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enero, 2013

  1. Turista en mi ciudad

    enero 28, 2013 by Ana López Guzmán

    ¿Dónde estoy? Extiendo el brazo derecho. Busco el extremo donde caen las sábanas, pero no lo encuentro. Esta cama es demasiado grande. “O tal vez esté demasiado vacía”, pienso. Hacía tanto tiempo que no dormía aquí que había olvidado lo cómoda que es y lo mucho que puedo estirarme, aun siendo pequeñita.

    Logro alcanzar el móvil. Quiero saber qué hora es, pero la pantalla me ciega. Es un complot para que no me despierte, estoy segura. Sólo son las ocho de la mañana. Entonces recuerdo algo sobre los números impares (para él, un 8 es impar). Hacía mucho que no tenía esta sensación, pero recuerdo perfectamente la última.

    Había cogido el primer autobús de la mañana rumbo a una ciudad desconocida. Mi compañero de viaje me hablaba de su hija y me ponía vídeos de Bob Esponja porque cometí error de contarle que me siento terriblemente identificada con él. Sí, sí, con Bob, pero ya te lo cuento en otra ocasión. Y cuando llegamos a nuestro destino, ale, cada uno por un lado. Volvimos a ser dos perfectos desconocidos.

    Miré en mi móvil los datos de la reserva. Sabía que el hotel no debía andar muy lejos, así que me puse a pasear por aquellas amplias avenidas, donde la gente va en bicicleta sin temor a ser arrollado, como ocurre en mi ciudad. Todo me parecía más bonito. Recuerdo que vi un árbol con hojas amarillas y no pude evitar pensar que era el árbol más hermoso que había visto nunca. Así soy yo cuando estoy fuera. Feliz y positiva cien por cien. Puede que incluso un poco más.

    Según llegué al hotel, identifiqué rápidamente el olor que me recibía, envolviéndome. “Huele a Donna Karan NY”, aseguré al chico que esperaba para atenderme con una sonrisa Profident incluida en su uniforme. “Yo usé ese perfume durante años. Me resulta tan familiar que es como si acabara de llegar a casa”, continué, como si a él le importase lo más mínimo. Yo y los olores. Los olores y el mundo…

    Me despedí con una sonrisa recíproca, contenta de tener las llaves en mi poder. Me sentía casi como Gollum con el anillo. Y ya que estaba, me despedí también del botones, cuyos servicios no necesitaba ya que mi equipaje era muy ligero. Sólo iba a estar allí dos días. Ni siquiera dos días enteros. Era demasiado poco, pero tal vez suficiente.

    La habitación del hotel en la tercera planta me pareció maravillosa. Ya sabéis, cuando uno está dispuesto a aprender y “a dejarse maravillar por todo lo que encuentre en su camino, la verdad no le será negada”. Eso decía Julia Roberts en esa peli de la que tanto te hablo en este humilde blog, ‘Come, reza, ama’.

    Me esperaba un largo día por delante y estaba cansada del viaje. Tenía el estómago vacío, pero ese instante era para mí. Llevaba escrito mi nombre con letras luminosas y destellos parpadeantes. Necesitaba tomarme un momento. Ese momento. No otro. “Parar el mundo”, ya sabes.

    Me di una ducha de esas que te saben a gloria y la alargué todo lo que pude, sintiendo mucha lástima por la escasez de agua que hay en el mundo, pero te prometo yo la necesitaba como si de un ritual de purificación de mi alma se tratase, si es que me quedaba algo de eso.

    Después me tumbé sobre la cama tras haber abierto la colcha. Sí, yo también he visto ‘CSI’ muchas veces… Entonces se me vinieron un montón de recuerdos a la mente. Todos querían ser el primero. Oía cómo decían: “Yo, yo, ¡primero yo!”, golpeándose con los codos. Pero había uno que era sin duda el que abanderaba esa montaña de pensamientos.

