dormir

    Es mejor disfrutar solos la soledad

    Voy a guardar cada sello de todas las cartas que no escribiremos

    Voy a mandarlas al cielo, a enviar el mundo por correo,

    cuando llegue al buzón de tu casa nunca tuerzas la cara ni preguntes: ¿Qué pasa? ¡No!

    Son mariposas al vuelo para que caces en sueños,

    son mariposas al vuelo para que caces en sueños…

    Son mariposas al vuelo…

     


  3. ¿Capaz o incapaz?

    junio 30, 2013 by Ana López Guzmán

    ¿La vida es un juego? Y el amor… ¿También es eso? ¿Jugar a capaz o incapaz? Proponerse retos, superarlos juntos. Estar ahí cuando el otro consigue el fin propuesto. Ser capaz de todo por la otra persona, incluso de estropearle el día de su boda o esperar diez años sólo por una promesa… ¿Y el fin? ¡Qué más da! Puedes terminar convirtiéndote en un bloque de cemento…

    Cuando ves películas como ‘Quiéreme si te atreves’ (Yann Samuell, 2003), te crees capaz de cualquier cosa. Y mira que la vida no es fácil, pero si tienes a alguien a tu lado que está ahí, pese a todo, entonces es más llevadera, más divertida. “Los amigos son como las gafas: te hacen parecer inteligente, pero se rayan enseguida y no veas si cansan… Afortunadamente, a veces uno encuentra gafas que molan. Yo tengo a Sophie”, dice Julien (Guillaume Canet). Al fin y al cabo, tú puedes elegir: aceptar que alguien se ha ido como lo haría un adulto, o imaginar que está volando por el cielo con una sonrisa.

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    Hay momentos que tienen un olor determinado. Cuando vuelven a ti, te transportan a otro momento de tu vida. El olor del cloro es el olor del verano (al menos para mí; llámame loca). El chocolate de las tortitas me recuerda a la Navidad. El anís a aquel bizcocho que hace mi madre desde que yo era pequeña. Recuerdo que me dejaba participar en todo el proceso… Hoy en día es una de las pocas cosas que realmente me salen bien en la cocina.

    Mi hermana también lo convertía todo en un juego. Por ejemplo, hubo una vez que mi madre repartió las tareas a la hora de poner la mesa. Laura se las ingenió para que pudiéramos llevarlo todo de una vez. Cogió un carrito de bebé que yo tenía para pasear a mis muñecos. Metíamos los cubiertos, las servilletas y lo que hiciera falta dentro, y en un solo viaje teníamos la mesa lista. Lo divertido era que mi madre no se enterara. Y así fue durante años. “¿Un juego de idiotas? Tal vez. Pero era nuestro juego”.

    Recuerdo que lloré el día que vi aquel carrito en el cubo de la basura. Se había roto y ese era uno de los juguetes que mi madre no me iba a dejar conservar de mi infancia. Tengo grabada aquella imagen: el carrito rosa, roto, en la basura… Si él hubiera podido hablar… ¡La de historias que podría haber contado! Pero era un secreto. Y de estos teníamos unos cuantos.

    Elo y yo nos hicimos amigas cuando teníamos tres años. El día que llegó a casa le dijo a su madre que había conocido a una chica que se llamaba “Ana López Guzmán, que era más alta que ella y que tenía el pelo blanco”. Supongo que nunca había visto a una niña tan rubia. Las dos nos quedamos pequeñitas, supongo que para poder afrontar la vida a la misma altura. Ella también hace fácil lo difícil.

    Cuando teníamos doce años, nos inventamos un lenguaje secreto. Fue muy útil a la hora de hacerse chuletas en los exámenes o para intercambiarnos notitas en clase. Si el profesor nos pillaba, nunca sabría qué era lo que aquel trocito de papel escondía. Era un misterio. Sólo nuestro. También nos inventamos un juego para aprendernos la tabla periódica. Estoy segura de que entre las dos podríamos escribirla entera a día de hoy sin necesidad de repasarla.

    “¡Y por fin hubo que crecer! Cuando eres un crío, eres tan ingenuo que crees que se crece poco a poco… ¡Y una mierda! Es como un tortazo, ¡zas! Como el golpe de la rama de un árbol cuando alguien camina delante de ti por el bosque”.

    Aun así, hay cosas que se te escapan. Un día estaba jugando con mis muñecos de goma, como tantas veces. Los tenía a todos: los de ‘Dragones y Mazmorras’, ‘Los diminutos’, los ‘Muppets’… Y de pronto me di cuenta de que no me estaba divirtiendo. Sé que sonará raro, pero pensé: “¿Me estoy haciendo mayor?”. O, como decían las madres en mi familia: “Ya eres una mujer”. ¿Y qué narices significaba eso?

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    Otras veces, lloraba porque tenía un examen y me angustiaba ver cómo iban pasando las horas y no me sentía preparada para afrontarlo. Sí, era la típica empollona, no os lo voy a negar. Pero entonces mi madre me decía: “¡Ay, Ana, si lloras por esto, verás cuando seas mayor!”. No era muy alentador. Mi madre ahí no estaba del todo acertada… Pero tenía razón.

    Y un buen día, después de un año de mucho trabajo, estaba preparando mis vacaciones con mucha ilusión. Me las había ganado a pulso. ¿Quién me iba a decir aquel día que esa noche terminaría en un hospital del que no saldría hasta mucho tiempo después? Creo que fue allí, en esa camilla, cuando me convertí en una observadora de la vida.

    Por las noches, cuando no podía dormir, escribía mentalmente las cosas que había escuchado durante el día. La gente que venía a verme me contaba sus historias. Todos parecían tener algo que contar. Y yo disfrutaba escuchando. Ellos me traían un poquito de vida y creo que entre todos, hicieron que me curara. Algunos hablaban de milagros. Yo no podía creer en eso. Ya no. Para mí el milagro eran ellos. Y también las segundas oportunidades y yo tenía una. Esta vez podía escribir mi historia desde cero.

    No fue fácil. Cuando te pasa algo así, te marca para siempre. Un día, Elo vino a verme con un vestido amarillo. Estaba tan guapa como siempre. Parecía tan tranquila… Me dijo: “Sé que mucha gente se pondrá a llorar, pero yo no, Ana. Sé que te vas a poner bien, así que no tengas miedo”. Sus palabras me dieron fuerza. Me las creí. Ese fue para mí el verdadero milagro.

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    Han pasado muchos años. Ahora estoy perfectamente. Y, ¿sabéis qué? Que sigo jugando. Me gusta dar a la palanca de la silla que sube o baja el asiento de Jesús en trabajo cuando está hablando por teléfono con algún cliente. O dejo a Elo pegatinas en su agenda para que no se olvide de que cada día cuenta. Sigo escribiendo en lenguaje secreto, mandando chistes tontos o publicándolos en el Facebook de este blog que un día me permitieron tener.

    Todo en esta vida es superable. En serio. Incluso cuando crees que no. Con el tiempo me he dado cuenta de que a veces necesitamos hundirnos, pero sólo es para coger impulso. ¿Qué necesitas darte cuatro veces con la misma piedra? ¡Genial! Pero no te encariñes con ella. Siempre tienes a una Sophie o a un Julien que te ayudarán a mantener los pies en el suelo. Que te dirán la manera más fácil de poner le mesa o te enseñarán a cómo dar el biberón a un bebecito tan diminuto que te cabe en un brazo.

    ¡Tan pequeñita! Así es Little Mery, la hija de mi prima María. Sólo tiene unas semanas, ¡pero yo veo tanta vida en ella! Tal vez es porque lleva en su sangre la magia de una mujer que me sacó a bailar en una terraza, una noche de verano. Son esos momentos que uno nunca olvida, como lo del vestido amarillo o el carrito rosa: “Cállate, tápate los oídos fuerte, fuerte, fuerte… Muy fuerte. ¿Oyes lo mucho que te quiero?”.

    Si la vida está hecha a base de momentos, entonces yo quiero que todos estén llenos de recuerdos co

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    mo estos. Estancarse en el pasado nunca te ayuda a mirar al futuro. Dedica tiempo a tu gente y tómate otro tanto en conocer a las personas que se van cruzando por tu camino. Tienen hermosas historias que contar. Sólo tienes que ser un observador, un oyente. Y puede que entonces alguien te diga llorando que nunca nadie le dedicó tanta atención y te des cuenta de lo maravillosa que es la amistad.

