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marzo, 2012

  1. Decide, respira y… vive

    marzo 28, 2012 by Ana López Guzmán

    “No puedes respirar porque te asfixia no hacer lo que tienes que hacer, aun sabiendo que eso te hará sentir mejor”. A veces entramos en espirales autodestructivas. Esta frase que escuché el lunes me recordó a una escena de ‘Come, Reza, Ama’ en la que Liz (Julia Roberts) dice: “Es como una bella herida a la que te aferras simplemente por el placer del dolor”. Pero yo no siento ningún placer en el dolor. Ninguno. ¿Y tú?

    Intentando encontrar una manera de sentirnos mejor organizamos viajes, como si esas escapadas pudieran arreglar lo que se ha roto. Al volver todo sigue igual. Las cosas no cambian sólo porque te alejes, pero desde luego ayuda a pararte a pensar en algo que estás aplazando y casi te obliga a verlo de otra manera.

    Hoy soñé con una playa. El mar estaba revuelto. La humedad hacía que mi pelo se ondulase. El viento jugaba con él. Yo no parecía tener frío. De hecho, mis pies estaban descalzos. Me acercaba hacia el agua y los mojaba. Cerraba los ojos y respiraba profundamente… Me di cuenta de que a veces justo eso es lo que nos pasa: se nos olvida respirar.

    Protagonistas de 'El apartamento' (Billy Wilder)

    Protagonistas de 'El apartamento' (Billy Wilder)

    Hace unos días estuve viendo ‘El apartamento’ (1960, Billy Wilder). Jack Lemmon, Shirley MacLaine y Fred MacMurray protagonizan esta comedia dramática sobre las ambiciones de los hombres, desde un punto de vista bastante mordaz y satírico. Por un lado tenemos a un joven Jack Lemmon que sólo posee un pequeño piso. Por otro, un montón de jefazos que se aprovechan de él haciendo un intercambio: la promesa de un ascenso por una noche (o muchas) en el apartamento con sus amantes.

    Y así, el protagonista va ascendiendo mientras se enamora de la ascensorista (Shirley MacLaine). Está loco por ella, pero ella está enamorada del jefe supremo (Fred MacMurray), que está casado y tiene hijos. Frases del tipo: “La dejaré, pero ahora no puedo, estoy atado” alimentan la esperanza de la chica, que incluso llega a hacer una locura por amor. Algo que nadie debería hacer jamás.

    El amor nos ciega, pero no nos ata. Nos atamos nosotros. Somos libres de hacer lo que queramos y si hacemos algo por obligación, nuestras intenciones dejan de ser puras. Si haces algo tienes que sentirlo. No estoy hablando de compromisos familiares, reuniones o celebraciones. Hablo de algo más.

    Las palabras por sí solas no valen nada. Las palabras se las lleva el viento. Debes acompañarlas de actos que demuestren que tus sentimientos son verdaderos. Nuestras acciones dicen lo que somos, lo que sentimos. Por eso, si una persona se aleja es porque no quiere estar a tu lado, así que debes dejar que se marche. Si por el contrario, se gana tu cariño y te hace ver que está contigo cada día y que te acompaña en todos los sentidos, entonces tal vez merezca la pena.

    Escena de 'El apartamento'Hay muchas Shirleys MacLaine en el mundo. Y muchos también. Personas que se pasan la vida esperando un cambio que no va a llegar. Ayer en la serie ‘Érase una vez…’ uno de los personajes decía: “Cuando la llama del amor se ha extinguido es imposible volver a avivarla”. Aquí puedes tener otra opinión, puesto que hay miles de parejas que tras una ruptura han vuelto y nunca más se han separado. Pero estarás de acuerdo conmigo en que en esos casos el amor no se había agotado del todo. Aún quedaba una pequeñita llama con ganas de volver a crecer.

    Así que si te sientes asfixiado, tal vez sea porque haya algo que te está carcomiendo por dentro y lo que necesitas es sólo retomar las riendas de tu vida. Cuando te sacas esa gran bola de preocupaciones que no has parado de alimentar, lo que sientes es un gran alivio. Una paz tan grande te invade que ya sólo te queda una cosa más por hacer: vivir.