    Se trataba de una fotografía. Después de esas vinieron muchas más. Pero esta era especial. Era la que había desencadenado todo ese follón del viaje relámpago. Sin ella, esta historia no tendría lugar. Era un primer plano. Sonreía. ¡Sonreía muchísimo! Era imposible que escondiera algo malo.

    Habían pasado cinco años de aquello. Parecía una eternidad. De hecho, así lo había sentido en más de una ocasión, porque como dicen en ‘Alicia en el País de las Maravillas’, “para siempre a veces es sólo un segundo”, pero otras sucede justo lo contrario. No sé cuándo empezamos a hablar de rutas a mitad de camino o de viajes con billetes a la aventura. Yo deseaba con todas mis fuerzas ir a aquellos paisajes que veía en cada foto y que sellasen mi pasaporte en todas las páginas.

    Las cosas eran muy diferentes ahora, pero aún recuerdo el ruido infernal de aquella máquina que taladraba mis oídos y martilleaba mi mente. Prácticamente desnuda y muerta de frío, con los pies descalzos y sin poder moverme un milímetro. Odio las batas de los hospitales casi tanto como su comida o sus paredes deshabitadas.

    Y cada vez que tenían que meterme en esa máquina sentía una angustia terrible. Creo que en realidad fue ahí cuando me hice amiga de una tal Claustrofobia. No podía moverme. A veces sentía que si respiraba un poco más fuerte de lo normal, la resonancia saldría movida y tendríamos que repetir otra vez todo el proceso.

    Entonces yo me obligaba a hacer un ejercicio mental. Se trataba de un consejo que daban a los niños antes de entrar a la prueba en forma de póster con dibujitos. Y yo en estos casos, te lo aseguro, vuelvo a mi más tierna infancia. El póster en cuestión rezaba algo como: “Piensa en imágenes bellas”. Así que yo recordaba aquellas fotos. Y esos paisajes que yo aún no había visto y que no sabía si podría llegar a visitar alguna vez, se convirtieron en mi fortaleza. Me daban la paz que yo necesitaba para meterme en ese cacharro insoportable.

    Ahora la habitación también era blanca, pero no me daba miedo. Y había llegado a ella por mis propios medios (bueno, gracias al conductor del autobús). Tenía la vista recuperada del todo y podría pasarme el día entero caminando, pero no era eso lo que quería en ese momento. Quería disfrutar de esa soledad hacia la que huimos cuando nos lo pide el cuerpo. Porque sí, es una huida, porque es algo que haces corriendo, casi sin despedirte y porque, de no hacerlo, las cosas se torcerían.

    Cerré los ojos tumbada sobre aquella cama que era cómoda, pero no tanto como la mía, porque la cama de uno siempre es la mejor del mundo, porque está ya amoldada a nosotros y te fundes a ella como si de una prolongación de tu cuerpo se tratase.

    Recorrí de nuevo todos aquellos escenarios en los que nunca había estado. Esos recuerdos no debían pertenecerme, no los había protagonizado, pero él me había hecho partícipe voluntariamente. Me habían convertido, en definitiva, en una persona más fuerte.

    Aladdín y Jasmine en una escena de la película de Disney (1992)

    Aladdín y Jasmine en una escena de la película de Disney (1992)

    “Tienes una forma muy idealizada de ver las cosas”, me dijo. Y no era el primero. Sí, prefiero verlas de esa manera. Me crié viendo pelis Disney, ¿quién no espera un príncipe azul? El problema es cuando piensas que el príncipe azul es alguien perfecto, pero recordemos que Eric, por ejemplo, se iba a casar con Vanesa porque creía que ella era Ariel, cuando en realidad no era así, pero a ella no la quería porque era muda. Vamos, menudo superficial… Yo a ese no le quiero ni en pintura. Me gusta más Aladdín que es capaz de cualquier cosa por Jasmine, incluso de suplantar su propia identidad. Pero ella ya se había enamorado de él cuando se conocieron, cuando era pobre… Eso, amigo, sí que es amor… En fin, que me estoy desviando del tema.