    Las lágrimas, si son de felicidad, entonces están permitidas. ¡Venga, te reto! ¡Quiéreme si te atreves! ¿Capaz o incapaz?

    PD. Para cerrar este post, os dejo uno de los mejores monólogos del cine, al menos para mí, que pertenecen a la maravillosa película de la que os he hablado hoy. Una preciosa declaración de amor por parte de Sophie (Marion Cotillard), ¿no creéis?

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    “No, no digas nada. Yo hablaré. ¿Me has echado de menos? Porque yo a ti mucho. Eres un verdadero tirano, ¿sabes? Me cuesta estar enfadada contigo, pero esta te la guardo. No te hagas ilusiones. Me gustaría hablar pasando del juego… por una vez. ¿Te gusta mi vestido? Se lo he birlado a mi hermana. Tenía éste y otro rojo tipo bomba nuclear o algo así… Debí ponerme ese… Lo sé. He debido pasarme más o menos tres horas frente al espejo. ¡Pero ha merecido la pena, estoy guapa! Y espero gustarte, si no, te meto un tortazo. ¡Espera! Shhhh… ¿Por dónde iba? El problema es que si me dijeras “me encantas” no podría creérmelo. Julien, ya no sé cuándo es un juego y cuándo es verdad. Estoy perdida. ¡Espera, espera! No he terminado. Dime que me quieres. Dímelo porque yo jamás me atreveré a decírtelo primero. Me daría miedo que pensaras que es un juego. Sálvame, te lo suplico” (‘Quiéreme si te atreves’).

    Y también os dejo el tráiler de la película. Maravillosa :)

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  4. ¿Pueden los hombres y las mujeres ser amigos?

    mayo 11, 2013 by Ana López Guzmán

    Ay, ¡el eterno debate! Ellas suelen decir que sí, que por supuesto, que por qué no iba a ser eso posible. Pero luego vienen las típicas preguntas: “Vale, sí, es tu amigo, pero… ¿Está enamorado de ti? ¿Has tenido alguna vez algo con él? ¿Habéis hablado de cómo sería vuestra relación si fueseis algo más?”. Entonces es cuando su firme respuesta se convierte en un mar de dudas. Ellos lo tienen bastante más claro. La respuesta es simple y llanamente “no”. Si hay alguien que lo explica bien, es Billy Crystal en ‘Cuando Harry encontró a Sally’ (Rob Reiner, 1989).

    Billy Crystal y Meg Ryan en 'Cuando Harry encontró a Sally' (1989)

    Os pongo un poco en antecedentes antes de que veáis el vídeo. Harry se define como un hombre pesimista porque cuando empieza un libro siempre lee la última página por si se muere. El día que conoce a Sally (Meg Ryan), que es más bien todo lo contrario a él, van a hacer un viaje juntos hasta Nueva York para ahorrar gasolina. Este es uno de los diálogos que mantienen en el coche (y para mí, uno de los mejores del cine):

    –          Por supuesto, te darás cuenta de que tú y yo jamás podremos ser amigos…

    –          ¿Por qué no?

    –          Quiero decir que los hombres y las mujeres no pueden ser amigos porque siempre se interpone la parte sexual

    –          Estás equivocado, yo tengo muchos amigos varones y para nosotros el sexo no interfiere para nada.

    –          No es cierto

    –          Sí es cierto

    –          Sólo tú crees que es así

    –          ¿Insinúas que quiero acostarme con todos mis amigos sin siquiera saberlo?

    –          Lo que insinúo es que todos ellos quieren acostarse contigo

    –          No es cierto

    –          Sí es cierto

    –          No es cierto

    –          Sí es cierto

    –          ¿Y tú cómo lo sabes?

    –          Porque un hombre jamás podría ser amigo de una mujer a la que encuentre atractiva. Siempre quiere acostarse con ella

    –          O sea que según tú, un hombre sólo puede ser amigo de una mujer si no la encuentra atractiva…

    –          No, tú también puedes querer acostarte con ellos

    –          ¿Y qué pasa cuando no quieren acostarse contigo?

    –          Eso no importa, porque el sexo siempre está presente, por lo que la amistad se ve condenada. Y ese es el fin de la historia

    –          En tal caso tú y yo nunca seremos amigos

    –          Supongo

    –          Es una lástima, eres la única persona que conozco en Nueva York…

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    Años más tarde, vuelven a encontrarse. Entonces Harry le explica a Sally que si un hombre y una mujer están prometidos con otras personas, entonces sí pueden ser amigos, pero que en ese momento sus parejas sienten celos porque no entienden que su prometido/a necesite la amistad de alguien del sexo opuesto y que eso es una señal de que algo falla en su relación. Así que una vez más, Harry llega a la misma conclusión: la amistad entre hombre y mujer es imposible.

    Sin embargo, años más tarde vuelven a encontrarse. Su vida está cambiando. Ambos han sido abandonados por sus respectivos y tienen el corazón roto. Se dan cuenta de que se llevan bien. De que pueden contar el uno con el otro. Nace una amistad. Entonces esa persona se va convirtiendo en alguien importante. Da igual que no sea de tu sexo. Es a quien llamas cuando estás de bajón o cuando tienes una buena noticia que no te puedes callar. A quien le cuentas tus pensamientos, tus inquietudes… Se genera una bonita complicidad que es inquebrantable…

    Hasta que llega El Momento. Sí, ese momento en el que dices: “Es tan buen amigo que podría ser mi pareja”. Pero entonces las cosas se complican. Ese es el punto de la historia donde la amistad se pone en juego. ¿Arriesgas toda esa complicidad o dejas el mundo como está y sigues contando con tu amigo del alma? ¿Tiene Harry razón y el chico siempre querrá acostarse con ella? Si eso ocurriera, ¿qué posibilidades hay de funcione y la amistad no se rompa?

    Billy Crystal y Meg Ryan en 'Cuando Harry encontró a Sally' (1989)

    Billy Crystal y Meg Ryan en ‘Cuando Harry encontró a Sally’ (1989)

    Tengo dos amigos que fueron pareja durante cuatro años. Su relación no funcionó. Siempre estaban discutiendo y había celos y desconfianza por parte de ambos. En una ocasión, ella le dijo que precisamente la parte afectiva era la que se interponía entre ellos, pero que si fueran sólo amigos, su relación sería perfecta. Al final lo dejaron y estuvieron mucho tiempo sin hablarse.

    Años más tarde, ella tuvo un accidente. Decidió llamarle por teléfono porque necesitaba a la parte de amigo que les había unido en el pasado. Él fue a verla y desde ese momento, se convirtió en su mejor amigo para siempre y nunca jamás volvió a interponerse ni el sexo ni los sentimientos. Así que supongo que hay algunas excepciones.

    Para mí, la excepción más bonita del cine es la siguiente escena de ‘¿Qué les pasa a los hombres?’ (Ken Kwapis, 2009), pero no habla de la amistad. Habla de esa forma de comportarnos que tenemos a veces las mujeres. Ya sabéis, cuando esperas a que Él te llame. O cuando crees que él cambiará por ti. Cuando piensas que tú serás distinta, especial. Y te enganchas a la esperanza de que ese cambio ocurrirá, pero en el fondo sabes que las personas no cambian. Sin embargo, supongo que siempre hay excepciones… ¿O esto sólo ocurre en el cine?

    –          Alguien sabio me dijo que si un hombre quiere estar con una chica pase lo que pase, hará que ocurra

    –          Es verdad

    –          Pero cuando me abalancé sobre ti no me pareció que quisieras que ocurriera

    –          Es cierto, pero hay una explicación. Me acostumbré tanto a mantenerme a una distancia de las mujeres y a tener el poder, que no supe reconocer lo que sentía cuando me enamoré de una de ellas. No lo sabía…

    –          Acabo de salir con tu amigo Bill y puede que sea lo que exactamente lo que necesito. Sin dramas. Llama y hace lo que dice.

    –          También puedo hacerlo

    –          ¡Pero no lo hiciste! Y esa persona sabia me dijo que yo soy la regla. Y que tengo que dejar de pensar que todos los chicos pueden cambiar. Que tengo que dejar de pensar que yo… Soy la excepción

    –          Eres mi excepción

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    Y entonces lo hablas con tus amigas. Algunas te dicen lo que quieres oír porque están tan perdidas como tú. Otras te dicen la verdad por mucho que duela, porque prefieren intentar abrirte los ojos, tal vez porque ellas han pasado por lo mismo y no quieren que sigas perdiendo el tiempo. Esas amistades (y esta vez me refiero a entre mujeres) son las que hay que cuidar, porque no sirve de nada que te apoyen en algo que en el fondo tú sabes que no va a ocurrir nunca o que no es bueno para ti, por mucho que lo desees. A veces es mejor que alguien reduzca la verdad a un: “Simplemente no te quiere”.