    Esta vez te dejo un link por si quieres ver un vídeo de Despistaos. La canción se llama ‘Los días contados’:

    Los días contados – Despistaos

    Una semana más de abril, 170 horas a tu lado…

    Noches y noches sin dormir, siempre tuvimos los días contados

    Vimos muchas puestas de sol, amanecíamos siempre borrachos

    Nunca decíamos adiós… Nunca supimos que algo había empezado…

    Me acuerdo de tus prontos, tus movidas… De tus idas y venidas… De tus fobias y tus filias…

    No sabes todo lo que me arrepiento cuando sueño que estoy dentro de tus piernas todavía

    Puse rumbo a ningún lugar. Todo este tiempo he estado tan perdido…

    Amigo de la soledad, soy como un caminante sin camino

    Todo acabó y fue tan fugaz… No terminamos lo que construímos

    Ahora nos toca recordar que somos marionetas del destino

    No fue lo que pudo ser… ¡Qué extraña esta forma de doler!

    Me acuerdo de tus prontos, tus movidas… De tus idas y venidas… De tus fobias y tus filias…

    No sabes todo lo que me arrepiento cuando sueño que estoy dentro de tus piernas todavía…


  2. Sálvate

    marzo 26, 2012 by Ana López Guzmán

    ¿Realmente es la vida tan complicada o somos nosotros quienes nos empeñamos en que así sea? Nos pasamos gran parte de nuestro tiempo lamentándonos de lo que no hemos hecho, cuando en realidad lo que tendríamos que hacer es levantarnos, salir de casa y comernos el mundo.

    A veces es muy difícil. Parece que se junta todo. Tal vez sea así. O tal vez lo que ocurre es que cuando estás en plan negativo todo se ve mucho peor. Seguro que si le pudieras pasar tus problemas a otra persona con otra actitud se manejaría con ello sin problema, sin hacer una montaña de un grano de arena.

    Otras sabemos cuál es la solución. Tenemos claro lo que queremos, pero nos falta valor. ¿Por qué? ¿Acaso no sería más fácil tomar ese camino? Parece ser que no. Tenemos un Pepito Grillo que nos chilla al oído que no hagas esto o lo otro. Nos resulta realmente complicado hacer cosas que sabemos que pueden hacer daño a los demás.

    Camino de baldosas amarillas

    El conformismo me desespera. ¿Por qué contentarme con esta situación si sé que puedo hacerlo mucho mejor? Creo que cuanto más exiges a la vida, más difícil te resulta ser feliz. En cambio, cuando aceptas que las cosas son tan complicadas como tú las pintes, todo empieza a resultar más llevadero.

    Hoy lo hablaba con mi pequeña gran amiga. Es necesario levantarse un día y cambiar el chip. Darte cuenta de que hay un punto en el camino en el que algo hiciste mal. Entonces tienes que rebobinar y descubrir cuál fue ese momento. A partir de entonces es como si tuvieras una gran goma de borrar que te permitiera desandar cada paso equivocado y volver a empezar tu ruta. Y aquí estoy otra vez hablando de caminos…

    Corazones rotos. Están por todas partes. Intento encontrar tiritas para todos. A veces no sé qué puedo hacer para sanarlos. Supongo que por mucho que haga realmente no está de mi mano que en sus caras vuelvan a aparecer sonrisas verdaderas. Pero estoy segura de que algo ayuda.

    Y es que la vida da tantas vueltas… Te pone del revés. Es como cuando jugaba con JC a los murciélagos. Me decía: “Me encanta este juego, te hace ver las cosas de otra manera”. Pero a mí me empezaba a doler la cabeza y tenía que volver al mundo “real”.

    Si alguien está perdido, si necesita “marcharse”, lo mejor es darle vía libre. Que siga su camino. Que encuentre cuál es su regreso a casa. Y puede que en su ruta se encuentre con seres tan maravillosos como Dorothy en su calzada de baldosas amarillas (‘El Mago de Oz’, 1939): un Espantapájaros en busca de un cerebro; un Hombre de Lata que quiere sentir su corazón; o un León Cobarde que desea convertirse en el rey de la selva que todos esperan que sea.

    Yo no tengo unos chapines de rubíes. No tengo poderes mágicos ni soy el Mago de Oz. Entiendo que tú estás tan perdid@ como puedo estarlo yo y que lo único que puedo hacer es darte la seguridad de que siempre estaré ahí cuando me necesites. Puede que la distancia sea necesaria para valorar lo que tenemos o para contemplar el mundo desde otra perspectiva.