    Los horizontes de mi mente se ampliaron como enormes olas… Lo vi todo muy claro. Es como en esas películas en las que un foco ilumina únicamente al protagonista. Yo había tomado una decisión: quería ser feliz. Quería ir a todos esos lugares con los que había soñado. Esta era la primera parada del viaje.

    Mi acompañante se hizo esperar. Llegó pasada la medianoche en un coche gris. O tal vez no era gris, pero yo lo recuerdo así. De hecho, en mi mente este recuerdo se tiñe de blanco y negro. Curioso, ¿verdad? Y llevaba un sombrero. Se lo puso cuando me vio, aún dentro del coche. Tal vez era su sombrero de la suerte.

    Nunca olvidaré su expresión al salir del coche. Me miraba como si no me conociera de nada, pero como si esa sensación fuera placentera a la vez. De vez en cuando me regalaba alguna sonrisa que salía del corazón. Era un poco fraternal, debo decir. Como si estuviera pensando: “¡Qué mona!”. Lo cierto es que esa sonrisa al principio me descolocaba un poco, pero terminamos haciendo buenas migas.

    Al día siguiente llegó la hora. Tenía que desenvolverlo. Aquel regalo llevaba meses esperando y venía de muy, muy lejos. Era de un material muy pesado y tenía algo tallado. Lo palpé con los ojos cerrados y vi que se trataba de un elefante. En realidad dos. Uno a cada extremo, y ambos cuerpos unidos por una pieza donde yo podría colocar mi incienso. Me encantó.

    El regalo

    El regalo

    Y en aquella ciudad perdida me sentí una habitante más. Ya no era un ‘turista en mi ciudad’, como tantas veces habíamos hablado. Sentía que formaba parte de ese momento, de esa vida. Había recuperado el control. Empezaba a ser yo… Otra vez.

    Y como todo viaje, tiene un punto final. Una despedida. Una estación, en este caso, como ya sabes, de autobús. “Tienes una carta en la puerta del copiloto”, le dije. No era una carta para hacer historia, pero era la primera escrita de mi puño y letra y eso amigo, en los tiempos que corren, para mí tiene valor. Y creo que él también supo dárselo.

    De vuelta a mi ciudad volví a sentirme una turista. Hubiera pagado por quedarme allí unos pocos días más, o tal vez para siempre, pero uno no puede retrasar sus asuntos pendientes demasiado tiempo. Hay que plantarles cara. Es como enfrentarte al malo en la última fase de un videojuego. Te da mucho respeto, pero lo haces. Las primeras veces pierdes, pero eso te motiva a seguir intentándolo y al final, el día que lo consigues, ¡zas! Se termina. ‘Game Over’.

    Eso me recuerda a lo que decía Rapunzel en ‘Enredados’: “¿Qué pasará si cuando vea las luces flotantes no son cómo yo las espero?”, se preguntaba. “Entonces tendrás que buscar otro sueño”.

    La vida está tejida de ilusiones. Si no tienes algo que te motive, te apagas. Necesitas esa fuerza que te empuje. Es lo que te hace salir de la cama de una forma o de otra completamente distinta. ¿Cuántas veces te has regañado por ver el vaso medio vacío? Los extremos nunca son buenos. Hay que tener los pies en el suelo, pero si nos ponemos de puntillas podemos acariciar el cielo. Tal vez el cosquilleo se quede dentro de ti. Eso es lo que yo llamo la ilusión por vivir.

    Aquí os dejo la canción de la que hablaba. ¡Feliz día! Se llama ‘You are a tourist’, de Death Cab for Cutie.

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  2. Sigue el camino de baldosas amarillas

    enero 17, 2013 by Ana López Guzmán

    Cuando éramos pequeñas, mi hermana era un poco trasto. La única forma de domar a la fierecilla era poniendo una peli en la tele, así que mi padre siempre nos traía los grandes éxitos del videoclub (¡Ay, Blockbuster, cuánto te echo de menos!). El caso es que gracias a ella o a mi padre o al del videoclub, me empapé de cine desde niña y me quedé con lo que para mí es lo mejor: la esencia de cada peli. Sus enseñanzas. Y es que de todas sacas algo, hasta de las más malas.