    “¿Es demasiado duro decir la verdad que tenemos ante nuestras narices?”. Así empieza precisamente ‘¿Qué les pasa a los hombres?’: “Una mujer nunca se olvida del primer chico que le ha gustado…”. Aunque ese niño te tire al suelo y te diga que hueles a caca de perro. En esta primera escena, cuando la niña le está contando a su madre lo que acaba de pasar, ésta le explica que el niño le ha dicho esas cosas porque en realidad está loco por ella. Y amigas mías, es en ese momento cuando comienza la confusión. Te empiezan a meter ideas confusas en la cabeza sobre los hombres y su manera de comportarse en el amor (en el vídeo, la cara de la niña es un poema que refleja claramente esa confusión que se queda con nosotras de por vida).

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    Hay otra escena de ‘Sexo en Nueva York, la película’ (Michael Patrick King, 2008) en la que Carrie  (Sarah Jessica Parker) le está leyendo un cuento a Lilly, la hija de una de sus mejores amigas. Según termina la lectura, Carrie se da cuenta de que es importante que Lilly sepa que algunas cosas sólo le ocurren a Cenicienta y compañía. ¿Sabéis qué le dice Lilly? ¡Que le cuente el cuento otra vez! ¿La respuesta de Carrie?: “¡Otra que morderá el polvo…!”.

    Para terminar, os dejo un último vídeo. Es de un estudiante que hizo una encuesta a sus compañeros y compañeras de la Universidad, basándose en el debate que os planteaba al principio sobre la posibilidad de una amistad entre hombre y mujer. Está en inglés, pero es muy divertido y se entiende muy bien:

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    ¿Queréis saber qué saco yo de todo esto? Que al final siempre estamos confundidos por una cosa o por otra. Puede que en el fondo nos guste esa sensación o, como decía Ally McBeal: “Necesito estar hecha un lío”. Hombres y mujeres tratamos de meternos en la cabeza del otro… O en su corazón. Intentamos descifrar lo que no entendemos, pero os diré una cosa… Es una pérdida de tiempo, porque nunca sabrás lo que realmente la otra persona piensa o siente. Creo que lo mejor es no complicarte la vida. No intentar comprenderlo.

    Si te pasas el día mirando la última conexión del WhatsApp de la persona que te gusta, malo. Si te estás preguntando por qué no te escribe, también. Recuerdo una escena de ‘VM’ en la que la protagonista, tras una relación tormentosa, empieza a salir con un chico encantador. Entonces Mac (Tina Majorino), su mejor amiga, le pregunta qué tal con él. Veronica (Kristen Bell) responde muy tranquilamente: “Sin montañas rusas”.

    Al final creo que lo que todos necesitamos es alguien que nos dé estabilidad y no dolores de cabeza. Si ahora mismo estás escalando el muro del Facebook de tu ex buscando respuestas que no obtuviste, si estás esperando una llamada que no llega o si estás sufriendo por alguien que sabes que no siente lo mismo que tú, mi consejo es, si me lo permites, que empieces a valorar tu tiempo y lo emplees con alguien que quiera pasarlo contigo… Sea del sexo que sea.

     


  5. Buscando el lado bueno de las cosas

    marzo 29, 2013 by Ana López Guzmán

    Hay personas que son especiales. Tienen magia a su alrededor y sólo su presencia te contagia de alegría y de otras cosas bonitas, como dirían las Supernenas. También hay quienes presumen de ser “diferentes”, pero están a años luz de serlo. El protagonista de ‘El lado bueno de las cosas’ (dirigida por David O. Russell, 2012) pertenece al primer grupo.

    Os pongo un poco en situación. Pat (Bradley Cooper, brillante) acaba de salir de una institución mental. ¿El motivo de su ingreso? Un trastorno bipolar que le fue diagnosticado tras agredir al amante de su mujer. Tras ocho meses de reflexión, Pat tiene una nueva forma de ver la vida: Excelsior, algo así como aspirar siempre a más y buscar el lado bueno de las cosas.

    Esta frase de la película lo resume bien: “¿Sabes que haré, papá? Voy a tomar toda esa negatividad y la usaré como combustible para encontrar el lado positivo”. Y así, casi sin querer, empieza a rehacer su vida y a trazar planes para recuperar a su mujer. Pero no contaba con conocer a Tiffany (Jennifer Lawrence, más brillante todavía, merecedora del Oscar que se llevó por este papel), otro bicho raro que tiene bastante con sus propios problemas mentales (aquí debo decir que los bichos raros son personas especiales; eso te ayudará a distinguirlos).

    Escena de 'El lado bueno de las cosas', con Jennifer Lawrence y Bradley Cooper

    Escena de ‘El lado bueno de las cosas’, con Jennifer Lawrence y Bradley Cooper

    David O. Russell, director y guionista del film, se basó en la novela ‘Un final feliz’ de Mathew Quick. ¿Qué por qué quiero hablaros de esta película? Porque tú también te mereces un final feliz. Ellos también se lo habían ganado a pulso. Llevaban una vida normal hasta que ciertos acontecimientos de los que no tienen la culpa la arruinaron por completo.

    En una escena de la película, Pat se enfada muchísimo tras leer el final de la novela ‘Adios a las armas’ de Ernest Hemingway. Irrumpe en la habitación de sus padres de madrugada y les grita: “¡Ya está el mundo lo suficientemente jodido como para darle a la gente historias que acaban mal!”. Estoy de acuerdo con él. Mi amigo Alberto dice que “somos guionistas de nuestra propia vida”. Yo creo que nos debemos ese final made in nosotros mismos.

    Otro de mis momentos favoritos de la película tiene lugar cuando el padre de Pat (Robert De Niro) le da este consejo: “Presta atención a las señales. Cuando la vida te brinda un momento como éste es un pecado no aprovecharlo. La vida te está retando justo ahora y justo aquí. Esa chica te ama, sabes que te quiere. Yo no sé si Nikki lo hizo, pero ella lo hace ahora. Te aviso, ¡no lo jodas!”.

     

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    Yo sé de uno al que su hermana le dijo: “Trata bien a esa chica”. A él le obsesionaba la idea de hacer daño a alguien que consideraba que no se lo merecía. De hecho, para él, esta persona siempre había sido especial. Entonces decidió hacer caso a su hermana y la trató bien: se alejó de su vida. Ella estuvo de acuerdo porque quería un final feliz que él no podía construir a su lado. Y es que “lo que hace daño a corto plazo, es bueno a largo plazo” (‘Anatomía de Grey’).

    La vida te pone trabas, sí, y cada uno tiene su manera de sobreponerse. Llámalo Excelsior o como más te guste. Cierra el WhatsApp, es el peor invento del mundo. Párate a pensar y retoma tu guión donde lo dejaste. Pregúntate si estás donde quieres estar y cómo has llegado hasta aquí. Deja de perder el tiempo y deja de entretenerte.

    Si quieres escribir un libro, empieza de una vez. Si siempre te gustó la fotografía, ¡cómprate una cámara! ¿Por qué dejarlo todo para más adelante? Vete a una granja de Suiza si es lo que quieres, pero hazlo. Y haz también caso a Pat: “Estoy convencido. Tienes que hacer todo lo que puedas y esforzarte al máximo. Y si mantienes el optimismo, siempre te queda el lado bueno de las cosas”.

    Y cuando estés bien o si ahora estás en ese momento en el que por fin has salido de tu bucle de autodestrucción, entonces visualízate como estabas antes. Esa imagen te recordará que no quieres volver a ese punto.

    Es hora de empezar a tomar decisiones y, como dice este vídeo (muy, muy recomendable): “Quienes se adaptan mejor, pueden evolucionar con los cambios. ¿Estás haciendo lo que te apasiona? ¡Pues empieza!”.

     

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    Dedico este post a Patri Espada, que me hizo reflexionar con uno de sus tuits. También al chico que hizo caso a su hermana, a la amiga que colgó el cartel de ‘Cerrado temporalmente’ en su WhatsApp, al chico que lo va a dejar todo por irse a esa granja (¡buen viaje, Ángel!), a la amiga que no volverá a vivir una historia que nunca debió protagonizar, a Eva F. (una persona muy especial que necesita encontrar su Excelsior para poder brillar con toda su intensidad, que es abrumadora), a mi compi-friend Jesús, por soportarme todos los días y regalarme la mejor terapia: la risa.