    Decía Alejandro Sanz que “Distancia no es cuánto nos separamos. Distancia es si no volvemos”.

    Por si acaso yo dejaré una vela encendida para que encuentres el camino a casa. Te estaré esperando. Pasaré la noche en vela, como tantas otras, por si acaso decides volver. Por si te encuentras. Por si apareció esa lucecita. Por si quieres contarme cómo fue tu aventura.

    Hasta entonces sólo puedo decirte lo mismo que el Sombrerero Loco a Alicia: “Te falta tu muchedad. Ahí dentro. La has perdido”. Tendrás que encontrarla. “¡Bien viaje!”.

    Imagen de previsualización de YouTube

    PD. Os dejo otra de las letras de Luis Ramiro que me gusta para poner música a este post:

    Sálvame (Luis Ramiro)

    Soy vendedor de lagrimitas tontas, buen perdedor…

    Con alas cortas curo el dolor

    Si vienes a verme hay un temblor…

    Dejaré en el suelo corazón…

    Abrígame, sálvame de este frío mortal en el la piel

    Soy escritor de tus historias rotas

    Guardo tu voz en mis canciones sordas

    Llevo tu herida escondida dentro de mi boca

    Dejaré en el suelo el corazón…

    Dejo una luz en el salón, el mapa de una constelación

    Búscame allí, me encontrarás lejos del sol…


  3. El equilibrio

    marzo 11, 2012 by Ana López Guzmán

    - Toma, coge este extremo.

    – No puedo.

    – ¡Menuda tontería, claro que puedes!

    – ¿Y si no tengo suficiente fuerza?

    – Tendrás que intentarlo, ¿no?

    Parecía poco convencida. Se encogió de hombros y se limitó a hacer caso. Parecía tan cansada… Después cogió el extremo de la cuerda y lo enrolló alrededor de su mano. Aún no había empezado a tirar y ya podía sentir el dolor.

    – ¿Estás lista?

    Ella tomó aire y se lo pensó dos veces antes de responder. Cerró los ojos y, tras una pausa, dijo:

    – Sí, lo estoy.

    Pronto empezó a notar que la cuerda tiraba de ella. “Tienes que tener una fe ciega para que salga bien”. Esas habían sido las palabras que había escuchado antes de que todo esto empezara. Preocupado, él preguntó:

    – ¿Puedes sentirlo?

    – ¡Puedo!

    Sus pies habían comenzado a arrastrarse por el suelo, haciendo dibujos en la gravilla, aunque ella intentaba permanecer en el sitio.

    – Tienes que mantener el equilibrio. ¡Mantén el equilibrio!

    – ¡Eso intento!

    Aún tenía los ojos muy cerrados. Se concentró como nunca antes lo había hecho. “Mantén el equilibrio, mantén el equilibrio”, se repetía una y otra vez. Sentía cómo la cuerda estaba quemando su mano, pero no notaba dolor. El dolor estaba en otro sitio. Dentro de ella. A él le costaba mirar desde fuera sin intervenir, pero tuvo que gritar:

    – ¡Hazlo ahora!

    Se sentía preparada. Podía hacerlo. Sacó algo de su bolsillo con la mano que no estaba atada, pero no hizo falta que lo usara, ya que justo en ese momento notó que el nudo de la cuerda había desaparecido. Se había desatado y había caído en mil pedazos, como una serpiente que hubiera perdido la batalla contra una bestia.

    Abrió muy lentamente los ojos. Tenía la sensación de que sus pies se habían levantado unos centímetros del suelo, como si estuviera levitando. Miró en todas direcciones, pero no había ni rastro de cuerda. Allí no quedaba nada.

    Y así, entre confusión e ilusión, le buscó. Se dio la vuelta. Allí estaba.

    – Sigo estando aquí. Nunca me he ido. Buen trabajo, pequeña.

    Sonrió. Sonrió desde el alma.

    Ella se quedó tal cual estaba, pero una lágrima recorrió su mejilla. Era un llanto silencioso. De emoción.

    – Lo he conseguido. ¡Lo he conseguido!

    – ¡Lo has hecho!

    Entonces corrió hacia él y se abrazaron.

    – Nunca podría haberlo hecho sin ti.

    – Ahora eres libre.

    – ¡Soy libre!