    'Regreso a Oz', (Walter Murch, 1985)

    ‘Regreso a Oz’, (Walter Murch, 1985)

    Un día mi padre apareció con ‘Regreso a Oz’, (Walter Murch, 1985), secuela de ‘El Mago de Oz’ (1939). Una peli que empiezo a pensar que sólo he visto yo (si me equivoco y tú la recuerdas, por favor, dímelo y formamos un club). En realidad poco tenía que ver con la primera. Era mucho más oscura y a veces daba bastante miedo, la verdad. Así de entrada, os diré que algunos de sus malvados protagonistas eran una princesa sin cabeza, unos rodadores que perseguían a Dorothy, un pantano de la muerte que te convertía en arena si lo pisabas y un rey gnomo con fobia a las gallinas.

    Sobre Oz había caído una especie de maldición que había convertido a todos sus habitantes en piedra. La misión de la heroína era devolverles a la vida. ¿Recordáis quiénes eran sus mejores amigos? Un Espantapájaros que deseaba tener cerebro, un León Miedica en busca de valor y un Hombre de Lata que quería un corazón para sentir.

    Yo no soy Dorothy ni tengo unos chapines de rubíes que me devuelvan a casa con tan sólo chasquear sus tacones tres veces mientras digo “No hay nada como estar en casa”, pero sí que tengo cosas en mi vida que son mágicas y personas por las que también me enfrentaría a un sinfín de peligros si su vida estuviera en juego. Y si tuviera que emprender un viaje a Oz, tengo claro quién se vendría conmigo.

    Uno de ellos es alguien a quien llamo cariñosamente Keru. Keru dice tener un corazón de madera, pero no es cierto. Tiene un corazón enorme, pero protegido por una coraza. Lo que no sabe es que las corazas de madera son más fáciles de tallar que las de piedra. Se pueden esculpir para hacer algo muy bello. Y si lo quieres, incluso puedes deshacerte de ellas y llegar hasta el final, donde habitan los sentimientos (incluidos aquellos que ya no crees ni tener).

    Un corazón que no vibra no está muerto. Sólo está congelado. Se trata de encontrar cosas que hagan que vuelva a manifestarse con todo su esplendor. Pero esas cosas llevan tiempo. ¡Ay! ¿A quién no le ha pasado? Y es que cuando uno sufre por amor, sus cicatrices sanan, pero dejan un recordatorio. Es como un papel arrugado: se puede volver a estirar, pero nunca volverá a ser lo mismo.

    Otro compañero sería un amigo que dice ser un pirata. Creo que es otra forma de reaccionar ante el desamor. Prefieres no entregarte a nadie. Tal vez, si acaso, a ratitos. En pequeñas dosis, ya sabes. Pero cualquier implicación encaminada a un compromiso haría que este pirata cogiera el primer barco que encontrase y se marchara huyendo lo más lejos posible. Mi amigo el pirata tenía otros motivos para lanzarse al mar. Quería vivir una aventura. Construir su propia historia. De hecho, si hubieran conocido a Keru-corazóndemadera, le hubiera dicho una de sus frases favoritas: “Sé el guionista de tu propia vida”.

    Así que de momento tenemos preparados para el viaje un corazón blindado y un alma libre que no quiere sentirse atada a ningún puerto. Mi tercer compañero a la tierra de Oz sería alguien a quien hice una promesa: enderezarle. Le guiaría hasta su camino de baldosas amarillas, pero sería una senda bien recta. Que fuera directa al castillo de la Ciudad Esmeralda sin desvíos ni entretenimientos. Ese sería sin duda El Camino. No sé qué necesitaría para conseguir que mi amigo no se perdiera en nuestra travesía, pero estoy segura de que con un poco de esfuerzo lo logaríamos. Juntos.