    Y para despedirme, os dejo una canción de Luis Ramiro. Se llama ‘Mariposas imposibles’ y pertenece a su último disco, ‘El monstruo del armario’. También os escribo la letra, que hace tiempo que no lo hago y esta canción merece la pena:

     

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    ‘MARIPOSAS IMPOSIBLES’ (LUIS RAMIRO)

    Ya lo sé, las cosas imposibles nunca salen bien

    Cuando era sólo un niño lo empecé a entender

    Esguinces en el alma y las rodillas de tanto correr detrás de mariposas imposibles

    Poniéndole a las nubes imperdibles

    Fabricando un cielo a mi medida en la pared

    Crecer es aprender a convivir con el miedo a envejecer

    Y sé que aunque por fuera todo cambie al final…

    Seguiremos siendo eternos, eternos, confía en que todo salga bien

    Seguiremos siendo eternos, eternos mientras moje la lluvia nuestra piel

    Seguiremos siendo eternos, eternos, eternos, mientras sigamos en pie

    Quisimos correr detrás de mariposas imposibles

    Igual que superhéroes invencibles

    Somos el reflejo de aquello que quisimos ser

    Y sé que aunque por fuera todo cambie al final

    Seguiremos siendo eternos, eternos, confía en que todo salga bien

    Seguiremos siendo eternos, eternos mientras moje la lluvia nuestra piel

    Seguiremos siendo eternos, eternos, eternos, mientras sigamos en pie

    No me voy a quedar en un banco a esperar la llegada de Dios ni mi Juicio Final

    Ni a que arda París, ni alguien para dormir

    Es mejor disfrutar solos la soledad

    Voy a guardar cada sello de todas las cartas que no escribiremos

    Voy a mandarlas al cielo, a enviar el mundo por correo

    Cuando llegue al buzón de tu casa, nunca tuerzas la cara ni preguntes qué pasa, no…

    Son mariposas al vuelo para que caces en sueños

    Son mariposas al vuelo para que caces en sueños

    Son mariposas al vuelo para que caces en sueños

    Son mariposas al vuelo para que caces en sueños

    Son mariposas al vuelo

    Y si te quedas con ganas de más: @echalefantasia


  6. Miedo son sólo cinco letras

    marzo 13, 2013 by Ana López Guzmán

    Intento poner orden en mi mente para poder hacer una lista de todas las cosas de las que quiero hablaros. Han sido muchas las conversaciones que últimamente me han hecho ir recopilando ideas, sensaciones y conclusiones que ahora necesito compartir contigo.

    Cuando sales del trabajo un poco bloqueado mentalmente y vas a marchas forzadas arrastrando tus pies hacia la boca de metro más cercana, sólo hay algo que puede aligerar tus pasos: hacerlo en compañía. Entonces fue cuando mi compi me dijo: “¿Tú crees que el amor hay que buscarlo o que te busca él a ti?”.

    Vaya… Creo que mi respuesta sonó bastante más convincente de lo que yo tengo interiorizado sobre el tema, pero eso no significa que no haya dado miles de vueltas al asunto. Le dije que mi experiencia me había demostrado que cuando más tranquilo estás y aprendes a quererte y a valorar el tiempo que pasas contigo mismo, es cuando atraes a alguien que está en la misma frecuencia. Básicamente mi mensaje era: si te quieres, te querrán. Nada que no sepas, y ya sabes por dónde empezar…

    Entonces me dijo que eso era algo muy difícil de hacer. Y ese mismo día, al llegar a casa, una lectora del blog que se ha transformado ya en una amiga, me contó lo mucho que a ella le había costado llegar al punto donde estaba ahora. Pero lo decía feliz. ¡Sonaba tan sincero! Y es que creo que cuando por fin te quieres de verdad es cuando sientes esa felicidad que te empuja a comerte el mundo entero.

    Ellen Pompeo y Patrick Dempsey en una escena de 'Anatomía de Grey' (ABC/SCOTT GARFIELD)

    Ellen Pompeo y Patrick Dempsey en una escena de ‘Anatomía de Grey’ (ABC/SCOTT GARFIELD)

    Ayer vi cuatro episodios seguidos de ‘Anatomía de Grey’ (los martes en @divinity_es). Como veis, iba con retraso, pero me encantan esas noches en las que vas encadenando un episodio con otro sin importarte la hora que es. Veía a Meredith (Ellen Pompeo) y a Dereck (Patrick Dempsey) y pensaba en lo bien que estaban ahora, pero lo mucho que les había costado llegar a ese punto, prácticamente por culpa de Meredith que tenía un miedo enorme a enamorarse (entre otras cosas).

    Hoy leí en Internet que el miedo son sólo cinco letras. Nada más. Entonces, ¿por qué te hace dar vueltas en la cama? ¿Por qué te tiene durante días el corazón encogido? ¿Por qué te cierra el estómago o todo lo contrario? ¿Por qué sientes un alivio tan inmenso cuando desaparece? Y lo peor… ¿Por qué a veces lo necesitamos?

    Creo que el miedo nos mantiene en alerta. Es el que te dice: “Oye, no te relajes… Mira a ver si estás seguro de que quieres hacer eso… ¿Estás convencido de que esa persona no te importa?”. Ese es el miedo con el que hay trabajar. Ya sabes, el que te da dos buenas tortas y te devuelve a la realidad. No tengas miedo al miedo. En el fondo te está haciendo un favor.

    Si hay algo que me gusta de ‘Anatomía de Grey’ es la voz en off de Meredith al final de cada episodio. No hay día que no te deje pensando en algo. Pero la serie está cargada de mensajes y consejos. Uno de los que rescaté fue este: “Dudar demasiado es un problema; dudar un poco es sólo un ejercicio de inteligencia”. ¿Alguien en contra? Lo dudo. Dudar es sano. Es necesario.

    Pero, ¿qué ocurre cuando se empeñan en meterte miedo? Si alguien no para de advertirte sobre lo malo que sería que te engancharas a él/ella, entonces párate a pensar que igual tiene razón. A menudo ignoramos las señales (conscientemente aunque no lo creas, ojo). Pero es que cuando te las ponen delante cada día, sería un suicidio no hacer caso.

    Te paras a pensar y dices: con lo fácil que puede ser todo. Con lo bonito que es estar cenando, viendo una peli, yéndote a dormir y sentir que alguien respira a tu lado y que ese alguien está tranquilo porque tú estás ahí… ¿Quién iba a querer estropear todo eso? ¿El miedo? ¿Miedo a qué? ¿A vivir sin montañas rusas? ¿Quién quiere adrenalina cuando se puede vivir tranquilo y feliz? Supongo que es más complicado de lo que parece. A Meredith le costó aprender esa lección y ahora si su cuerpo dice corre, no huye, corre en el sentido adecuado, allá donde se siente más segura.

    En otra escena de la serie, Arizona le cuenta a Torres que ha tenido un incidente con su pierna ortopédica (la serie es muy dramática, lo sé, pero merece la pena verla, os lo aseguro). La primera reacción de Torres es asustarse, pero Arizona por primera vez parece tranquila:

    -         Me caí.

    -         ¡¿Y qué pasó?!

    -         Me levanté.

    De eso se trata. De seguir levantándote. De plantarte cuando no estás donde quieres estar y seguir adelante. Hace poco alguien también me escribió para decirme que si siempre hablaba de levantarme era porque muchas veces me había caído. Pues sí, pero no tiene sentido que te anime a quedarte ahí, regodeándote en tu sufrimiento. Eso sólo serviría para perder el tiempo, que es algo muy valioso: “Disfruta de la vida porque nunca sabes cuándo te van a dar la mala noticia”, terminaba otro episodio.

    Creo que todo es mucho más sencillo. Si estás bien, no te salgas de la línea. No hagas cosas raras. Sí, he dicho “cosas raras”. Cada uno que lo interprete como quiera. Valora lo que es importante para el otro, porque así podrás disfrutarlo en compañía. Y si estás en casa, no pienses cosas como: “Qué rollo, qué hago, estoy solo”. ¡Con la de cosas que hay por hacer! Yo misma haría los días más largos si pudiera… Pero para eso tienes que quitarte ese miedo de encima. Sentirte libre. Y cuando te quieras, te querrán tanto como tú, o casi.