    – Ya tienes tu equilibrio. ¿Ahora que vas a hacer?

    – Supongo que… Mantenerlo.

    – Ah, y… ¿Cómo piensas hacerlo?

    – No lo sé. Supongo que es la parte más difícil.

    – Lo es. Te costará salir de la cama.

    – Lo sé.

    – Tendrás pesadillas.

    – También lo sé.

    – A veces recordarás cosas que tu mente no pueda controlar y tal vez incluso llores.

    – Pero ya no tengo miedo.

    – Porque tienes tu equilbrio.

    – Exacto.

    – ¿Te ha dolido?

    – Bueno, sólo un poco.

    – ¿Qué te dolió más?

    – Las cicatrices. Las de dentro.

    – Lo imaginaba…

    – No te preocupes, estaré bien.

    – Eres fuerte. Siento haber puesto en duda que podrías hacerlo.

    – Es normal. Antes dependía de ti. Tú me diste el impulso, pero ahora estoy bien.

    – De eso se trataba. Ya te dije que lo importante es que tú estés bien.

    – Me siento tranquila. Es como si ahora tuviera más amor dentro.

    – ¿En serio? ¿Me darás un poco?

    – Claro.

    Entonces colocó su pequeña mano sobre su pecho, cerrando los ojos de nuevo, pero esta vez muy suavemente. Él notó un calor que se metía dentro de él. Era algo muy parecido a lo que se siente cuando estás en paz.

    – Ahora dame tu mano.

    Él obedeció. Y ella dejó caer algo en la palma de su mano.

    – Es un trozo de mí. De mi paz. Tenlo siempre cerca. No te cuidará, pero sí te dará tranquilidad. Cuando te sientas mal, ve y cógelo. Te recordará a mí. Cuando lo hagas, yo sentiré un cosquilleo dentro y sabré que estás  pensando en mí. Entonces yo también pensaré en ti y te mandaré todo mi amor.

    No dijo nada. Quería responder un millón de cosas, pero no le salieron las palabras.

    – No te preocupes. Sé que es difícil. Gracias por haberme cambiado la vida. Por devolverme mi equilibrio. Por regalarme una sonrisa o tal vez un millón.

    Entonces sus ojos a veces verdes, a veces azulados, derramaron una lágrima y después otra.

    – No te vayas.

    – Tengo que hacerlo, ya lo sabes.

    Juraría que ella también lloró.

    – Nunca olvides que nadie me ha tratado como tú.

    – Siento haberte hecho daño.

    – Tal vez era un daño necesario. Tenía que despertar.

    – ¿Me perdonarás?

    – No hay nada que perdonar.

    Le miró nuevamente a los ojos, que aún derramaban las lágrimas más tristes que ella hubiera visto jamás.

    – Sé feliz. Te lo mereces. Y recuerda: no creo en la justicia divina, pero creo en las personas. Creo en ti.

    – No será una despedida para siempre.

    Ella sonrió. Sin embargo, no podía creer en sus palabras.

    – Volveremos a encontrarnos.

    Y se desvaneció.

    Él se quedó de pie. Hubiera querido decir un montón de cosas antes de despedirse, pero no pudo hacerlo. Sabía que había palabras que ella necesitaba escuchar, pero tenía miedo, no podía hacerlo. Aún no había encontrado su equilibrio.

    Cogió su mochila y guardó el talismán que ella le había regalado, no sin antes apretarlo fuerte. Incluso lo besó antes de colocarlo con muchísimo cuidado entre una camiseta doblada, por miedo a que se pudiera romper.

    – Hasta luego, princesa.

    Ella, allá donde estuviese, pudo sentir un hormigueo dentro y supo que él estaba pensando en ella. Se asomó por entre las ramas, como otras veces, y vio cómo se alejaba. Él se giró con la esperanza de volver a verla. Ahora tenía que continuar su camino.

    Avanzó por un terreno hostil. Los pasos, cansados y lentos, le recordaban a los de ella, hacía un momento, pero ya parecían horas, días. Incluso semanas.

    Entonces apareció un precioso león y supo que tenía que subirse sobre él.

    Se lamentó antes de hacerlo, emitiendo un sonido de protesta. No quería, pero sentía que era su deber.

    – ¿Sabes, león? Me hubiera gustado que hiciera este viaje con nosotros.

    Después acarició su preciosa melena.