    Dorothy hacía su viaje con Toto, su perro. Las comparaciones son horrorosas y esta es aún más terrible, pero yo me llevaría a mi mejor amiga, que es el equivalente en confianza. Él no pedía nada al Gran Mago. De hecho, me parece un gesto un tanto grosero por parte de Dorothy no haber pensado en su pobre perro o no haber pedido nada para él. Quién sabe… A lo mejor ni se hubiera vuelto a Kansas. Lo que no sé es por qué él no hablaba si los animales podían hacerlo en Oz… El caso es que yo me llevaría a mi amiga para que el Gran Mago concediese alguno de sus deseos. Uno en concreto: el amor más grande, que es el que se merece.

    Y yo… ¿Qué pediría? Sólo ser feliz. Es cierto que han ocurrido muchas cosas malas con las que no contaba últimamente, pero he decidido no venirme abajo. Creo que siempre tienes opciones. Y yo me siento apoyadísima. Tengo mucha suerte. Me da igual dónde vaya a dar mi camino de baldosas amarillas porque sé que no estaré sola. Y que al final también me estará esperando algo tan resplandeciente como una esmeralda. Esa luz es mi motor y mi gente son mis compañeros de viaje, al igual que yo lo soy de los suyos.

    Voy a tomar ese último trago de Cola Cao con el trocito de chocolate que me has dado. Aquí no hay posos que mirar o interpretar. Tal vez tú puedas hacerlo en tu té rojo, ese que yo creo que me hace enfermar. O con tu don de mentalista puedas decirme lo que ves en mi castillo. No tengo miedo. Ya no. La cajita de música me relaja, tanto como las películas a mi hermana. Un regalo que siempre llevaré conmigo porque, como dice Keru, “toda buena historia merece tener una banda sonora”.

    Os dejo una canción de Miranda Warning que hace referencia, precisamente, a esta senda maravillosa de la tierra de Oz. Dentro de poco podremos ver la nueva versión que Sam Raimi ha hecho: ‘Oz, un mundo de fantasía’. ¡Qué ganas!

    'Oz, un mundo de fantasía', de Sam Raimi

    ‘Oz, un mundo de fantasía’, de Sam Raimi

    DESPIERTA (MIRANDA WARNING)             

    Ahora despierta
    Tu noche se acaba ya
    No quieres abandonar
    Dejar ese sueño atrás
    Sin duendes ni hadas
    Sin senda al País de Oz
    Mejor si es de tu color, tu mundo, tu creación 

    Nada es igual a la luz del día
    en sueños saldrás fuera de mi vida

    Escondes tu miedo a salvo en tu oscuridad
    detrás de tu máscara no ves que yo soy real

    Y no tienes el valor,
    el valor
    de mirarme frente a frente,
    de romper tu escudo en dos

    Ahora despierta, tu noche se acaba ya
    es hora de abandonar, dejar ese sueño atrás

    Nada es igual a la luz del día
    en sueños saldrás fuera de mi vida

    Y no tienes el valor,
    el valor
    de mirarme frente a frente,
    de romper tu escudo en dos

    Que lo frágil se hace fuerte, 
    ten valor 
    porque el tiempo también pasa en tu reloj, pasa en tu reloj…

    Y no tienes el valor,
    el valor
    de mirarme frente a frente,
    de romper tu escudo en dos


  3. Desvelados en Madrid

    enero 14, 2013 by Ana López Guzmán

    Cuando me dijo: “Meet me in the observatory”, lo confieso, me quedé en blanco. No porque no entendiera la frase, sino porque no me la esperaba en inglés. Estábamos jugando a adivinar de qué película eran las citas que se nos venían a la cabeza.

    –     ¡‘Sleepless in Seattle’!

    –     No caigo…

    –    ¡‘Algo para recordar’, Ani!

    Annie (Meg Ryan) es precisamente como se llamaba la protagonista de la cinta (‘Algo para recordar’,  Nora Ephron , 1993) quien, por cierto, también era periodista. En los créditos sonaba ‘As time goes by’, el tema de ‘Casablanca’. Supongo que es una de esas veces en las que estás viendo una peli y te empeñas en encontrar similitudes con tu vida. Deseas sentirte reflejado con el protagonista, tal vez porque sabes que habrá un final feliz y eso es lo que estás buscando.