    PD. Este post se lo dedico a mi Tía Mari, fan del blog y a los casi 360 que me seguís ya en Facebook y en Twitter (@echalefantasia). ¡¡Gracias!!


  7. Volveremos a encontrarnos

    febrero 1, 2013 by Ana López Guzmán

    Siempre estuviste allí, incluso antes de que yo naciera. Antes de que mis padres se besasen por primara vez. Ibas con tu amigo Canito a todas partes.  También estuviste antes de que mi abuelo alquilara la tienda que después compraría mi abuela.

    Uno de los recuerdos más antiguos que tengo a tu lado tiene como escenario una cafetería de Gandía. Yo tendría unos cinco o seis años, pero lo recuerdo perfectamente. Estábamos tomando un granizado con mi padre. Yo odio los granizados. Tal vez por culpa de ese día.

    Recuerdo que había una gata con sus recién nacidos gatitos. Yo estaba como una tonta mirándolos. Siempre me han parecido unos animales fascinantemente elegantes e independientes. Y en este estado de observación, no me di cuenta y tiré el granizado. El vaso cayó y se rompió en miles de pedazos, que quedaron esparcidos sobre las baldosas de colores.

    Me regañasteis y yo me puse a llorar. Incluso nos hicieron pagar el vaso. Me sentí terriblemente culpable, como si ese vaso costase mucho dinero. Sentía que os había decepcionado. ¿Sabes? Esa cafetería ahora es una tienda de artículos de playa, pero conserva el mismo suelo y la esquina donde estaban los gatos sigue intacta. Siempre me acuerdo de ti cuando piso aquellas baldosas de colores.

    Otro de los recuerdos que tengo de mi infancia a tu lado tuvo lugar en tu casa. A mí me encantaba jugar en el cuarto de Carlos y David. Recuerdo que tenían una caja de Star Wars donde guardaban los juguetes. Y cómo no, el top venta de los Reyes de la época: el barco pirata de Playmobil.

    Pero ese día ellos no estaban y yo no quise hurgar en sus cosas. Nunca me gustó tocar los juguetes de los demás sin su consentimiento. Para mí era algo demasiado sagrado. Me fui al salón a la busca y captura de algo que lograra entretenerme mientras los adultos hablaban de lo que a mí no me interesaba demasiado. Tú viniste y me dijiste:

    –         ¿Sabes qué es esto?

    Yo nunca había visto una muñeca de madera tan gordita y graciosa. Yo era más de Barbies con cinturita de avispa.

    -         Es una muñeca rusa.

    Cuando eres un niño y te dicen eso piensas: “Así que esto es con lo que juegan las niñas en Rusia…”.

    -         Abre la primera y a ver qué te encuentras.

    Y eso hice. Abrí la primera y me encontré otra dentro. Y dentro de aquélla había otra más. Y así fui destripando muñecas hasta llegar a la última, la más diminuta. Quedé fascinada. “Ahora entiendo por qué los rusos son tan inteligentes”, te dije. Tu boca dibujó una sonrisa compasiva.

    Muchos años después, cuando salía de trabajar de la Agencia Efe, un compañero de la Universidad vino a buscarme y me dijo: “¿Vamos a ver ‘Las muñecas rusas’?”. Aquella película me recordó tanto a ti, a aquel juego…  Me encantó el símil que el protagonista hacía:

    Escena de 'Las muñecas rusas' (2005)

    Escena de ‘Las muñecas rusas’ (2005)

    “Recordé todas las chicas que había conocido, con las que me había acostado o las que sólo había deseado… Pensé que eran como muñecas rusas. Te pasas la vida entera jugando a eso. Te mueres por saber cuál será la última, la más diminuta, oculta dentro de todas las demás. No la puedes coger directamente, tienes que evolucionar. Hay que ir abriéndolas una tras otra, preguntándote cada vez: ¿Será ésta la última?” (‘Las muñecas rusas’, Cédric Klaplisch, 2005).

    Me diste algunas lecciones. Sé que no te dije demasiadas veces ‘te quiero’, pero sí sé que te lo dije la última vez que te vi. Aunque ahora ya no puedo hacerlo, quiero que sepas que nunca te olvidaré. Que siempre formarás parte de mi vida. No te dije adiós, pero es mejor así, porque algún día volveremos a encontrarnos, así que te digo mejor un hasta luego.

    Te quiero, primo.


  8. Turista en mi ciudad

    enero 28, 2013 by Ana López Guzmán

    ¿Dónde estoy? Extiendo el brazo derecho. Busco el extremo donde caen las sábanas, pero no lo encuentro. Esta cama es demasiado grande. “O tal vez esté demasiado vacía”, pienso. Hacía tanto tiempo que no dormía aquí que había olvidado lo cómoda que es y lo mucho que puedo estirarme, aun siendo pequeñita.

    Logro alcanzar el móvil. Quiero saber qué hora es, pero la pantalla me ciega. Es un complot para que no me despierte, estoy segura. Sólo son las ocho de la mañana. Entonces recuerdo algo sobre los números impares (para él, un 8 es impar). Hacía mucho que no tenía esta sensación, pero recuerdo perfectamente la última.

    Había cogido el primer autobús de la mañana rumbo a una ciudad desconocida. Mi compañero de viaje me hablaba de su hija y me ponía vídeos de Bob Esponja porque cometí error de contarle que me siento terriblemente identificada con él. Sí, sí, con Bob, pero ya te lo cuento en otra ocasión. Y cuando llegamos a nuestro destino, ale, cada uno por un lado. Volvimos a ser dos perfectos desconocidos.

    Miré en mi móvil los datos de la reserva. Sabía que el hotel no debía andar muy lejos, así que me puse a pasear por aquellas amplias avenidas, donde la gente va en bicicleta sin temor a ser arrollado, como ocurre en mi ciudad. Todo me parecía más bonito. Recuerdo que vi un árbol con hojas amarillas y no pude evitar pensar que era el árbol más hermoso que había visto nunca. Así soy yo cuando estoy fuera. Feliz y positiva cien por cien. Puede que incluso un poco más.

    Según llegué al hotel, identifiqué rápidamente el olor que me recibía, envolviéndome. “Huele a Donna Karan NY”, aseguré al chico que esperaba para atenderme con una sonrisa Profident incluida en su uniforme. “Yo usé ese perfume durante años. Me resulta tan familiar que es como si acabara de llegar a casa”, continué, como si a él le importase lo más mínimo. Yo y los olores. Los olores y el mundo…

    Me despedí con una sonrisa recíproca, contenta de tener las llaves en mi poder. Me sentía casi como Gollum con el anillo. Y ya que estaba, me despedí también del botones, cuyos servicios no necesitaba ya que mi equipaje era muy ligero. Sólo iba a estar allí dos días. Ni siquiera dos días enteros. Era demasiado poco, pero tal vez suficiente.

    La habitación del hotel en la tercera planta me pareció maravillosa. Ya sabéis, cuando uno está dispuesto a aprender y “a dejarse maravillar por todo lo que encuentre en su camino, la verdad no le será negada”. Eso decía Julia Roberts en esa peli de la que tanto te hablo en este humilde blog, ‘Come, reza, ama’.

    Me esperaba un largo día por delante y estaba cansada del viaje. Tenía el estómago vacío, pero ese instante era para mí. Llevaba escrito mi nombre con letras luminosas y destellos parpadeantes. Necesitaba tomarme un momento. Ese momento. No otro. “Parar el mundo”, ya sabes.

    Me di una ducha de esas que te saben a gloria y la alargué todo lo que pude, sintiendo mucha lástima por la escasez de agua que hay en el mundo, pero te prometo yo la necesitaba como si de un ritual de purificación de mi alma se tratase, si es que me quedaba algo de eso.

    Después me tumbé sobre la cama tras haber abierto la colcha. Sí, yo también he visto ‘CSI’ muchas veces… Entonces se me vinieron un montón de recuerdos a la mente. Todos querían ser el primero. Oía cómo decían: “Yo, yo, ¡primero yo!”, golpeándose con los codos. Pero había uno que era sin duda el que abanderaba esa montaña de pensamientos.

    Se trataba de una fotografía. Después de esas vinieron muchas más. Pero esta era especial. Era la que había desencadenado todo ese follón del viaje relámpago. Sin ella, esta historia no tendría lugar. Era un primer plano. Sonreía. ¡Sonreía muchísimo! Era imposible que escondiera algo malo.