    – ¡Andando!

    Y el león se puso en marcha. Él volvió a mirar atrás una vez más. Le pareció distinguir una silueta moviéndose entre los árboles y en esta ocasión fue él quien sintió el hormigueo.

    – Tiene que ser amor porque duele.

    – Tiene que ser amor porque está vivo.

    Dijo el león, para su sorpresa.

    – ¿Crees que ella estará bien?

    – Ahora no, pero lo estará. Hay una canción que dice que el amor si acaba bien no acaba.

    – Ella me habló de esa canción.

    Y entonces descubrió que a cada paso que el león daba, no se sentía más lejos, sino más cerca. Algo había cambiado en su interior. Pero el resto del camino tenía que hacerlo solo.

    Ella, ya muy lejos de ellos, cogió su diario y escribió algo que había escuchado en una película. Una frase que le recordaba a él:

    “Si te sirve de algo, nunca es demasiado tarde o, en mi caso, demasiado pronto para ser quien quieres ser. No hay límite en el tiempo. Empieza cuando quieras. Puedes cambiar o no hacerlo. No hay normas al respecto. De todo podemos sacar una lectura positiva o negativa. Espero que tú saques la positiva. Espero que veas cosas que te sorprendan. Espero que sientas cosas que nunca hayas sentido. Espero que conozcas a personas con otro punto de vista. Espero que vivas una vida de la que te sientas orgullosa. Y si ves que no es así, espero que tengas la fortaleza para empezar de nuevo” (‘El curioso caso de Benjamin Button’).

    Firmó. Cerró el diario y sonrió.

    – Gracias.

    Escena de la película '¿Conoces a Joe Black?'Y su pelo hizo dibujos en el viento. Su sonrisa no se dibujó en su cara. Salió de dentro. Tal y como lo había aprendido de él. Es mejor arrepentirse de algo por haber fallado que arrepentirse toda la vida por no haberlo intentado. Era una buena frase para escribir en el cabecero de la cama.

    “El amor es pasión, obsesión, no poder vivir sin alguien. ¡Pierde la cabeza! Encuentra a alguien a quien amar como loca y que te ame de igual manera. ¿Cómo encontrarlo? Olvida el intelecto y escucha al corazón. ¡No oigo ese corazón! Vivir sin sentirlo no tiene sentido alguno. Llegar a viejo sin haberse enamorado de verdad… En fin, es como no haber vivido. Tienes que intentarlo porque si no lo intentas, no habrás vivido” (‘¿Conoces a Joe Black?’).

    – Hasta pronto.

    Os dejo un enlace con música de los Goo Goo Dolls. La canción se llama ‘Iris’ y pertenece a la banda sonora de otra película, ‘City of Angels’, pero me gustó este vídeo:

    \’¿Conoces a Joe Black?\’


  4. Adiós…

    marzo 6, 2012 by Ana López Guzmán

    Es una palabra que no me gusta. Intento evitarla. Me crié jugando con Juanjo, mi vecino y gran amigo del alma. Le quiero como a un hermano, pero no siempre ha sido así. Cuando teníamos cuatro años nos peleábamos un día sí, otro también. Y así hasta que en una ocasión le solté un: “¡Te odio!”. Él me dijo, muy sabiamente a su temprana edad: “No deberías decir eso. Decir ‘te odio’ es como desearle la muerte a alguien”. Y yo me quedé planchada. Entonces añadió: “Es como decir ‘adiós’. Si lo haces es porque no quieres volver a ver a alguien. Porque es una despedida para siempre”. Ese día me dio la mano y nunca más volví a decirle ninguna de las dos cosas.

    A propósito de HenryPero, por desgracia, hay personas que nos dicen adiós sin avisar. Personas a las que no volveremos a ver. Nos gustaría poder tener una última ocasión para despedirnos. Para decirle ‘te quiero’ o darle las gracias por todo lo que nos ha enseñado. Para recordar una vez más grandes momentos compartidos entre risas y, ¿por qué no? Tal vez también entre alguna lágrima.

    Últimamente he sido protagonista de algunas despedidas y he visto otras de lejos. No me gusta. No me gustan los ‘adioses’ o tener que quedarme en una esquina con la sensación de que podría haber hecho mucho más, pero no puedo. Tampoco me gusta resignarme, ni esta sensación de impotencia. Deseo cambiar algo y no poder hacerlo me hace sentir mal.