    Así que anoche me puse a verla. Quise sentirme reflejada con Annie, pero también con Sam (Tom Hanks). O tal vez simplemente ocurrió sin darme cuenta. Fue cuando el ‘Desvelado de Seattle’ decía por teléfono a la presentadora de un programa de radio cómo se iba a plantear la vida:

    “Pues voy a levantarme cada mañana y respirar durante todo el día, y dentro de un tiempo, no tendré que recordarme que me tengo que levantar cada mañana y respirar. Y dentro de un tiempo, ya no tendré que pensar que hubo una época maravillosa y perfecta…”.

    Tom Hanks y Meg Ryan en 'Algo para recordar' (1993)

    Tom Hanks y Meg Ryan en ‘Algo para recordar’ (1993)

    Y es que un día estás llorando porque alguien se marcha de tu vida, y al poco tiempo eres tú quien está recogiendo sus cosas para empezar de cero… Otra vez. Os aseguro que es agotador y que muchas veces entran ganas de rendirse. Pero si Pi convivió con un tigre en una balsa y sobrevivió, ¿qué no podré hacer yo? (‘La vida de Pi’, Ang Lee, 2012).

    Entonces tu gente, tus amigos, tu familia, tus compañeros de trabajo, te escriben y te dicen que intentes ser positivo. Que todo ocurre por algo. Que tal vez esto ha pasado porque te espera otra cosa mejor. Y tú quieres pensar que todo eso no son frases hechas. Que tienen razón. Se te viene a la mente el libro de ‘El secreto’ que te estabas leyendo como calentamiento a un cambio que sabías que se avecinaba, pero que llega antes de lo previsto, y tú casi sin arreglar.

    Está claro que las cosas suceden cuando menos te las esperas y que por muy preparado que quieras estar, nunca lo estás del todo. Pero ya no hay vuelta atrás. Ya sabéis: “Decisión tomada, decisión acertada”. En este caso no era una decisión tomada por mí, pero sí podía optar por hundirme o por seguir adelante, y yo elegí lo segundo.

    –      Haz una lista. Después reorganízala. Prioriza.

    Es un buen consejo. Total, ¿quién no tiene un montón de cosas que hacer? Abrí un nuevo documento de Word y empecé a escribir todas las cosas que quería hacer profesional y personalmente. Y me di cuenta de que podría haber puesto un montón de cosas más, pero las más importantes ya estaban ahí.

    “Sí, sí… Seguir adelante. Eso es lo que haré. Y dentro de unos meses… ¡Boom! Me crecerá otro corazón… Verás, no suele ocurrir dos veces”, explicaba Sam en la película. Pero supongo que tenemos la capacidad de reconstruirnos por más palos que nos dé la vida. Supongo que debemos huir de ciertos pensamientos, como: “Se me ha juntado todo. A veces parece que el Universo conspira contra mí”. Pues sí, lo parece, pero ese pensamiento no te llevará a buen puerto, seguro.

    Y estás despierta a las dos de la mañana hablando de la película. Entonces otro desvelado te dice que tienes que dejar de ver esas pelis. “Son cosas irreales”, te asegura. Pero no es cierto. Nadie quiere un irreal. Quieres una historia de cine con un final ‘made in Hollywood’, pero para que eso ocurra, el principio de cada historia también tiene que ser de película. ¿No crees?

    Entonces te decides a ir al hospital. Estás hecha un asco. Ya sólo salir de la cama te ha costado un mundo, pero merece la pena vestir la mejor de tus sonrisas si es para cuidar de alguien que te importa mucho más que todo lo demás. Y encima lo haces con refuerzos. ¿Quién no puede superar una situación dolorosa contando con el apoyo de quienes te lo ofrecen sin pedir ni una sola cosa a cambio?