    Habían pasado cinco años de aquello. Parecía una eternidad. De hecho, así lo había sentido en más de una ocasión, porque como dicen en ‘Alicia en el País de las Maravillas’, “para siempre a veces es sólo un segundo”, pero otras sucede justo lo contrario. No sé cuándo empezamos a hablar de rutas a mitad de camino o de viajes con billetes a la aventura. Yo deseaba con todas mis fuerzas ir a aquellos paisajes que veía en cada foto y que sellasen mi pasaporte en todas las páginas.

    Las cosas eran muy diferentes ahora, pero aún recuerdo el ruido infernal de aquella máquina que taladraba mis oídos y martilleaba mi mente. Prácticamente desnuda y muerta de frío, con los pies descalzos y sin poder moverme un milímetro. Odio las batas de los hospitales casi tanto como su comida o sus paredes deshabitadas.

    Y cada vez que tenían que meterme en esa máquina sentía una angustia terrible. Creo que en realidad fue ahí cuando me hice amiga de una tal Claustrofobia. No podía moverme. A veces sentía que si respiraba un poco más fuerte de lo normal, la resonancia saldría movida y tendríamos que repetir otra vez todo el proceso.

    Entonces yo me obligaba a hacer un ejercicio mental. Se trataba de un consejo que daban a los niños antes de entrar a la prueba en forma de póster con dibujitos. Y yo en estos casos, te lo aseguro, vuelvo a mi más tierna infancia. El póster en cuestión rezaba algo como: “Piensa en imágenes bellas”. Así que yo recordaba aquellas fotos. Y esos paisajes que yo aún no había visto y que no sabía si podría llegar a visitar alguna vez, se convirtieron en mi fortaleza. Me daban la paz que yo necesitaba para meterme en ese cacharro insoportable.

    Ahora la habitación también era blanca, pero no me daba miedo. Y había llegado a ella por mis propios medios (bueno, gracias al conductor del autobús). Tenía la vista recuperada del todo y podría pasarme el día entero caminando, pero no era eso lo que quería en ese momento. Quería disfrutar de esa soledad hacia la que huimos cuando nos lo pide el cuerpo. Porque sí, es una huida, porque es algo que haces corriendo, casi sin despedirte y porque, de no hacerlo, las cosas se torcerían.

    Cerré los ojos tumbada sobre aquella cama que era cómoda, pero no tanto como la mía, porque la cama de uno siempre es la mejor del mundo, porque está ya amoldada a nosotros y te fundes a ella como si de una prolongación de tu cuerpo se tratase.

    Recorrí de nuevo todos aquellos escenarios en los que nunca había estado. Esos recuerdos no debían pertenecerme, no los había protagonizado, pero él me había hecho partícipe voluntariamente. Me habían convertido, en definitiva, en una persona más fuerte.

    Aladdín y Jasmine en una escena de la película de Disney (1992)

    Aladdín y Jasmine en una escena de la película de Disney (1992)

    “Tienes una forma muy idealizada de ver las cosas”, me dijo. Y no era el primero. Sí, prefiero verlas de esa manera. Me crié viendo pelis Disney, ¿quién no espera un príncipe azul? El problema es cuando piensas que el príncipe azul es alguien perfecto, pero recordemos que Eric, por ejemplo, se iba a casar con Vanesa porque creía que ella era Ariel, cuando en realidad no era así, pero a ella no la quería porque era muda. Vamos, menudo superficial… Yo a ese no le quiero ni en pintura. Me gusta más Aladdín que es capaz de cualquier cosa por Jasmine, incluso de suplantar su propia identidad. Pero ella ya se había enamorado de él cuando se conocieron, cuando era pobre… Eso, amigo, sí que es amor… En fin, que me estoy desviando del tema.

    Los horizontes de mi mente se ampliaron como enormes olas… Lo vi todo muy claro. Es como en esas películas en las que un foco ilumina únicamente al protagonista. Yo había tomado una decisión: quería ser feliz. Quería ir a todos esos lugares con los que había soñado. Esta era la primera parada del viaje.

    Mi acompañante se hizo esperar. Llegó pasada la medianoche en un coche gris. O tal vez no era gris, pero yo lo recuerdo así. De hecho, en mi mente este recuerdo se tiñe de blanco y negro. Curioso, ¿verdad? Y llevaba un sombrero. Se lo puso cuando me vio, aún dentro del coche. Tal vez era su sombrero de la suerte.

    Nunca olvidaré su expresión al salir del coche. Me miraba como si no me conociera de nada, pero como si esa sensación fuera placentera a la vez. De vez en cuando me regalaba alguna sonrisa que salía del corazón. Era un poco fraternal, debo decir. Como si estuviera pensando: “¡Qué mona!”. Lo cierto es que esa sonrisa al principio me descolocaba un poco, pero terminamos haciendo buenas migas.

    Al día siguiente llegó la hora. Tenía que desenvolverlo. Aquel regalo llevaba meses esperando y venía de muy, muy lejos. Era de un material muy pesado y tenía algo tallado. Lo palpé con los ojos cerrados y vi que se trataba de un elefante. En realidad dos. Uno a cada extremo, y ambos cuerpos unidos por una pieza donde yo podría colocar mi incienso. Me encantó.

    El regalo

    El regalo

    Y en aquella ciudad perdida me sentí una habitante más. Ya no era un ‘turista en mi ciudad’, como tantas veces habíamos hablado. Sentía que formaba parte de ese momento, de esa vida. Había recuperado el control. Empezaba a ser yo… Otra vez.

    Y como todo viaje, tiene un punto final. Una despedida. Una estación, en este caso, como ya sabes, de autobús. “Tienes una carta en la puerta del copiloto”, le dije. No era una carta para hacer historia, pero era la primera escrita de mi puño y letra y eso amigo, en los tiempos que corren, para mí tiene valor. Y creo que él también supo dárselo.

    De vuelta a mi ciudad volví a sentirme una turista. Hubiera pagado por quedarme allí unos pocos días más, o tal vez para siempre, pero uno no puede retrasar sus asuntos pendientes demasiado tiempo. Hay que plantarles cara. Es como enfrentarte al malo en la última fase de un videojuego. Te da mucho respeto, pero lo haces. Las primeras veces pierdes, pero eso te motiva a seguir intentándolo y al final, el día que lo consigues, ¡zas! Se termina. ‘Game Over’.

    Eso me recuerda a lo que decía Rapunzel en ‘Enredados’: “¿Qué pasará si cuando vea las luces flotantes no son cómo yo las espero?”, se preguntaba. “Entonces tendrás que buscar otro sueño”.

    La vida está tejida de ilusiones. Si no tienes algo que te motive, te apagas. Necesitas esa fuerza que te empuje. Es lo que te hace salir de la cama de una forma o de otra completamente distinta. ¿Cuántas veces te has regañado por ver el vaso medio vacío? Los extremos nunca son buenos. Hay que tener los pies en el suelo, pero si nos ponemos de puntillas podemos acariciar el cielo. Tal vez el cosquilleo se quede dentro de ti. Eso es lo que yo llamo la ilusión por vivir.

    Aquí os dejo la canción de la que hablaba. ¡Feliz día! Se llama ‘You are a tourist’, de Death Cab for Cutie.

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  9. Si crees y quieres, entonces puedes

    diciembre 30, 2012 by Ana López Guzmán

    Cuando era pequeña me tocó con la revista SuperPop una tarjeta para tomar decisiones. Tenías que poner el dedo encima y, según el color que te saliese, el consejo era uno u otro. El caso es que a mí siempre me decía lo mismo: “Ideal, ¡lánzate!”. Creo que en parte eso era positivo porque me animaba a hacer cosas. Además, si salía mal, siempre podía culpar a la tarjeta.

    Tom Hanks en una escena de la película 'Big' (1988)

    Tom Hanks en una escena de la película ‘Big’ (1988)

    Algo parecido le ocurría a Tom Hanks en ‘Big’ (Penny Marshall, 1988) con su bola de ‘El ocho’. Esa que según la agitas te da también un consejo. Para la suerte del protagonista, el resultado no siempre era el mismo. Creo que con cosas como éstas te ayudas a ti mismo a justificar las decisiones que ya has tomado, pero… ¿A quién no le viene mal un refuerzo positivo?

    El caso es que el año pasado estaba trabajando con mi prima en Brighton y me acerqué un día a su mesa para charlar con ella. Entonces vi que tenía una bola de ‘El ocho’ exactamente igual que la de ‘Big’. Quise saber cómo la había conseguido, pero para mi desgracia se la había regalado su amigo invisible. ¿Cómo iba a enterarme de cómo hacerme con una?