    Hay una escena que tengo grabada en mi mente, pero no recuerdo de qué película es. En ella, una madre llora porque han matado a su hija y se lamenta porque lo último que le dijo antes de salir de casa fue sobre el dobladillo de su falda. Desde que vi esa película, no hay vez que se vaya alguien de mi casa y no le acompañe hasta la puerta y le dé un abrazo.

    Mi padre siempre que va a bajar la basura me dice: “Te quiero, hija. Te lo digo, no sea que me pase como a Henry”. Se refiere a ‘A propósito de Henry’ (Mike Nichols), donde el protagonista (Harrison Ford) va a comprar a la tienda de abajo y recibe un disparo. No muere, pero pierde la memoria y poco a poco tiene que ir descubriendo quién era. Algunas cosas le gustan y otras no tanto. Pero tiene la oportunidad de empezar de cero.

    Supongo que cuando alguien decide volver a poner el contador en marcha hay que respetarlo. Lo único que realmente puedes hacer si quieres ayudar es dejarle claro que estarás ahí siempre. Que no importa lo que ocurra, ni la distancia o el tiempo. Si quieres a alguien debes dejarlo en libertad. Lina siempre dice que si el amor es verdadero entonces vuelve a ti. Por eso hay algunas personas que, aunque pasen los años, siempre están cuando tienen que estar. Puede que estén muy lejos, pero a la vez están cerca. Son como los cuarzos protectores que muchos llevamos encima. Nos alivian. Son quitamiedos. Nos hacen sentir menos mal.

    Estés donde estés, te mando un abrazo muy fuerte. El que te hubiera dado si hubiera podido. El que hubieras dado tú si hubieras tenido otra oportunidad.

    Os dejo una canción de ‘El beso del gato’ que habla precisamente de despedidas:

    Sigo enfadado contigo

    “Y ya no hay botón de reboninar, ninguna razón para pelear… Sólo me quedan las ganas de gritar… Con el tiempo todo se nublará… Ya llegó la nueva normalidad… Y la vida no se piensa disculpar… Sigo enfadado contigo”.


  5. Había una vez…

    marzo 4, 2012 by Ana López Guzmán

    Te voy a contar un cuento. Pero éste no es el típico cuento, ya que los lobos suelen ser los malos de todas las historias: Caperucita, Los tres cerditos… En esta ocasión el protagonista es un lobito bueno, a veces fiero, a veces tierno. Con su mirada puede transmitirte cosas que no puede decir con palabras. Al fin y al cabo es un animal y los animales no hablan.

    Y como en todo cuento que se precie, hay princesas con mechones de pelos recogidos en un lazo y metidos en una bolsita transparente. Hay piedras mágicas con poderes curativos que te ayudan a encontrar el camino cuando estás perdido. Hay también frutos mágicos. Nueces que esconden secretos y deseos. Son talismanes.

    ¿Y los malos? Bueno, en este cuento no hay muchos malos. Es más una bonita historia sin un final, sin un felices para siempre. Hay aventuras, enredos, complicaciones. Es lo que hace más interesante al relato. Sus giros inesperados. Su lucha. Pero si Shrek fue capaz de alcanzar la más alta torre para salvar a Fiona, ¿por qué no iba poder un lobo amar a una princesa?

    Supongo que no todas las princesas son iguales. Las de este cuento son muy guerreras. Sueñan y se alimentan de ilusiones, como tantas otras, e imaginan bellos palacios, paisajes de ensueño… Pero son fuertes y no se rinden ante las adversidades. No se desmayarían y harían todo lo posible por conseguir su sueño: Rapunzel, Mulán, Cenicienta, Blancanieves, Ariel… Todas ellas saben lo que quieren y son capaces de todo por amor.

    Volvamos a nuestro protagonista. Un precioso lobo que te protege de todo mal. Que enseñaría los dientes por ti si alguien intentara hacerte daño. Que se dejase domesticar sólo para que pudieras acariciar su pelo. Que aúlla a la Luna cuando no recibe amor. Que es capaz de llorar porque siente, porque tiene alma, porque como decía Drácula: “Hay vida en este cuerpo” y “Hay mucho que aprender de las bestias”.