    “Hay mucho de lo que hablas ahí fuera”, me dice. “Pero ya no te lo crees”. Supongo que es otra elección que he tomado. No creérmelo. Pero sí, es mi decisión. Al menos por ahora. El tiempo me quitará la razón. Estoy segura. Pi no perdió la esperanza. ¿Por qué debería hacerlo yo?

    Escena de la película 'La vida de Pi' (Ang Lee, 2012)

    Escena de la película ‘La vida de Pi’ (Ang Lee, 2012)

    –     Tienes que volver a escribir. Es lo que te mantendrá viva.

    Esa siempre fue mi vía de escape. Cogeré ese libro incompleto y le daré el final que se merece. Y haré lo mismo con estos posts. “El blog debe continuar”. Y también lo haré con mi vida. “El invierno debe ser muy frío para aquellos que no tienen cálidos recuerdos”, decía la película. Y yo los tengo.

    ¿Sabes? En el momento de tu despedida sonaba una canción en la radio. Es curioso cómo recordamos ese tipo de cosas. Era la misma que habíamos destripado intentando entender. Y creo que en el fondo no era tan difícil, pero es que a veces lo complicamos todo. ¡Con lo fácil que es vivir!

    Distingue cuál es la mano que te ayuda a levantarte, y cuál la que te empuja hacia el suelo. Elige de qué genero quieres que sea la película de tu vida. Sam cogía la mano de Meg Ryan. Mientras lo hacía, decía: “Annie, es hora de irnos”.

    PD. Dedico esta canción a Elo, mi alma y mi suerte. Gracias por estar ahí siempre y por descubrirme este tema y el valor de la palabra amistad. El mundo ring, ring, despertó. ¿Jugamos? También se la dedico a todos mis compañeros del trabajo (siempre al pie del cañón y muy en especial a mis compis de isleta, Berta y Mary, y un poco más allá, Jorge, Mary Joe y Rosana), a Ilsa, a Uve y, cómo no, a Fluffy.

    No me compares (Alejandro Sanz)

    Ahora que crujen las patas de la mecedora
    Y hay nieve en el televisor
    Ahora que llueve en la sala y se apagan
    Las velas de un cielo que me iluminó

    Ahora que corren los lentos derramando trova
    y el mundo, ring, ring, despertó
    Ahora que truena un silencio feroz
    Ahora nos entra la tos.

    Ahora que hallamos el tiempo
    Podemos mirarnos detrás del rencor
    Ahora te enseño de dónde vengo
    Y las piezas rotas del motor
    Ahora que encuentro mi puerto
    Ahora me encuentro tu duda feroz
    Ahora te enseño de dónde vengo
    Y de qué tengo hecho el corazón.

    Vengo del aire
    Que te secaba a ti la piel, mi amor
    Soy de la calle,
    Donde te lo encontraste a él
    No me compares
    Bajé a la tierra en un pincel por ti
    Imperdonable,
    Que yo no me parezco a él…
    Ni a él, ni a nadie…

    Ahora que saltan los gatos
    Buscando las sobras, maúllas la triste canción
    Ahora que tú te has ‘quedao’ sin palabras
    Comparas, comparas, con tanta pasión.

    Ahora podemos mirarnos
    Sin miedo al reflejo en el retrovisor
    Ahora te enseño de dónde vengo
    Y las heridas que me dejó el amor
    Ahora no quiero aspavientos
    Tan sólo una charla tranquila entre nos.
    Si quieres te cuento por qué te quiero
    Y si quieres cuento por qué no.

    Que alguien me seque de tu piel, mi amor
    Que nos desclaven
    Y que te borren de mi sien
    Que no me hables
    Que alguien me seque de tu piel, mi amor
    Que nos desclaven
    Yo soy tu alma, tú eres mi aire…

    Que nos separen, si es que pueden
    Que nos separen, que lo intenten
    Que nos separen, que lo intenten
    Yo soy tu alma y tú mi suerte
    Que nos separen, si es que pueden
    Que nos desclaven, que lo intenten
    Que nos separen, que lo intenten
    Yo soy tu alma y tú mi suerte…


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