    –         Pregúntale al italiano.

    –         ¿Te la ha regalado él?

    –         Bueno, cuando abrí el regalo no paraba de preguntar si me había gustado…

    –         Me temo que tu amigo invisible es bastante visible…

    El caso es que moví cielo y tierra para descubrir que vendían la bola en Amazon. Imaginaos. Toda mi vida mirando en cada tienda, preguntando a la gente… Y no se me había ocurrido mirar en Internet. O supongo que hacerlo hubiera hecho que se perdiera parte del encanto de encontrar algo que llevaba tanto tiempo esperando. Os aseguro que el día que la recibí fue uno de los que he vivido con mayor ilusión.

    Supongo que es lo que ocurre cuando deseas algo con muchísima fuerza. Cuando estás seguro de que va a llegar. El problema es que hay cosas que nunca sabes si pasarán y por el camino te entretienes. Lo mejor es no perder el tiempo porque al fin y al cabo sólo tenemos una vida.

    Ahora ya tengo mi bola. Simplemente me gusta hacer preguntas sin demasiada trascendencia, agitarla y ver lo que sale porque tiene el don de decirme siempre que haga lo contrario a lo que quiero hacer. Tal vez debería empezar a hacer caso a ese cacharrito… Y es que tengo la sensación de que por más que llegue puntual a todas mis citas, siempre llego tarde a las más importantes.

    Al final todo es elegir un camino, coger carrerilla y seguir adelante. Lo mejor es no plantearte si estás haciendo lo correcto. No dudar. Y eso es algo que he aprendido últimamente de algunas personas que ven la luz y la siguen firmemente. No hay vuelta atrás.

    A mí me cuesta ser así, pero también me cuesta mucho pasar del todo al nada. Si lo doy todo, lo doy con todas las consecuencias. Y no me importa equivocarme, porque forma parte de la vida. Entonces un día cancelas todas tus citas. Pones tu vida del revés. Te llevas la contraria, sólo por intentar algo diferente. Porque piensas que tal vez así aciertes.

    Te encuentras con unas escaleras y decides subir. No te cansas porque tienes la motivación de descubrir qué encontrarás al final. Y ahí está. Todo es paz y tranquilidad. Te animas a disfrutar del paisaje. Tocas lo que te encuentras. Quieres sentirlo. Estás decidiendo vivir.

    Y pasas allí un tiempo. Te pierdes porque quieres hacerlo. Darías lo que fuera porque nadie te encontrase. Entonces caes en un sueño muy profundo. Has colmado tus ansias de conocimiento. Has resuelto tus dudas y ahora lo ves todo un poquito más claro. Te has ganado ese descanso. ¡Lo necesitabas tanto!

    Pero nadie puede permanecer allí eternamente. La vida continúa abajo, pero tú quieres quedarte. O tal vez no. Tal vez sea mejor seguir con tu decisión. ¡Somos tan cabezotas! Y en vez de coger las escaleras, tomas la vía rápida, y de un salto vuelves al punto donde lo dejaste.

    Ahora todo es distinto porque tienes un nuevo recuerdo. Sigues adelante, pero teniendo en mente que hay un lugar donde uno puede sentirse vivo. El lugar de la luz. Es un sitio donde no existía el miedo. Donde podías relajarte sin pararte a pensar.

    Sería absurdo cerrar esa puerta. La vida no se acaba donde empieza una nueva. Sólo son caminos diferentes. Y es bueno saber que siempre hay vías alternativas. E incluso si lo necesitas, un camino de vuelta.

    Estoy en mi jardín y me veo reflejada en el agua. Juego con ella con los dedos. Hago dibujos. Está fría, pero eso me gusta. He decidido quedarme ahí un poco más. Es pronto para volver a mi punto. Quiero seguir sintiendo esa tranquilidad y que nadie me baje de golpe y porrazo. No valgo para eso. Nunca me gustaron demasiado los cambios.

    Me seguiré preguntando si tú que me lees también querrás pasarte por aquí. Escuchar las cosas que digo. Pararte a pensar en lo que te cuento cuando abro la boca y no puedo callar. Si escucharás tu melodía, tu banda sonora. Si te perderás en los folios de una historia mágica o si te dormirás viendo tu película favorita.

    Dustin Hoffman en 'Hook' (1991)

    Dustin Hoffman en ‘Hook’ (1991)

    No hay caminos equivocados ni decisiones incorrectas porque hay puertas que no se cierran ni momentos que nunca olvidaremos. Son los que nos hacen fuertes. Son los que te dan alas. Da palmadas fuertes, como decían en ‘Hook’ (Steven Spielberg, 1991). Si crees, entonces puedes.

    PD. Dedico esta canción de Luis Ramiro a todos los que estáis empezando de cero. Ese amor sin estrenar puedes ser tú mismo. Párate a pensar en ello ;)

    Un amor sin estrenar (Luis Ramiro)

    Ahora que te vas y estoy por fin soltero lo voy a celebrar
    me visto de guerrero, primero iré a cenar
    Apunte, camarero, de entrantes me da igual
    de postre quiero el mundo entero
    Te vas y te juro que no estoy tan mal
    aunque quizás, si digo la verdad,
    tendría que afrontar al triste evidencia
    y decir que nuestros cuerpos encajaban igual
    que dos piezas de Tetris lanzadas al azar
    entre millones de seres de toda la ciudad
    Pero es el momento de empezarte a olvidar…

    Y quiero caminar sonriendo entre la gente,
    basta de llorar, de arreglar cuentas pendientes,
    Lo hecho, hecho está
    Me merezco un amor sin estrenar…

    Ahora que te vas y estoy por fin soltero
    me voy a concentrar, mejor me desconecto,
    Me empeño en escalar el muro de tu Facebook
    No voy a estrellarme en el abismo de los celos
    Venga, ya está, hoy quemaré los bares,
    hoy voy a disparar frases antitanque
    Tengo que ligar para que te me pases,
    bórrate de mi mente con una chica puente
    Es el momento de empezarte a olvidar…

    Y quiero caminar sonriendo entre la gente,
    basta de llorar, de arreglar cuentas pendientes,
    lo hecho, hecho está, me merezco un amor sin estrenar

    Ya me he dado cuenta de que el tiempo no para
    y hay que subirse en marcha en el primer vagón
    ya me he dado cuenta de que el tiempo no regresa, corazón

    Y quiero caminar sonriendo entre la gente,
    Basta de llorar, de arreglar cuentas pendientes,
    lo hecho, hecho está, me merezco un amor sin estrenar…

    Sin estrenar…

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  10. Lo mejor está por llegar

    noviembre 22, 2012 by Ana López Guzmán

    “Acércate y no mires atrás, que lo mejor está por llegar” (El Sueño de Morfeo)

    Sigo enfadada contigo. Les robo el título a los chicos de El Beso del Gato y utilizo su canción para hablaros un sentimiento: el de la impotencia. Es eso que nadie quiere tener dentro porque te provoca mucha tensión. ¿Hay algo peor que no poder hacer nada? Pues hombre, sí, muchas cosas, pero cuando hay una situación que deseas modificar pero en realidad no está de tu mano, esperar es doloroso y desesperante. Así que sí, te sientes mal, pero al final te das cuenta de que todo cae por su propio peso y que otra frase, la del “lo que tenga que ser, será”, es muy cierta.

    Y sí, sigo enfadada. Enfadada porque lo hecho, hecho está. Por ser como soy. Porque te di consejos que no quisiste escuchar. Porque “no es malo tropezar. Lo malo es encariñarse con la misma piedra”. Con ese placer del dolor. Estoy enfadada porque hay otro sentimiento tan doloroso como la impotencia, que es el de la decepción.

    Otra cosa distinta es cuando la situación sí depende de nosotros. Hace poco le contaba a alguien que cuando te encuentras en una situación en la que tu vida ha dado un giro de 180 grados y todo tu mundo ha perdido su sentido tienes dos opciones: rendirte o luchar. No te estoy desvelando ningún secreto, pero es que no es tan fácil. La cuestión es hasta dónde hacerlo. Creo que hay que hacerlo hasta el momento en el que por fin abres los ojos y ves que hay un límite. Y ese límite jamás debes sobrepasarlo.

    El príncipe azul es como el Ratoncito Pérez…

    No existe. Nadie es perfecto, de verdad. Hoy una amiga me decía que envidiaba a otra persona porque su relación parecía maravillosa. “Parece”, dije. Y no puedo evitar recordar a las chicas de ‘Mujeres desesperadas’, que de cara al mundo llevan una vida envidiable, pero cuando abres las puertas de las casas de Wisteria Lane compruebas que todo es fachada. No perdamos la perspectiva. Recuerda que si la serie se llama así, por algo es.