    Un buen día, nuestro lobito se perdió. Las princesas empapelaron las calles con su imagen y ofrecían cantidades desorbitadas por recuperarlo. Al fin y al cabo, se trataba de una especie en extinción porque… ¿Has conocido a algún lobo capaz de amar? Fue entonces cuando Rapunzel empezó a cantar su: “Blanca flor”. Pensó que tal vez así daría a su lobito la luz necesaria para encontrar el camino. Cenicienta lo limpió todo, no fuera que con tanto polvo no pudiera distinguir las señales. Blancanieves pidió ayuda a sus amigos los enanitos para que avisasen a todo el bosque de que un lobo muy especial se había perdido. Ariel se convirtió en Sirena para buscarle por mar. Y Mulán se vistió de guerrera para prepararse para la lucha por si había que pelear.

    Desesperadas, las princesas salieron a la calle. Se encontraron con un cantautor llamado Silvio Rodríguez. Él las habló de que hace tiempo él había perdido a un maravilloso unicornio azul. “Aunque tuviera dos, yo sólo quiero aquel… Cien, mil o un millón yo pagaré… Mi unicornio azul se me ha perdido ayer… Se fue…”. Y como estaba tan triste, se unió a la búsqueda del lobo. Tantos ojos juntos darían con él, seguro.

    Fue entonces cuando se cruzó en su camino un niño de cabellos dorados. Iba vestido como un príncipe. Él las habló de un zorrito al que había domesticado. No había ninguna duda… ¡Se trataba del mismísmo Principito! Su risa era inconfundible cuando hablaba de su amigo el zorro o de su amada rosa. Nos contó cómo había conseguido domesticar al primero, puesto que él ni siquiera sabía lo que esa palabra significaba hasta que se encontraron:

    “Mi vida es monótona. Yo cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen, y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida resultará como iluminada. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los demás. Los otros pasos me hacen volver bajo tierra. Los tuyos me llamarán fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá lejos, los campos de trigo ? Yo no como pan. El trigo para mí es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Es bien triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. Entonces será maravilloso cuando me hayas domesticado! El trigo, que es dorado, me hará recordarte. Y me agradará el ruido del viento en el trigo…”.

    Tras la petición de El Principito, ¿cómo no iba a domesticar a su zorro? Sin embargo, el día de la despedida llegó y aquel niño de risa contagiosa tuvo que partir. Su rosa, débil y orgullosa, le estaba esperando en su planeta, aunque ella no estuviera dispuesta a reconocerlo. Antes de hacerlo, el zorrito le dio un nuevo consejo:

    “- Ve y visita nuevamente a las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Y cuando regreses a decirme adiós, te regalaré un secreto.

    El Principito fue a ver nuevamente a las rosas:

    – Ustedes no son de ningún modo parecidas a mi rosa, ustedes no son nada aún – les dijo. – Nadie las ha domesticado y ustedes no han domesticado a nadie. Ustedes son como era mi zorro. No era más que un zorro parecido a cien mil otros. Pero me hice amigo de él, y ahora es único en el mundo.

    Y las rosas estaban muy incómodas.

    – Ustedes son bellas, pero están vacías – agregó. – No se puede morir por ustedes. Seguramente, cualquiera que pase creería que mi rosa se les parece. Pero ella sola es más importante que todas ustedes, puesto que es ella a quien he regado. Puesto que es ella a quien abrigué bajo el globo. Puesto que es ella a quien protegí con la pantalla. Puesto que es ella la rosa cuyas orugas maté (salvo las dos o tres para las mariposas). Puesto que es ella a quien escuché quejarse, o alabarse, o incluso a veces callarse. Puesto que es mi rosa.

    Y volvió con el zorro:

    – Adiós – dijo…

    – Adiós – dijo el zorro. – Aquí está mi secreto. Es muy simple: sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.

    – Lo esencial es invisible a los ojos – repitió el Principito a fin de recordarlo”.

    Tras el emotivo relato de aquel niño, tanto Silvio como las princesas aprendieron algo. Si amas a alguien lo suficiente, basta con mirar al cielo para recordarlo. Y cuando una estrella brille más que otra, seguro que es nuestro lobito, que está pensando en ellas. Que las protege allá donde va.

    ¿Quién sabe? Tal vez él regrese. Por si acaso, dejarían una enorme trenza cada noche asomando por el balcón. Así puede ser que si encuentra el camino de regreso, pueda trepar por ella.

     


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