    Hay gente muy feliz. Yo tengo en Facebook a una pareja que sinceramente pienso que lo es, pero porque cada día cuidan la relación. Son pequeños detalles (a veces grandes detalles), pero que demuestran que se preocupan el uno por el otro. No se limitan a proclamar su amor a los cuatro vientos (algo que considero innecesario; esas cosas mejor en la intimidad, ¿no? Pero oye, cada cual que haga con su vida privada lo que guste).

    Y es que cuando tienes algo que te preocupa, sea una entrevista de trabajo o algo que te tiene en una situación de ansiedad por el motivo que sea, esperas que tus amigos estén ahí. Y de hecho, están. Pero… ¿Qué pasa con el príncipe azul? Pues que no siempre está a la altura. Entonces nos llevamos las decepciones que nos llevamos. Así que dije a mi amiga que los príncipes en realidad son grises y que lo que tienes que hacer es averiguar el matiz.

    Eso me recordó a otra canción, una de Christina Rosenvinge que dice: “Que no quiero más chulos que no traen un duro, ni tíos muy feos con un gran empleo. Que no quiero borrachos ni locos de atar. Ningún mamarracho que me haga llorar. Ni chicos perdidos buscando a mamá. Ni tipos muy finos que luego te la dan… Alguien que cuide de mí… Que quiera matarme y se mate por mí”.

    Miraba a los ojos de mi amiga y comprendí exactamente qué era lo que necesitaba. De hecho vi un poco más claro qué es lo que necesitamos todas y cuál es nuestra queja universal de cara a los hombres. ¿Mi consejo? Hazte con un ejemplar de ‘Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus’. A mí me lo regaló mi amigo Toni y os aseguro que me vino bien. Te ayuda a entender que si un tío está cansado, es que lo está, no es que esté pensando en dejarte, así que no hay que darle más vueltas.

    Haz limpia y… Hazla ya

    ¿Qué por qué? Porque es necesario. Porque un día te pones a analizar tu agenda o tu lista de “amigos” en Facebook y te das cuenta de que no has sido tan selectivo como te habías prometido en un principio. Empiezas a mirar y dices: “¿Pero por qué tengo a esta persona en mi lista? ¡Si ni siquiera nos llevábamos bien en el colegio!”. Y es que claro, la curiosidad nos hace pinchar y decir: “Venga, la acepto aunque sea para ver cómo está” con la esperanza de que haya cogido peso o ya no sea tan guapa como entonces. Mira si somos bichos a veces…

    Pero las personas a las que realmente hay que eliminar son las que te hacen daño. Las que te están absorbiendo el alma, como si fuera un dementor en Harry Potter. Las que te hacen sentir pequeñita, como Mayka, la de ‘La Voz’, cuando en realidad eres muy grande. Nadie puede vivir eternamente con una mochila de personas que van poniéndote peso, pero ojo, porque tú se lo permites. Tienes que romper lazos con esas personas que te dejan sin energía. Dejar de decir cosas como: “Pero es que es mi amigo/a, ¿cómo voy a dejar de hablar con él/ella?”. Párate y piensa si realmente es tu amigo y date cuenta de que tu mejor amigo debes ser tú.

    Círculo de seguridad

    Hace poco Raquel me dijo que dibujara con mi pie mi círculo de seguridad. Era un círculo muy pequeñito. Vino hacia mí y me empujó.

    –          ¡No has hecho nada para defenderte!

    –          Es que tú me caes bien.

    –          Me da igual, ¡tienes que proteger tu círculo!

    Y vino a mí de nuevo, y ofrecí “algo” de resistencia. No estaba yo para mucho más. Entonces me dijo: “Sabes que podría haberte derribado, pero algo has mejorado”.

    Pues ese círculo, tras la limpia, es más grande, porque te quedas con los de siempre. Con esa amiga que lleva ahí desde los tres años y parece más tu hermana que otra cosa. Con esa otra amiga que estaba tan perdida como tú cuando os conocisteis. Ese día comenzó algo que se ha hecho más grande con cariño, apoyo y amor. Y esa otra con la que empezaste hablando de series, o a la que conociste en un grupo de personas que no tenían nada que ver contigo, sin embargo ella era especial. Con ese amigo que conociste de la manera más tonta y ahora te llevaría a cualquier parte por echar unas risas. Por ese otro que te dijo que las cicatrices de su espalda eran del ataque de un tiburón y no de una operación de pulmón. Con aquel que cuando te conoció en vez de darte dos besos te dio un abrazo porque sentía que lo necesitabas. Por ese que siempre llama para ver si te apetece hacer algo. Por aquella que te hace reír porque simplemente es auténtica. Por el que te perdonó todo, y mira que era larga la lista, sólo porque tú eres tú y daría su vida por ti si se lo pidieran. Por quien te llevó a casa borracha cuando apenas eras capaz ni de recordar cómo te llamabas y sigue contando contigo para seguir fiel a las tradiciones.

    Estas cositas son las que se nos olvidan, cuando son las cosas en las que tendríamos que pensar según abrimos los ojos por las mañanas. Si fuéramos un poco más agradecidos, empezaríamos a valorar que tenemos mucha suerte de tener un techo y algo que llevarnos a la boca. A menudo me quejo de mi situación, pero luego me doy dos bofetadas de realidad y pienso en todas las personas que están ahí, esperando a ver mi sonrisa.

    Hilary Swank y Gerard Butler en una escena de le película 'PD. Te quiero'

    Hilary Swank y Gerard Butler en una escena de le película ‘PD. Te quiero’

    PD. Te quiero

    Últimamente se me acusa y con razón de hablar sobre pelis ñoñas. Vale, sé que son muy cursis, pero esto es un blog de una revista que se llama ‘Cuore’ (corazón). Si queréis críticas de cine de autor os habéis equivocado de blog o de bloggera. Yo tengo que hablar de sentimientos y escojo la peli que mejor refleja cómo me siento en según qué momentos.

    Así pues, me dispongo a hablar de otra cursilada de peli. Se llama ‘PD. Te quiero’. Es en realidad una peli muy cruel porque si mi marido o mi novio se muriera, no sé si yo querría recibir cartas suyas durante un año. La prota está encantada con cada carta, y mira que se hincha a llorar la pobre. Pero supongo que nos refugiamos en esas cosas. Siempre queremos más. Esperamos unas últimas palabras, las de despedida. Pero cuando ya ha habido una despedida, como ocurre en la peli, hay que asumir que no va a haber más cartas. Que es mejor así. Que ese es el momento en el que se comienza de nuevo. Aquel donde te quedas con lo vivido. Decides olvidar lo malo, lo archivas como algo aprendido. Lo bueno es lo que te vendrá a la mente cuando pienses en esa persona, pero debes dejarla marchar. Tu vida empieza en este momento.

    ¿Y la magia?

    La magia está en los recuerdos, pero también en el presente. En las escapadas. En un puente. En una sonrisa. En un regalo. En una fotografía. En un abrazo. En un beso. En un viaje. En un sueño que se cumple. En un helado. En un paseo. En la lluvia. En el río. En el paseo que hay bordeándolo. En una botella que simboliza algo que celebrar. En una sonrisa. En abrir los ojos y sentir que estás vivo. Que el corazón te palpita. La magia está incluso en las despedidas. Está en todas partes.

    Ahora coge aire. Sé un poco Erin Brockovich. Reinvéntate. Ponte ese vestido que tan bien te sienta y que reservas para ocasiones especiales. Vete a cenar con una amiga. Date el placer de disfrutar de una de esas pelis que te sabes de memoria. Y mira por si detrás del vestido encuentras algo más. Un sentimiento que dejaste olvidado. Tal vez encuentres una fotografía que te haga despertar.

    Tu vida empieza cuando tú decidas que quieres hacerlo. Pero ayer ya era tarde.

    Feliz día.

    Os dejo dos canciones. Una es de ‘El Sueño de Morfeo’, la frase con la que empezaba este post venía de esta canción:

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    La otra es del último videoclip de ‘El Beso del Gato’. A mí me emociona. Ojalá hubiéramos cogido aquella llamada. Si hubiéramos hecho tantas cosas… Pero ya no se puede hacer nada. Espero que os guste su ‘Sigo enfadado contigo‘:

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